“Por una nueva ética política III”, por César García Cimadevilla.

César García Cimadevilla caricaturizado.

Como decíamos ayer, debo continuar con este largo preámbulo antes de llegar al decálogo, que sin duda es lo más interesante de este manifiesto. Matizadas algunas cosillas esenciales y puesto el chaleco antibalas, por prudencia, sigo diciendo que tal vez “algunos” políticos no anden demasiado descaminados al percibir el terreno político como resbaladizo, como un territorio de arenas pantanosas donde te puedes ahogar si vas solo, si no tienes a nadie que te eche un cable o una rama sólida de un árbol cercano, donde debes olvidarte de la estrategia del común de los mortales para buscar nuevas estrategias de supervivencia. Un político no es tal si no tiene votos suficientes en el bolsillo. Algo tan elemental condiciona la vida de cualquier político, no solo de “algunos”. Así es nuestra democracia, fundamentalmente votos y matemáticas. Lo que no quiere decir que esta democracia no pueda ser mejorada, una especie de dogma que “algunos” políticos y ciudadanos parecen creer a pies juntillas. No estoy de acuerdo, pero este será el tema de otro manifiesto, Dios mediante, si las cosas no se tuercen, porque en política todo puede torcerse y quien habla de política parece sufrir la maldición de las cosas que siempre se tuercen.

La necesidad imperiosa de votos para ser político, no digamos ya para acceder al gobierno de una nación, país, federación de naciones, o lo que sea, condiciona, no solo la vida del personaje público, sino su pensamiento, sus emociones, sus palabras, todo. Y como todos los ciudadanos somos libres de votar a quien se quiera –lo que diferencia una democracia de una dictadura- éste debe convencernos de que le votemos a él y no a otros. Y es aquí donde comienza toda degeneración política que se precie. En la vida corriente se supone que un ciudadano diría lo que piensa y siente realmente; si están conformes, bien, y si no me importa un comino. Puedes ser honrado, consecuente, seguir tu propia ética, que si no están conformes te vas a casita y Santas Pascuas. En política no, el universo ciudadano es como un gran océano, siempre revuelto, y donde nunca sabes por dónde andan los peces-votos, aunque lleves GPS. Hay que estar siempre moviéndose, tirando la caña aquí y allá, poniendo un cebo u otro según piquen o no los pececillos o los tiburones, que de todo hay en la viña del señor. Así no hay ética que resista el embate de las olas. No se trata de decir la verdad, de no mentir, de no manipular, de ser honrado, de estar al servicio de todos los ciudadanos y no de “algunos”, de ser un servidor, porque como dice el evangelio, quien quiera ser el líder entre vosotros, primero tiene que ser vuestro servidor. Eso no sirve, porque si no “pescas” votos no eres político y te tienes que ir a casita y no puedes trabajar por el bien común, la res pública, y mejorar la vida de la humanidad. Así de sencillo y de dramático. Para conseguir votos “algunos” políticos son capaces de casi todo, como dijo aquel escritor de “algunos” escritores, que son capaces de casi todo por conseguir una buena historia para su próxima novela. No me considero entre ellos, soy de los que escriben novelas basándome en mi delirante imaginación, lo que no me impide atrapar, aquí y allá, cosas reales como la vida misma que puedo transformar y añadir a ciertos párrafos. Y aquí debo cortar para proseguir en otro capítulo, porque me enrollo más que las persianas. O como dijo aquel: y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho. En mi caso más tarde, porque me gusta la cama más que una avellana a una ardillita. Y me ha salido un pareado sin querer. ¡Toma ya!

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