“La voz”, por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

Mari Ángeles Solís del Río · @mangelessolis1.
Una voz callada, que brotaba desde muy dentro, le decía: “Vuelve… vuelve…”.

Los labios secos, las manos vacías y temblorosas, algún que otro dolor rasgándole el alma…

“Vuelve… vuelve…”.

La noche cayó una vez más sobre sus recuerdos y la voz enmudeció. Sólo quedaba el gemido de un corazón que se olvidó de aprender a olvidar en la bruma turbia de la madrugada.

Siempre o nunca. Siempre, en aquel tiempo… Nunca, por ahora… Pero el sentimiento que le nacía desde tan dentro, a veces se le presentaba como un abismo del que era imposible huir.

“Si jamás me hubiese ido…”, murmuraba con voz temblorosa mientras sus ojos se cuajaban de lágrimas. Pero era inevitable: la vida se impone. Ni las circunstancias, ni las personas… no. Es la propia vida la que separa los caminos. En la lucha del corazón y la razón, en la lucha del pasado y el futuro, siempre ganará lo segundo. Y acaso, en esos momentos, sea inmensamente triste comprobar que el amor nunca muere, tal vez después de muerto podría volver a sonreír.

“Vuelve… vuelve…”. Al cerrar los ojos podía sentir el frío de aquellas calles de piedra, donde el viento de la sierra rasgaba las paredes de las calles. Sus manos, como flores adormecidas, parecían sentir la caricia, el consuelo, la esperanza de una segunda oportunidad, de un encuentro inesperado, de un silbido a destiempo.

Marcados a fuego, un “te quiero” y un “no te vayas”. Aquella tarde de tormenta el camino estaba enfangado. Los resplandores repentinos en el cielo eran como descargas eléctricas en sus sentidos. Y el olor a tierra mojada… el frío calando los huesos… no había otro camino, era el final. Se mascaba esa tragedia que hace temblar al mundo cuando dos corazones se separan. Era la vida.

La violencia de quien no siente nunca podrá compararse con la paz del que amó. Cuando brillan las miradas, cuando hablaba y hablaba… y aquella sonrisa dulce se clavaba en sus ojos. Recuerdos que empapan el alma y la encogen en los amaneceres, cuando buscaba la soledad para sentirse cerca, para sentir su compañía.

Y el tiempo transcurría lento, como una lluvia tibia que parece no tener final. “Vuelve… vuelve…”. Vendrán más anocheceres y más madrugadas, más inviernos y más tormentas, pero nunca dejará de querer, de recordar, de amar los recuerdos que nunca morirán.

Y, mientras más se repetían las palabras en su mente “Vuelve… vuelve…”, atribuyéndolas a su propio corazón, culpando a la vida por distorsionar aquel destino de amor que soñó, la vida se encolerizaba por aquellos sentimientos, y tal vez se preguntaba “¿qué culpa tengo yo?”.

Fue que el hálito de existencia se sintió incomprendida, impotente ante tanto sufrimiento. Porque es la propia vida la que acuna al amor. Y la propia vida lloró…

Su corazón dejó de susurrarle “vuelve… vuelve…”, pensó que era un impulso cobarde para aprender a olvidar. Aquella madrugada, la vida desplegó su fuerza, y para hacerse notar, para decirle de una vez, claramente, que escuchara su mensaje, que escuchara la verdad, que descifrara las palabras exactas… a la vez que el recuerdo se entrelazaba entre los bellos recuerdos, dejando a un lado el tiempo y transportando su imaginación hasta aquellas calles, se acercó lentamente hasta ella, y rodeándole bruscamente con sus manos el cuello, le dijo en el oído, alto y claro: “Volverás”.

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