“Infiel”, por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

El reloj de pared se había detenido en el tiempo aunque los años siguieran pasando como hojas que caen. Acaso, las manecillas habían dejado de caminar aquel fatídico día en que el amor salió por la puerta, en silencio, de puntillas… buscando otro sol.

Él se torturaba, pasaba horas inquieto paseando por el salón mientras la miraba. Ella, acostumbrada al vacío, permanecía quieta, muda, más muerta que viva, sentada en su sillón. Llevaba años en silencio, sin sonreír, vacía… absolutamente vacía y observando cómo sus manos de paloma se iban llenando de arrugas, apoyadas en los brazos del sillón.

Llevaban años juntos y se amaban, ¡claro que se amaban! Pero el amor no es eterno porque la vida tampoco lo es. Y así sucedió que, un día, alguien le robó el corazón. Sin embargo, por respeto a él, siguió a su lado aunque su corazón llorara y necesitara abrazar a otro. Hubo un día en que se juraron amor eterno… ¡ilusos ellos! El amor no es eterno. Cuando acaba la pasión, si el cariño no es capaz de mantener unidas las almas, todo puede romperse en pedazos… o alguien, tal vez, que un día pasa, y se cruzan las miradas, haciendo amanecer corazones atardecidos por la rutina.

Seguían los dos. En el mismo sitio. Sin mirarse… parecían dos fantasmas. Él, atormentado porque ella amaba a otro. Ella, atormentada por amar a otro. Pero los ilusos se habían prometido amor eterno sin tener en cuenta que, en esta vida, lo único eterno es el dolor.

El reloj parado anunciaba que ya no habría más latidos apresurados. El tiempo seguía desgastando aquellas miradas que ya sólo miraban al vacío. El silencio, aposentado sobre sus cabezas, sobrevolaba murmurando que a veces es mejor decir adiós. Pero, mientras él se agarraba al último aliento, a la última esperanza, ella moría de amor por dentro pero por otro. Y se sentía culpable por haber roto aquel juramento, aunque siguiese allí, como si nada. Viendo el tiempo pasar en un reloj detenido que no evitaba que los años se deslizasen lentos por sus dedos deseando acariciar a otro.

Se acercó a ella, que permanecía ausente en el sillón. Le reprochó haber truncado aquel camino de primavera. ¿Por qué tuvo que amar a otro? Se sentía maltratado en su orgullo, aquella promesa rota, aquel futuro soñado… ¡por qué tuvo que suceder esto!, ¡por qué este dolor!

Ella no respondía, ni se movía. Acaso tampoco escuchaba. Cuando el amor se va por la puerta, detiene los relojes y escapa sin decir adiós. Tampoco escuchaba sus gritos porque él ya no podía aguantar más aquella indiferencia, aquel vacío… se puso ante ella, y ella ni siquiera le miraba. Ni una palabra, ni una explicación, solo silencio. Y levantó su puño al viento… ¡dios, le partiría el alma a golpes!- pensó.

Tanto silencio… se desplomó. Era tanto amor… que la levantó con toda su fuerza y la abrazó. Y, mientras tenía entre sus brazos el cadáver encogido en su pecho, se preguntó, sorprendido, ¿por qué el cuerpo muerto de aquella mujer seguía manteniendo intactas sus alas?

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