“Río”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
En pleno silencio. Siempre. Unas veces dubitativo e incierto. Otras, decidido y resuelto. Espontáneamente -si ha de hacerlo- brota. Filtrándose, comienza a manar su caudal mientras tantea su discurrir sobre el níveo substrato del terreno que empapa. Asentándose en el surco del cauce que el acero de la azada del ingenio abre en su avance. Acompaña a ésta en su arar, vacilante.

A medida que va abriéndose camino, el paulatino fluir parece contener la promesa de una incontenible plenitud. La liberación de la inexpresiva condición de la que, taciturno, el espíritu siempre es presa. Y cuyo discurso sólo es el discurrir de esa corriente que, apenas abierto su avance aún, sólo es eso. Promesa.

Las caprichosas formas caligráficas van describiéndola, al tiempo que sus sinuosos meandros desgastan los márgenes del desbordante pensamiento que lo perfila. Arrastrando consigo los restos orillados que conforman, alientan y enturbian la fluidez de su errático expresar. Remansándolo. Permitiéndole el ejercicio de reflexión al plegarse sobre sí, y así -observándose- apreciar por un instante el ritmo de su progresión. Momento en que, perplejo, su anonadado rostro de Narciso se refleja en la superficie de su desalentado estancamiento, antes de ser resueltamente difuminado por el incontenible trazo reanudado ante la adecuada palabra hallada. Desdibujándose el testimonio del fugaz brillo de vacilación de su mirada.

En el decurso de ese descenso hacia las simas de sí, el serpenteante genio se ve embocado a desbordar los obstáculos que exigen el aporte afluente del ingenio que evite envarar su curso en el dique del entumecimiento. Al tiempo que, arreciada su superficie por los vientos impostores del aliento de críticas y elogios, el vacilante pulso del verbo ha de superar la vertiginosa cascada de temores que todo acto enunciativo a la postre conlleva. Arremolinadas las palabras en tumultuoso torrente, la idea filtrada del primigenio manantial de su pensamiento ha de hallar asiento en la adecuada cuenca de una sintaxis que sólo ha de servir a su propósito. Su formulación. Y ningún otro.

En pleno silencio. Siempre. En ese destierro que sólo a cada cual corresponde imponerse. Esa condena salvífica logra acercarnos a la plenitud del vacío. Extrayendo el torrente de la palabra del mutismo. Agitando cuanto digno de decir se piense. Muera su curso en un mar de opinión o se seque su cauce en un postrero punto.

Embebidos en la búsqueda de la aprobación ajena, el discurso queda modulado. Y truncado su logro. Atenazado en la red del interés, la conveniencia y el agrado, la escritura queda reducida de libérrimo acto sacrificial a mero trámite de servidumbre. Pervirtiendo no la relación del lector con el autor de la escritura, sino la de la integridad del acto creador de la palabra misma. Subvirtiendo su radical esencia.

Porque al igual que el hijo de Senmut y Kipa, contemplando el Nilo con su mirada discurrir, discurre tras su mirada que no se escribe para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemet. Ni para loar los faraones. Ni por miedo del porvenir. Ni por esperanza. Se escribe por el mismo motivo que se piensa. Por uno. En su disolución. Mientras confundido en las aguas del emergente Leteo de la razón, uno se diluye en el texto. Nadando corriente abajo. Buscando el olvido de todo en su huida. De todos. De sí.

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