“Carta de Milarepa desde el Tibet” (XV), por César García Cimadevilla.

César García Cimadevilla caricaturizado.

Estamos dando vueltas alrededor de esa figura congelada en el tiempo que eres tú. Veo una olla a presión sobre tu cabeza, con ese pitorrín –como tú lo llamas- dando vueltas como un loco. Los vapores de tu mente golpean contra las paredes de la olla y suben hacia  arriba, buscando un escape, y lo encuentran en el dichoso pitorrín. Eres una figura muy graciosa. Sé que tú no puedes ver esa olla porque es una metáfora. Bueno, no del todo, porque la actividad dentro de tu cabeza se parece tanto a la metáfora como una gota de agua a otra. Incluso congelados, confinados, vuestras mentes dan vueltas y más vueltas en el tiovivo infernal. Unos buscan la salida, como sea, la fuga de la realidad, ocupan sus mentes en cualquier cosa que les sirva para olvidarse de todo lo que está pasando. Otros intentan encontrar la cuadratura del círculo, que no otra cosa es hallar la solución a este pandemónium.  Veo que intentas no mirarte, tienes miedo. Sigues pensando que encontrarte con tu doble te volverá loco, pero tú ya lo estás –si me permites la humorada- y tampoco has muerto, así que olvida tus miedos. Deja la física cuántica y las dimensiones para otro momento. Deja de buscar explicaciones. Los budas nos podemos permitir el lujo de saltarnos las leyes físicas a la torera. Has levitado en la estratosfera sin traje de astronauta, has bajado como una flecha sin que te cubran los paneles de las naves espaciales para evitar el roce. Ahora estás viendo a tu doble congelado y no te has muerto. Las explicaciones no sirven para nada, ni para calmar tu mente calenturienta. Disfruta del momento.

El tiempo es como la celda de una cárcel de papel, no puedes ver nada del futuro por mucho que fuerces tus ojos, pero basta con que le des un puñetazo a la pared de papel para que se abra un agujero y puedas observar lo que te va a deparar el futuro. Podemos jugar un poco. Vemos a tu doble desconfinado, comiendo como si tal cosa, como si no hubiera pasado nada, mientras escuchas en la radio los programas deportivos que ahora sí cuentan lo que está ocurriendo en estadios de papel. Escuchas en la noticias lo de los rebrotes  y te preguntas si alguien pensaba que los virus se iban a tomar unas vacaciones mientras se encuentra o no la vacuna. Es muy complicado cambiar la mentalidad de una sociedad que ha sido educada para creerse invulnerable, inmortal, mientras la rueda de la dichosa economía siga girando y girando; mientras los científicos se afanen por encontrar soluciones, remedios, explicaciones; mientras la tecnología siga descubriendo, sacando del sombrero del mago, graciosos conejitos que os permitan hacer cosas tan extrañas como divertidas. Nadie se plantea la posibilidad de regresar a un estado de pura supervivencia. No hay un chip programado al efecto. Todo consiste en esperar y ver qué pasa. Regresaremos a la vieja normalidad, olvidaremos la nueva, alguien habrá descubierto la ansiada vacuna, los virus serán arrinconados y todo el mundo respirará aliviado: fue solo una pesadilla. ¿Y si vuelve a ocurrir? Ahora estamos preparados, sabemos lo que hay que hacer. No es conveniente diseñar estrategias para algo que aún no ha sucedido. La economía se resentirá si gastamos los recursos protegiéndonos de cosas que son solo una previsión pesimista de mentes calenturientas. Creo que nadie se plantea qué hará esta sociedad si esto en realidad no es una pesadilla y que cuando se despierten se encontraran con esta realidad, o con otra aún peor. Eso no entra en ningún plan. Hay que fugarse a cualquier precio, aunque en las películas los actores acaben llevando mascarillas y se lancen besos con los dedos. Aunque los conciertos tengan que llevarse a cabo en grandes extensiones de terreno al aire libre, basta con aumentar los decibelios o como se diga.

Es difícil convencer a los jóvenes de que no vuelvan a los botellones o al ocio nocturno. De que beban por un lado de la mascarilla, de que no se acerquen a dar un abrazo a un colega o un beso al improvisado ligue. Era todo lo que tenían y no soportan que hasta esto se lo arrebaten. Habían aceptado el paro o el trabajo temporal  como una desgracia de estos tiempos; habían asumido que su futuro estaba en el aire y que iban a caminar el resto de sus vidas en la cuerda floja; si no podían tener un piso para ellos solos, formar una familia, comprarse un coche, si debían aceptar vivir al día, como pudieran, pues lo aceptaban. Pero quedarse sin el botellón, sin el ocio nocturno, sin los conciertos, sin las aglomeraciones, donde se sentían arropados, regresar al confinamiento en casita y rezar porque aún les quede el mundo virtual, eso es muy poco, casi nada. No tener futuro es una cosa y no tener un presente en el que se puedan ver con los colegas, es otra cosa muy distinta. Nadie ha dicho que esto se ha terminado, que hay que regresar a la pura supervivencia, olvidarse del consumismo, de la sociedad del bienestar, donde cada día te podía deparar la sorpresa de un artilugio más novedoso, de un nuevo reto viral. Nadie piensa en diseñar una nueva sociedad de pura y dura supervivencia, porque esto es temporal, un mal sueño que se olvidará al despertar. Todo esto acabará. Solo hay que trasladar las deudas al futuro, con un poco de suerte nadie las reclamará hasta que llegue el fin del mundo y entonces nos entrará la risa tonta si a los acreedores les da por reclamar lo que es suyo, tal vez lo necesiten en el más allá. Ves, ves como la olla a presión en tu cabeza está a punto de explotar. Mandará los garbanzos contra las paredes y ella saldrá por una ventana. Con razón entonces dirán que se te ha ido la olla, porque es la pura verdad. No sirve de nada dar vueltas en el tiovivo, no habrás caminado ni un centímetro hacia delante. Con toda humildad acepta que no puedes salvar el mundo y comparte mi oración.

QUE LA PAZ PROFUNDA OS ACOMPAÑE SIEMPRE EN EL CAMINO

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