“Sin luz al final del camino: una mirada dentro de la campaña de Donald Trump”, por Mario Buenaventura.

Mario Buenaventura.
Donald Trump en un mitin en Charlotte, Carolina del Norte.
Donald Trump en un mitin en Charlotte, Carolina del Norte.

El 20 de enero de 2016 fue el día de la inauguración de Donald Trump como 45º Presidente de los Estados Unidos. Aquel mismo día, una de sus primeras acciones fue precisamente la de registrarse como candidato para 2020, más pronto que cualquier otro presidente moderno. Se dice que Donald Trump nunca dejó de hacer campaña, y en ese sentido, era verdad.

Aquella era toda una declaración de intenciones, además de la primera piedra de su plan para las elecciones de 2020: si empezaba pronto, podría construir una maquinaria financiera a la que ningún otro candidato pudiera hacer rival. El dinero es un factor fundamental en las campañas en Estados Unidos, y en 2016, Hillary Clinton siempre llevó una buena ventaja sobre el multimillonario neoyorquino en ese sentido. A principios de este año, su estrategia parecía haber dado frutos: entre principios de 2019 y julio de 2020, la campaña de Donald Trump había conseguido recaudar más de mil millones de dólares, una cifra escalofriante incluso para los estándares de Estados Unidos. En comparación, la campaña de Joe Biden estaba débil tras unas primarias extremadamente competitivas en las que tan solo en marzo pudo erigirse como el claro favorito. Trump le llevaba meses y 187 millones de dólares en ventaja. La expectación era clara: se podría dirigir una campaña decente, pero sería muy difícil competir con el tesoro de guerra del presidente.

Sin embargo, a mediados de octubre, la distancia financiera entre Trump y Biden se ha esfumado, y de los mil millones que la campaña de Trump recaudó hasta septiembre, solo le quedaban 300 millones en efectivo. Según el New York Times, la razón es algo irónica: un despilfarro de dinero indiscriminado e ineficiente. Un personal provisto de lujos, viajes familiares, y costes legales de numerosos juicios, todos a cargo de la campaña. La situación se volvió tan precaria que Trump destituyó en julio a su jefe de campaña, Brad Parscale, que ya dirigió su campaña en 2016. Su sustituto, Bill Stepien, tomó una serie de medidas austeras para cortar el escape, como limitar su propio sueldo, reducir el número de viajes y el personal del mismo, y retirar anuncios valorados en millones de dólares de estados clave como Ohio, Wisconsin e Iowa. Esto es una muy mala señal, teniendo en cuenta que las elecciones están a la vuelta de la esquina.

Bill Stepien, jefe de campaña de Donald Trump, junto al Presidente en un avión.
Bill Stepien, jefe de campaña de Donald Trump, junto al Presidente en un avión.

Conviene retroceder unos meses para entender cómo hemos llegado hasta aquí. Hay dos razones por las que la campaña de Trump se encuentra con la cabeza baja: una tiene que ver con Estados Unidos en general, y otra con la estrategia de su campaña en sí.

A principios de año, las elecciones de noviembre se aventuraban muy disputadas. Donald Trump, a pesar de ser uno de los presidentes más impopulares de las últimas décadas (tan solo detrás de Bush hijo) tenía una poderosa baza: la economía, que gozaba de buena salud con la tasa de empleo y los mercados financieros en niveles récord. Pero todo ha cambiado: la pandemia de coronavirus ha supuesto para Estados Unidos una catástrofe económica, con niveles de desempleo nunca vistos desde la Gran Depresión. Además, todo apunta a que los votantes ahora tienen más en cuenta el coronavirus que la economía en su voto, lo cual no ayuda a Trump, pues sus niveles de aprobación en la gestión de la pandemia son muy pobres. En tan solo unos meses, la narrativa que Trump había construido desde que fue inaugurado como presidente – que como hombre de negocios de éxito, traería prosperidad económica al país – se ha desmoronado.

Es verdad que una crisis económica de tal magnitud, sin importar el presidente en el cargo, es devastadora para la reelección del mismo. Pero la situación de Donald Trump no sería tan precaria en estos momentos de no ser por la estrategia que su campaña ha adoptado. La narrativa de su campaña en los últimos meses ha sido clara: atacar el voto por correo, relacionar a Joe Biden con la izquierda radical y la violencia, y sacar pecho por su sobresaliente gestión de la pandemia.

Parte de la multitud en un mitin del presidente en Nevada, la gran mayoría sin mascarilla.
Parte de la multitud en un mitin del presidente en Nevada, la gran mayoría sin mascarilla.

Todo indica que su mensaje, en gran medida, no está resonando con el electorado. A día de hoy, la media de encuestas da a Biden una ventaja arrolladora de entre 10 y 11 puntos a nivel nacional, y con ventaja en la mayoría de estados claves. Los datos preliminares apuntan a que estamos ante una de las elecciones con mayores niveles de participación en la historia del país, que probablemente superarán a los niveles de Obama en 2008. Todo esto son malísimas noticias para Donald Trump.

En resumen, a menos de dos semanas de las elecciones, Joe Biden es el claro favorito para la Presidencia. La campaña de Donald Trump, que llegó a ser considerada “una fuerza imparable” y cuya eficiencia y brillantez fueron claves en su victoria en 2016, se encuentra ahora frente a un escenario electoral muy poco favorable, guiada por un mensaje sectario y sin margen de maniobra para cambiar de estrategia en un momento tan tardío de la partida.

Nos quedan unos días muy activos y un debate final entre los candidatos hasta el esperado 3 de noviembre, Sin embargo, es dudoso que la ruta hacia la Casa Blanca cambie radicalmente de la misma manera que lo hizo en 2016.

En definitiva, estas elecciones, esta campaña, y este gobierno de Donald Trump son un testimonio de su propia vida como empresario de éxito: un fracaso hecho público.

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