“El lento itinerario de una traición”, por Carlos Solís.

Carlos Solís.

En su primera obra “La sombra del ciprés es alargada” nos deja Delibes una frase que bien se puede aplicar a la política española: “El proceso de la traición requiere un movimiento paulatino para parecer menos traición”. Buena cuenta de ello podría dar Cristina Cifuentes, quien estuvo en un primer momento amparada en sus chanchullos para-académicos por sus compañeros, quiénes, muy lentamente, en agonía de meses, disminuyeron paulatinamente el fervor de su apoyo para, al fin, dejarla caer. En esos meses transitó desde las ovaciones recibidas en una convención popular, a las ambiguas respuestas de sus compañeros interpelados acerca de su futuro, de ahí al silencio cada vez que periodista alguno osará mencionarla y de ahí a su final caída en desgracia, Olay mediante.

Si bien, esta frase de Delibes no aplica sólo a la traición de los populares a aquella que no se iba, se quedaba, hasta que, fatalidades del destino, acabó por irse y no quedarse. Resulta, pues, más interesante tratar de otra traición de los populares, más cercana en el tiempo y de diferente naturaleza. Se trata esta vez no de la traición a una persona, sino a unos principios, los democráticos.

Y es que lentamente, mediante larga serie de renuncias ante las posiciones de cierta formación que suele ser calificada de neofranquista (paleofranquista mejor dicho, pues nada tienen de neo), van pertrechando su deslealtad a los compromisos constitucionales y democráticos, poco a poco, renuncia a renuncia, como si la traición, por fuerza de lentitud en su ejecución se fuera despojando de su esencia para, en apariencia, dejar de ser traición.

Es larga la lista de pasos consumados en su itinerario de felonía: traición al poder legislativo al negarle su legitimidad para nombrar presidente calificando de golpe de estado una investidura legal, traición al poder judicial al sumir en una inaceptable y demasiado prolongada interinidad al CPGJ mediante la artimaña de negarse a renovarlo en tiempo y forma, traición a los artículos 14 y 46 de la Constitución al negar la realidad de la violencia de género con las dificultades que tal negación supone para atajarla eficazmente y, por último, traición al artículo 27 al tratar de cercenar el curriculum educativo con eso que llaman “pin parental”, si bien poco de pin puede tener lo que, en vez de desbloquear, bloquea y quienes se hayan ávidos de usarlo son antes reaccionarios que parentales, pues sitúan en primer lugar sus ideas de reacción, por delante de la educación de sus hijos.

Merece la pena detenerse en esto último, no ya para reiterar lo que debiera ser obvio: que son los niños quienes tienen el derecho a la educación, que es deber del Estado garantizar ese derecho tanto en cuanto la Constitución lo reconoce y que los padres carecen de autoridad para interferir en el cumplimiento de este deber constitucional.

No se trata, como intentan hacer creer, de un conflicto entre perspectivas individualistas y colectivistas, pues el niño, que debería ser el centro de este debate se ve perjudicado a nivel individual, al ser vetadas materias en función del antojo reaccionario-paterno y, por tanto, más dificultado a la hora de emprender el camino para hallar su pensamiento individual, que ha de ser suyo, enteramente suyo, libre y no heredado. Desde perspectiva colectivista, al empeorar la formación individual de distintos sujetos empeora la formación general de la sociedad en que se integran y se ve perjudicada dicha sociedad en su conjunto. Como vemos, no se produce el mencionado enfrentamiento entre postulados individualistas y colectivistas en este asunto, sino que desde ambas perspectivas se muestra cristalino lo perjudicial de la propuesta.

Un último apunte sobre los contrataques de la derecha, una y trina, a las críticas que ha suscitado éste, su último invento: han tenido la genial ocurrencia de calificar de marxistas a quienes defienden que la educación de los que han de decidir, en el futuro, sobre una comunidad debe recaer sobre esa misma comunidad en su conjunto, es decir, sobre sus instituciones. Habida cuenta que fue una idea ya defendida por Aristóteles, me asalta la terrible duda de si la derecha, en su infinita sabiduría, acaba de descubrir una corriente filosófica de marxismo aristotélico que había pasado desapercibida a todos los especialistas. O puede que simplemente desconocieran la postura de Aristóteles, o que, nada en ellos es descartable, crean que Aristóteles fue discípulo de Marx. O, tal vez, solo se trate de su clásico empeño en llamar marxista a todo aquello que consideran rechazable, perverso o poco ético, independientemente de que guarde o no relación con el pensamiento de Marx. De ser este último el caso, deberían cuidarse de que no tenga éxito la fórmula pues, de hacerlo, podría decirse que Abascal cobró de un chiringuito marxista, que el curriculum académico de Pablo Casado es profundamente marxista o que la celebración del enlace Agag-Aznar fue una gran fiesta marxista.

Y con esto, va siendo hora, de abandonar el inciso sobre el bloqueo reaccionario – ya hemos aclarado que ni es pin ni es parental – para volver a valorar las deslealtades en su conjunto, que como decíamos, no son en realidad traiciones, sino traición única ejecutada en varias fases. Y al verlas en su conjunto no se puede sino dudar de si es un acto premeditado y la lenta ejecución, como contaba Delibes, no es sino un artificio para que la traición lo parezca menos o si, en cambio, no hay en ella nada de premeditación sino un cúmulo de improvisaciones que surgen del pánico que invade a los populares cada vez que Vox lanza una propuesta con la finalidad aumentar su botín – tan cuantioso ya, que diríase es El Dorado – de votos antaño populares.

Poco importa si les mueve en su comportamiento el pánico y su consiguiente improvisación o, por el contrario, la frialdad y el cálculo. No importa la causa de sus actos dada la gravedad del lugar al que se encaminan: al reemplazo de los valores liberales democráticos por los valores del trumpismo iliberal.

Si bien, otro gran literato, Antonio Machado, nos deja un consuelo: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Recuerden, por tanto, los populares que su camino al iliberalismo no está trazado, que son ellos quienes, con sus pasos, lo hacen y que, por tanto, son libres de reorientar sus pasos y trazar así un camino al centrismo democrático. Por cierto, si deciden emprender su camino al centro recuerden, también en palabras de Machado: “Al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

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