“Los debates televisivos entre González y Aznar” (y II), por Eusebio Lucía Olmos.

Eusebio Lucía Olmos.

(Publicado el 31/10/15 en “El Socialista digital”)
El caso fue que la reacción de los populares no se hizo esperar. Según una particular encuesta difundida de madrugada por ellos mismos, Aznar había ganado el debate para un 50,1% de los encuestados, frente al 31,3% que creía que el vencedor fue González. Desde luego, la expectación fue máxima (un 61,8% de share, 9.650.000 espectadores, algo sólo equiparable a la audiencia de los grandes eventos deportivos). Para la mayoría de comentaristas, González fue incapaz de contrarrestar el mantra recitado continuamente por el candidato del Partido Popular de “corrupción, paro y despilfarro”. En análisis posteriores del debate, José María Maravall, responsable de la campaña personal de González y su asesor en el debate, reconoció que el presidente se fio de poder dar rienda suelta a su verbo fácil y manifiesto carisma, lo que no consiguió. Además, el cansancio después de cuatro mítines por el territorio nacional, acompañado de un regreso en avión a la capital algo accidentado, no le permitió presentarse descansado al debate. El adversario llevaba años preparándose para ese momento, mientras que en Moncloa no se había dado especial importancia al asunto. En palabras de Maravall, “decir que Felipe había preparado el debate era una broma”. ¿Y el asesoramiento de su equipo especial de “expertos”?

Una semana exacta tenía el PSOE para darle la vuelta al mal resultado obtenido en este primer asalto. El primer paso fue el reconocimiento por parte de González de que no había hecho caso a sus asesores y se había dejado ganar la mano. La totalidad de las encuestas coincidían con aquella primera de los populares: daban como claro vencedor a Aznar sobre González. El propio Alfonso Guerra reconoció que esa derrota le había supuesto al partido perder un millón de votos, que había que corregir de inmediato. Los consejos para el nuevo debate fue recibiéndolos desde el día siguiente, en el viaje a Cádiz para el primer mitin después de la noche de Antena 3, donde recibió el apoyo de los asistentes con gritos como “Felipe, machote, arráncale el bigote”. La clave, según Maravall, era hacer olvidar los primeros minutos del primer debate, salir agresivo, dinámico, con intervenciones cortas y directas alejadas del estilo barroco del que adolecía González. Era el momento para que el presidente se viera por primera vez en televisión (nunca había visionado ninguna de sus intervenciones de años anteriores), para observar todos los errores que había cometido.

Al día siguiente, coincidiendo con su mitin en Burgos, se dio a conocer la noticia de que Guerra se haría cargo del asesoramiento a González en el segundo debate televisivo, mientras Maravall sólo se circunscribiría al resto de actividades electorales del candidato socialista. Se publicó también un manifiesto en apoyo de los socialistas, por parte de más de cien intelectuales, mientras los mítines de Aznar comenzaban a ser interrumpidos con gritos de “¡presidente, presidente…!”. Pero, la opinión seguía estando muy dividida y las encuestas continuaban sin serle claramente favorables al partido gobernante. El CIS pronosticaba un empate del 33% para ambas candidaturas, por lo que el encierro en Moncloa para preparar el segundo debate – ahora sí – se impuso sobre el resto de su agenda, mientras Aznar, por el contrario, comenzaba a confiarse recibiendo el apoyo eufórico de los que iban a verle a los mítines.

El día 31 de mayo llegó, y esta vez en Telecinco se volvieron a ver las caras González y Aznar, con mesas dispuestas de tal modo que ambos se vieran obligados a mirarse continuamente. Creció la audiencia con respecto al primero: 10.526.000 espectadores – el 75,3% de ella – estaban frente a sus pantallas a las 22:30, esperando ver qué ocurría, y aguantando hasta la 1:15 en que concluyó, pues hubo de prolongarse más de una hora sobre el tiempo previsto, con un descanso intermedio de cinco minutos. Y lo que sucedió fue que Felipe González valoró más a su adversario y preparó mejor su intervención, mostrando un más descansado y mejor aspecto que el lunes anterior, vistiendo más adecuadamente – camisa azul en lugar de blanca, y corbata roja oscura –, y permitiéndose incluso continuas interrupciones a su oponente. A lo largo de la discusión recuperó numerosos temas tratados en el debate anterior, para ampliar sus respuestas al respecto, con lo que implícitamente reconocía su derrota de aquella primera noche. En ningún momento permitió llevar la iniciativa a su adversario, arrojando un continuo saldo muy diferente al registrado la semana antes, a pesar de que el clima respirado era mucho más tenso y crispado que entonces.

Mientras el líder popular mantuvo su línea del primer encuentro, centrándose en los fracasos del gobierno socialista, González consiguió centrarse en esta ocasión en el programa del Partido Popular y acorralar a Aznar por su falta de propuestas concretas en casi todos los terrenos económicos. Ambos sólo coincidieron en que su objetivo primordial era crear empleo, y para ello era necesario un pacto social. Sin necesidad de mencionar las palabras “socialista” o “socialismo”, González presentó ante la audiencia los avances experimentados por España, así como todos aquellos proyectos que iban a mejorar. Además, las pruebas aportadas por el presidente sobre una de las principales acusaciones que recibió en el primero por parte de Aznar, al negar éste que hubiese dicho en alguna ocasión que España había acudido a la cumbre europea de Edimburgo en actitud pedigüeña, lograron desmoralizar al contrario. Logró también que en ningún momento apareciesen referencias a Filesa e Ibercorp, centrándose en atacar directamente al programa electoral del Partido Popular. En fin, “la retórica de Aznar fue el mejor aliado de González”, según afortunado comentario posterior del periodista Ernesto Ekaizer.

Una vez finalizado, Luis Mariñas, conductor de este segundo debate, señaló que Aznar cometió además el grave error estratégico de salir corriendo al finalizar el mismo, sin pararse a hablar ante los medios que les esperaban a la salida, dando la sensación de estar malhumorado por reconocer ya su derrota. Por su parte, González, con aire tranquilo y pausado, departió con los periodistas allí congregados, con lo que consiguió que al día siguiente la prensa reflejara no sólo los resultados del cara a cara, sino sus propias opiniones al respecto. Después de este segundo debate, el 48% de los televidentes daban ya por claro vencedor a González (con una credibilidad del 47%), frente al 18% que apostaban por Aznar (quien resultó creíble para sólo el 27%). El electorado socialista volvía a tener ganas de movilizarse, y si fue cierto que en el primero de los debates se perdió un millón de apoyos, ahora todo indicaba que se iba a subir en 4 puntos en la intención de voto.

Por fin, en las elecciones del 6 de junio la participación creció casi en un 10% con la relación a la anterior convocatoria de octubre de 1989. El PSOE volvió a ganarlas, con 9,15 millones de votos, a pesar de perder 16 escaños; mientras que el Partido Popular, con 8,2 millones de sufragios a su favor, consiguió 34 escaños más. Felipe González sería investido presidente del gobierno por cuarta vez consecutiva – en esta ocasión, obligado a contar con los apoyos de otros partido políticos –, mientras que el candidato popular, José María Aznar, repitió por segunda vez como líder de la oposición. Aquellas elecciones dieron el triunfo al partido socialista, pero aquella campaña había abierto heridas muy profundas en su seno.

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