“Termópilas”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Recordémosles. Ese es el pesar que todo momento de tribulación exige. Su tributo. El esfuerzo que todo individuo y sociedad precisa realizar si –acaso- pretende sobreponerse al mal sobrevenido a su paso. Al menos, si ambiciona lograrlo de manera consciente. Hallar el valor de luchar por un inasible futuro en medio del horror y no por ello cejar en el empeño. Sin apartar la mirada del amargo instante presente. Ni negar su realidad. Y pleno significado.

Atorados en el angosto desfiladero de un paradigma productivo inadaptado al nuevo contexto mundial. Encajados en la estrechez de una exigua productividad -que nos ha relegado a la irrelevancia-, presos de la desbocada urgencia institucional por restituir a toda costa un consumo que logre insuflar la confianza en un modelo económico disfuncional del que pende el sistema mismo, la losa de la mortandad de otro aciago mes cae sobre nuestras conciencias.

Víctimas de esta -silenciosa y silenciada- guerra médica, nuestros trescientos caídos renuevan diariamente su amortajada denuncia contra un sistema institucional, económico y de decisión pública incapaz de recorrer la distancia que media entre la solución y el mero escamoteo de un problema. El de un malestar social que, exacerbado por la coyuntura, habla de cuanto la estructura institucional adolece. De cuanto media entre lo que somos y decimos ser.

Trecientos. Asépticamente, su monocorde persistencia nos impele hacia la costumbre de un guarismo que en su pretendido alcance particular, nos impide apreciar la dimensión de la tragedia social que nos aqueja. La verdad que estos muertos -que son nuestros, que son nosotros- exhalan en su último estertor. La realidad de un presente funesto –resulta de todas las acciones, omisiones, carencias y excesos perpetrados- acentuada, por contraste, con una autocomplaciente narrativa social que, acompañándonos durante todo nuestro pasado reciente y en la que se cifraban todas nuestras esperanzas y se conjuraban todos nuestros temores, se evidencia vana e insubstancial ante las amenazas y retos ciertos que el futuro alumbra.

Ahogar el clamoroso testimonio de nuestros caídos, llegándose a escuchar bajo lacónica formulación –“los féretros no responden a la realidad” (sic)- sólo puede concebirse en el contexto de un sistema institucional que pretende negárnosla y, así, inducirnos a permanecer en el impasible letargo de un relato sesgado y espúreo, dirigido a la consecución de propósitos de igual condición. Evitar encontrarnos ante el absurdo. Impedir entendernos en la pérdida. Negarnos, así, comprendernos. Negarnos, así, tal vez, enmendarnos.

Porque su muerte no es resulta de la enfermedad -ésta constituye la amenaza a la que ha de hacerse frente- sino de la respuesta que nuestro sistema asistencial es capaz de desplegar. En su dimensionamiento, eficacia y estructuración general. Por consiguiente, nuestros trescientos no son sino la radiografía diaria de su estado. Un sistema aquejado por la doble falla de una sostenida política de recortes -orientada hacia una apuesta clara por desfundamentar la capacidad del sistema público, y erosionar así su legitimidad- y el diseño y promoción de una débil estructura económica sobre la que éste reposa. Y de la que depende su alcance y profundidad.

Una doble falla enraizada en un concepto único. La miseria. Una miseria económica e intelectual que, desplegada en red -a través de los múltiples intereses puestos en juego- emponzoña la sociedad, y pervierte el ya paupérrimo debate público, si acaso éste puede llamarse tal. Impidiendo todo proceso de cambio.

Nuestra ciudadanía, y los derechos que ésta representa, sólo gozará de sentido en la medida en que se asiente sobre una realidad próspera, de fundamentos más sólidos y estables que los que hoy nos sostienen. Que los que hoy nos lastran. Sin ello, todo cuanto decimos ser, todo el arropo social que creemos poseer, será la mera ensoñación de una farsa dialéctica sin sustrato real alguno. Que momentos como el presente sólo ayudan a evidenciar.

Al igual que los caídos junto a Leónidas, nuestros trescientos no desean homenajes, canciones, monumentos o poema épico alguno. Todos ellos, actos fútiles y vacíos. Nuestros trescientos demandan diariamente el esfuerzo social que exige un acto consciente. El del recuerdo y la enmienda. El de una sincera memoria, alejada de la asunción mansa de un relato interesado que trate de difuminarla. Sino la expresión de la razón cierta de sus muertes. La única memoria sobre la que asentar una nación. Sobre la que construir un futuro común más guarecido del horror que nuestro presente. De nuestra respuesta dependerá que así sea. O no. Recuérdalo. No les olvides.

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