Tradiciones que hacen arte o el fanatismo de los mediocres

Mari Ángeles Solís del Río

Por Mari Ángeles Solís del Río · @mangelessolis1.
Cabalgando a oscuras por senderos inciertos. Abismos de niebla con miradas de miedo por si llega el final… ¿dónde ha querido llevarnos esta invasión de superficialidades que intentan pasar por una simple diversión?, ¿por qué les ayudamos para desprendernos de lo autóctono? Podremos vivir juntos siempre que exista respeto.

Acabamos de pasar por un día de tradición, tradición que viene de antiguo que enmarcamos, normalmente, dentro del ámbito religioso. Y tal vez, así sea, aunque poco a poco las hayamos ido transformando, acoplando a nuestra vida, amarrándolos a los nuestros que nos dejaron…  El Día de Todos los Santos, como sabemos, tiene una connotación ciertamente religiosa. Es una solemnidad cristiana que se celebra el día 1 de noviembre en las iglesias católicas y el primer domingo de Pentecostés en la iglesia ortodoxa. La costumbre más común en el Día de Todos los Santos es acudir al cementerio para honrar a nuestros difuntos, a los nuestros que ya se fueron… aunque resulta chocante pasar por alto el resto de días del año, ¿o es que no les recordamos en nuestra vida diaria?. No deja de ser una costumbre, una tradición, ese peregrinar de flores por los cementerios se nuestros pueblos y ciudades. En esos pueblos que, hace años, eran un ir y venir de enlutadas con lámparas de aceite… para llevar luz a dónde no la hay. Independientemente, si tiene su origen en la religión o no, si creemos en la costumbre de visitar el cementerio o no, bajo toda esa creencia está el objetivo de honrar y más aún, de respetar, ya que, al fin y al cabo, el movimiento de estos días nos hace recordar, un poco más si cabe, a los nuestros que se fueron.

Las tradiciones se arraigan, van de generación en generación y en algunos pueblos se siguen viviendo con sentimiento, como se vive lo que sabemos que es nuestro y no importado. Me contaron hace unos días que en un pueblo llamado Begijar, se celebra lo que llaman “Gachas en las cerraduras”. Desde el 31 de octubre hasta el 2 de noviembre, los niños van con una cazuela de gachas tapando las cerraduras para que no entren los malos espíritus y ponen mariposas de aceite en las ventanas de las casas iluminando así el camino de los muertos, luego pasan la noche comiendo tortillas con chocolate. Lo dicho, costumbres, tradiciones… prefiero las gachas a las calabazas y las mariposas a las arañas. Prefiero el recuerdo de un ser querido a cruzarme con alguien disfrazado de zombie.

Y, a veces, me pregunto, ¿por qué manipular?… hablan de la noche de las brujas y ¿saben quienes eran las brujas para mezclarlas con un día así?

Las brujas… ¿alguien dice algo de las brujas? Las brujas… mujeres perseguidas porque defendían la libertad. Nada que ver con esas viejas con verrugas, que elaboraban pócimas envenenadas, con las meigas, que se escondían en los caminos para atacar la inocencia. Estas no son las brujas, no. La palabra bruja sirve para definir a una mujer sabía. Una mujer independiente que no necesita arrastrarse ante otros para conseguir sus objetivos, una mujer fuerte que no alardea con vanidades, ni mentiras, ni victimismo. Mujeres que luchaban por la verdad y la libertad. Las brujas consolaban el dolor, no lo creaban. Las brujas cantaban las canciones del pueblo, no lanzando gorgoritos estridentes, sino con voz dulce convirtiendo el arte en su alma. Sabían leer y escribir, escribir sin faltas de ortografía. Porque las faltas te delatan, sobre todo en los halagos, ya que vocabulario proviene de “vocablo”, no de “boca”; y, claro está que “el que tiene boca se equivoca”, deben tener cuidado las sombras de los fanáticos ya que “la verdad también tiene su porción de doble filo”: vocabulario no se escribe con “b”, por si a alguien le pierde la boca… Las brujas de verdad tienen el privilegio de poseer un espíritu libre y un corazón osado.

Pero quiero llegar al arte, a la cultura, “¿no es verdad, ángel de amor?” Costumbre del primero de noviembre la representación de la obra de Zorrilla “Don Juan Tenorio”. Por ser uno de sus más famosos escenarios en un cementerio y un panteón. Lugar en que don Juan, por medio de la intimidación, trata de convencer al escultor de las estatuas que le hablan, para que le entregue las llaves del monumento funerario. Y en este lugar en que las sombras cobran vida… y la muerte llega de la mano del amor (¡que ironía!, el amor que da la vida también la quita…). A través de aquellos lugares sombríos donde doña Inés muere de amor, presa de un amor imposible, víctima de un dolor innominado, el amor, la muerte y el toque romántico de un final trágico en lugares sombríos. Arte y tradición.

Todo en esta vida tiene su cara y su cruz. Me quedo con la libertad y con el arte, con el recuerdo de quienes quise y se fueron. Las flores se marchitan y pierden todo su encanto. Lo vivido nunca marchita porque vive en nuestro interior. Las conmemoraciones tienen ese algo extraño, esa macabra facilidad de dejarnos un saber agridulce, manchando de engaño y, a veces, de culpabilidad de no saber exactamente dónde está la línea que separa el respeto de la incredulidad. Festejos nuevos que han hecho hueco en nuestra sociedad, como Halloween… con sus figuras macabras… prefiero cerrar los ojos y ver a las viejas de luto camino del cementerio, con sus lámparas de aceite, por el marido que murió arañando la tierra, por el hijo que se malogró en sus entrañas.

Arte, por dios, que sobreviva el arte de esa costumbre ancestral que nació en un pequeño pueblo de sierra. No más gritos estridentes, no más alardeos de necios… Tal vez, sólo me entienda quien ha paseado por Baeza y oído murmurar a Machado, o por las cárceles llorando las nanas de la cebolla de Hernández, u oír rugir las olas en la blanca cabellera de Alberti. Arte… arte es temblar sintiendo el “Réquiem” de Shostakovich o notar que se eriza la piel con la libertad truncada de la “Victoria de Samotracia, con alas pero decapitada… que sobreviva el arte, porque toda tradición nacida del pueblo, también será arte.

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