“El niño de las dos culturas: tan cerca, tan lejos”. Por Eduardo de Armiñán

Eduardo de Armiñán.

Por Eduardo de Armiñán.
Documental y Sahara; esas dos palabras resuenan –más bien retumban- en mi cabeza desde que volvimos del campo de refugiados saharaui de Smara y supe que algo vital en mi vida daba sus primeros pasos.

Parte del pueblo saharaui vive en los territorios ocupados por Marruecos, otros en los territorios libres – establecidos por el Frente Polisario, después del alto el fuego de 1991 con Marruecos- y otra en los campamentos de refugiados de Tinduf al suroeste de Argelia.

Estos campamentos fueron llamados con los nombres de ciudades ocupadas por Marruecos del Sahara occidental: El Aaiún, Ahuserd, Smara, el 27 de febrero y Dajla. Cada campamento es una Wilaya; con su alcalde, policía, escuelas etc…, que se estructura en núcleos de población llamados dahiras. Nosotros estuvimos en la dahira de Smara.

Nuestro periplo comenzó en febrero de 2018; Nicolás Muñoz Avia me brindaba la posibilidad de acompañarle para hacer un documental sobre una carrera en el desierto. La organiza Sahara Maratón; una ONG que lleva 17 años trabajando por y para el pueblo saharaui. Con la ayuda de Nicolás y, sobre todo, de su hermano Diego, fundador de Sahara Maratón, nos fuimos mi hijo Eduardo, quince años, y yo rumbo a Argelia para trabajar como voluntarios. El documental pasó a segundo plano y nos dedicamos a cooperar con la ONG en la organización del maratón.

Tuvimos la inmensa fortuna de que nos instalaran en la casa de Dada y Henda y su maravillosa familia; familia compuesta por los progenitores, sus tres hijos y dos hermanas de Henda; Marian y Senia que eran las únicas que hablaban español.

En nuestra casa, de adobe, también se instalaron tres corredores de maratón: Marco, un croata de más de dos metros, Franciscus; un holandés que vive en Líbano y Jimmy; danés, gran viajero y el más joven de los tres. Todos juntos formamos una gran familia y los mejores momentos de la semana fueron los que pasamos en esa humilde casa. Cada comida era una fiesta y el salón-comedor-dormitorio siempre estaba abarrotado; aparte de los que habitábamos la casa, solían apuntarse familiares y amigos.

Una tarde nos aposentamos en una duna para disfrutar del atardecer- anochecer diría, con razón, mi padre- del desierto. Ver como el sol se ocultaba fue un espectáculo maravilloso. Yo estaba transido viendo aquello y escuché a mi hijo decir: date la vuelta; una luna llena anaranjada, brillando en todo su esplendor, se elevaba a la misma velocidad que el sol desaparecía en la inmensidad del horizonte.

Parecíamos espectadores de un partido de tenis- la luna y el sol estaban unidos por una línea recta- y nosotros solo debíamos girar la cabeza para disfrutar del uno y de la otra. El sol, tozudo, pronto desapareció, dejando su colorido rastro y pudimos dedicarnos plenamente a disfrutar de la luna llena que fue ascendiendo lentamente, perdiendo tamaño, grandeza y esplendor. Fue algo único e irrepetible, como todo lo que nos sucedió aquella semana mágica.

Nos quedamos -transidos y en silencio- en aquella duna y comenté con mi hijo que yo sentía que pertenecía a ese mundo. Mundo sencillo y rural, sin estridencias, prisas ni aglomeraciones y en constante contacto con la naturaleza. Eduardo- sin necesitar tiempo para contestar, los chicos de ahora tienen las cosas muy claras- me dijo: Yo pertenezco a los dos.

Dada, el cabeza de familia que no habla nada de español, se ha aprendido tres frases en nuestro idioma; ¿Qué tal familia?, ¿Qué tal mujer?, ¿Qué tal trabajo? y, a nuestro regreso a Madrid, me llama una vez a la semana para plantearme esas tres cuestiones vitales en el discurrir de un padre de familia. Yo le planteo las tres cuestiones vitales y después del muy bien de rigor colgamos tan felices de haber charlado.

La última llamada fue muy distinta, después de las tres preguntas de rigor, se puso al teléfono Ahmed, el profesor de español de Dada, tras los saludos de cortesía y de mis felicitaciones por su buen hacer como maestro en lenguas, me dijo que Dada, Henda -embarazada de ocho meses- y toda la familia habían decidido llamar a la criatura Eduardo. Me sentí pleno de emoción y al contárselo a mi familia de aquí –la otra reside en Smara, en tierras Argelinas- se me escaparon unas lágrimas; soy un moña, así lo dice mi compadre el Torres.

El documental, más bien proyecto, se trataba de ofrecer a los niños saharauis – el hijo de Henda y Dada sería la encarnación del proyecto y el que tiraba de mí con gran fuerza- la posibilidad de conocer las dos culturas, o los dos mundos; tan cercanos y lejanos al mismo tiempo.

Dada me llamó, después de nuestro ritual, me dijo que el niño había nacido y que me esperaban para el bautizo; comencé los preparativos para estar presente.

Pocos días después recibí otra llamada, esta vez de Marian, la hermana de Henda. El niño había muerto a los pocos días de nacer. Me quedé compungido, no sabía que decir ni como expresar mi tristeza, solo pude decir lo siento mucho y te acompaño en el sentimiento. Marian, con toda naturalidad y sin ningún atisbo de tristeza, me dijo que me tranquilizara; Alá así lo había decidido.

Pensé en lo que nos separa y, al mismo tiempo, en lo que nos une. Tan cerca y tan lejos.

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