“Sin pena ni gloria”, por Pedro Molina Alcántara.

Pedro Molina Alcántara.

La semana pasada se celebró el debate entre el vicepresidente Mike Pence y la aspirante demócrata Kamala Harris. A diferencia del debate entre Donald Trump y Joe Biden, el debate de sus segundos de a bordo transcurrió de forma más pacífica, sin  exabruptos reseñables, aunque también sin pena ni gloria porque no parece que vaya a remover la intención de voto, puesto que según los sondeos Biden enfila el último mes de campaña electoral con mayor ventaja sobre Trump de la que Hillary Clinton poseía hace cuatro años.

Sin embargo, parece precisamente que Pence cumplió su objetivo en este debate porque evitó que Harris, con fama de ser aguerrida en el uso de la palabra dada su experiencia como fiscal y senadora, asestase una estocada dialéctica que terminase por desestabilizar del todo la candidatura republicana.

En consecuencia, Trump sobrevive políticamente porque, como se suele decir, “respira por la herida”: se enroca en el nombramiento para el Supremo de la jueza conservadora Amy Coney Barrett, que previsiblemente será confirmada por el Senado pocos días antes de las elecciones, en los minutos de descuento de la legislatura. Como ya dije en un anterior artículo, la mayoría conservadora en el Supremo sería de 6 a 3, algo apabullante. Y lo que es más triste para una democracia con separación de poderes, es que el Tribunal Supremo podría ser instrumentalizado como herramienta partidista -no podemos olvidar que Trump ha afirmado en repetidas ocasiones, sin prueba alguna, que se prepara un gran fraude electoral y que solo aceptaría un resultado favorable a él; y no podemos dejar de recordar tampoco que en la primera victoria de George Bush hijo, el Supremo tuvo la última palabra.

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