Editorial “Querido Antonio”

Pintabas dos náufragos en una diminuta isla en medio de un océano inmenso y hacías salir de sus bocas frases lapidarias que nunca olvidaremos. Gensanta.
Y si algún día no lográbamos verte en aquellas páginas de Diario 16 -o por estos últimos lustros en El País-, algún vecino, algún compañero o algún amigo, nos espetaba raudo: “Buenísimo Forges hoy”. Increidibol.
Por esta árida meseta en la que se ha convertido todo, paseaban en tus viñetas Blasillo y Cosme, tratando de interpretar la vida en una España caminante que parecía perderse entre tinieblas. Una España que no se apagaba y que no quería terminar la noche de su relato, enfrentada al sillón de Mariano Romerales y de una Concha impenitente.
Pasaron los días de La Codorniz y de Pueblo, llegaste a construir un discurso costumbrista que nos identificaba a todos, como un espejo o como una rima. Víctimas de nuestro propio aburrimiento nos hacías reír y pensar cada mañana.
Capaz de desmitificar nuestras obras más dolorosas, Los Forrenta Años, y sosegarnos en la historia que esboza una sonrisa de tu pluma afilada, certeras frases de una realidad que nos devora y nos devoraba.

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