“Noway”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
La vida es un proceso. Y el camino importa. A cada instante el hombre resultante no puede sustraerse del mismo. Fruto de éste, la condición del individuo mudará de naturaleza. O no. En ese envite se despliega la total potencialidad que el presente es capaz de ofrecernos. Es todo cuanto hay. Lo único. El momento y lo que cada cuál es capaz de hacer consigo de éste.

El ámbito de la transformación individual no es único, pero sí la exigente condición de los mecanismos que fuerzan a desplegar el valor -si acaso existe en él- del sujeto. Y que le compelen hacia una mayor consciencia de sí y del mundo. En la aceptación del sacrificio que el imperativo rigor impone en aquello que se hace para ser bien hecho, el individuo se torna en materia conscientemente sometida a la mudanza de sí. Decididamente dispuesto a asumir el esfuerzo que conlleva dejar de ser aquello que es para pugnar por devenir en aquello que anhela, uno se somete a la disciplina que toda formación cierta demanda.

Fruto sólo de la concomitancia de contrarios, en el que el deseo se pliega a la severa necesidad, el sujeto puede llegar a alcanzar la condición que ansía. De no ser tal, el valor de los sucesivos estadios por los que discurre su vida queda reducido a la vana experimentación de una huera serie de hitos convencionalmente establecidos. Sin entidad. Ni contenido. Y en los que celebración de rito de paso alguno logra imponer profundidad al superficial discurrir del sujeto ante el umbral supuestamente franqueado a lo largo de ellos.

Sometidos a la tiranía de la apariencia, el enaltecimiento de la forma corrompe violentamente la esencia funcional de nuestras más dignas instituciones. Envileciéndolas -mediante su vaciado substancial- no sin dejar de apuntalar la vacua carcasa referencial que de ellas permanezca. Pretendiendo encubrir la mutación ejercida. Así. Sin esencia. Desnaturalizadas. Resta una sociedad decididamente inerme y vaciada de todo contenido y hálito de resistencia frente a la acción de una plutocracia que se siente constructora de un nuevo paradigma global en la que sus intereses quedarán asegurados frente a toda antipática respuesta contestataria de una masa social ciudadana.

De este modo, el Capital impone su dominio sobre la demarcación del imaginario y el deseo común -sirviéndose del actual estado tecnológico- para consolidar un modelo humano coherente con su propósito. La plenitud satisfaciente de una red de vacío. Bajo la máscara de la sociedad de la imagen comienza a perfilarse un mundo insubstancial, poblado de individuos referenciados respecto a ficciones aparentes -pero funcionalmente útiles en tanto satisfacientes- sin más entidad que aquélla que la élite económica requiera insuflar, mientras somos nutridos de un precarizante y vano consumo que permite evadirnos de la ardua tarea que impone el acto de pensar con un rigor crítico que no estamos sino en camino de olvidar.

Sabedora del principal punto de contención a su omnímodo pensamiento, el debilitamiento y depreciación del sistema educativo estatal representa su principal objetivo. Y el mayor riesgo para nuestra sociedad. No ya de su forma política, pues todas son transitorias, sino de su modelo humano y ciudadano. Reducidos calamitosamente los contenidos de la carga curricular de los estudios superiores, subvertidos los incentivos al esfuerzo docente, convertidos los institutos en prolongaciones naturales de un jardín de infancia, extraviada la universidad de su propósito formativo hacia derroteros de carácter filoempresarial bajo fórmulas discursivas de fortísimo sesgo neoliberal, así como segregados económicamente los estudiantes -no sólo con la aparición de un sinnúmero de centros privados que reducen la educación a un mero ejercicio mercantilista donde la incapacidad queda escamoteada bajo el statu de condición clientelar, sino también a raíz del nuevo ordenamiento de másteres surgidos bajo la aparente armonización europea-, se ha logrado además de enrarecer el mercado laboral banalizar la más alta instancia formativa.

Así. Mancillada y tomada al asalto la Academia. Inducida la segregación económica en el acceso a tales empobrecidos estudios. Depreciadas y encarecidas las titulaciones. El mercado irrumpe en el ámbito sacral de nuestra estructura social, difuminando la línea que demarca la acreditada virtud cierta de sus integrantes –y que ha de contribuir a su ordenación social- para reducir su más digna acreditación al valor de su apergaminado substrato. Privado de la oportunidad de abandonar la infancia y abrazar la metódica duda que hace surgir el sometimiento al rigor de toda disciplina, el futuro ciudadano -engañado y satisfecho de la mera ficción acreditativa de su timbrado placebo enmarcado- sólo será presa inconsciente y padeciente de la limitada capacidad efectiva a la que se le ha llevado. No pudiendo aspirar a salir de la trampa de precariedad en la que se halla, inconsciente del exiguo lugar del tablero que limitará su vida y su pensamiento, el juego diseñado según los intereses oligárquicos queda asegurado.

Violentado mercantilmente. Roto el dique de contención del valor académico, del que beben los llamados a ser los decisores de la estructura productiva e institucional, todo queda ya en manos del Capital. Inermes, los ciudadanos, reducidos ya sólo a siervos infantilizados del tejido productivo al que se les quiera abocar -y beneficiarios del Estado que se les permita conservar- sólo les restará aceptar el empobrecimiento al que se les arroje, en tanto que felices celebren cada una de las vacías etapas que –presumen- han de jalonar su recorrido.

Mientras la conservación de la diversión apaciguadora de estos ritos aparentes nos lleve a pensar que nada ha cambiado, nuevas hornadas de henchidos líderes políticos enfundados en su almidonado ego pretenderán desplegar un fatuo ejercicio de fastuosa altisonancia curricular que -sin la mínima acreditada solvencia de conocimiento de materia alguna encerrado en ella ni de sí mismos en el empeño por lograrlo- sólo servirán para afianzar la ficción de una insolvente capacitación bajo la atractiva vacua apariencia que el poder del dinero tiene la fascinante capacidad de desplegar.

Carentes de toda capacidad coherente de acción. Sin la mínima idea cierta que sólo el conocimiento bien fundado otorga, la gestión de lo común correrá el riesgo de extraviarse en la satisfecha ignorancia de una sociedad a la que el poder económico le ha privado de su más preciado recurso. El valor crítico inherente a todo exigente conocimiento. El único referente que puede librarle de ser llevada por el camino de su servidumbre. Vía perversa, pues, ésta que hemos tomado.

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