“Caganer”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Revoloteo la consabida escena. Detenidamente posola mirada en cada familiar figurilla que la compone.Conla duda y el asombro talladosen sus rostros, éstas –inesperados testigos del inefable suceso plasmado- son dispuestas en torno al foco al que convergen todas sus miradas.La cuidada representación –como imitación a la vida- del advenimiento de un prodigio que –se dice- transformará radicalmente el mundo.

Como toda imaginería, la irrelevante variabilidadque ésta puede tomaren lo aparente sólo subraya lo esencial de la función que todossus componentes guardan entre sí en relación a la escena representada. La de reflejar el compartido reconocimiento del valor de las señales que, a la vista de todos los personajes dispuestos, anuncian el alumbramiento de un nuevo paradigma.

Esa común relación en la identificación del suceso es, precisamente, lo quedota a todos sus componentes de un papel en éste. Por humilde que sea.Así, el esforzado labrador que se encamina hacia el pesebre o la sufrida lavandera que inclinada sobre un río de papel de plata alza su vista hacia éste, comparten el armazón de la escena con ángeles, reyes y séquito. Conformando una unidad coherente.

Salvoese personaje que, al margen de todo cuanto sucede,permanece emboscado y en cuclillas,ensimismado en su muy particular tarea. Producto de la vis cómica de nuestra cultura levantina, su presencia muestra la contribución al imaginario de una sociedad que, tal vez, dice así de sí más de lo queparece. Más de lo que -desgraciadamente-estaría dispuesta a aceptar.

Reconocer la relevancia y plenosignificado delmomento dado. Tarea jamás sencilla. Prescindir del acostumbrado ruido de lo accesorio, que colma nuestras vidas, para centrar toda la atención en el detalle de lo esencial requiere de la más incómoda de las compañías. La consciencia. Ésa que recuerda a cada instante la plenitud de la promesa de oportunidad que da a la vida, y la certeza de muerte que ésta encierra.

Sin estrella alguna que sirva de guía, el asendereado derroteropor el que una comunidad política discurre no es sino el de la incertidumbreque une el inasible futuro con su pasado en disolución. Ante la incapacidad de fijar un horizonte de certezas, sólo la plena consciencia de cuanto conforma nuestro presente sirve de asidero para nuestra común y particular superviviencia.

Nada hay más frustrante que observar cómo mientras otras naciones asumen plenamente la responsabilidad de crear la viabilidad de su devenir -orientándose hacia los nuevos paradigmas económicos y tecnológicos emergentes que lo materializarán- uno asiste perplejo a la inmutabilidad huera del debate público patrio. Un páramo intelectual de rasgos decimonónicos que nos condena ineluctablemente a la irrelevancia. Cuando no a poner en duda nuestra propia continuidad.

Así, inmersos en el belén de un mundo en plena vorágine de cambio, en el que no habrá lugar para personajes desubicados -y que excede en profundidad y alcance a cuanto se nos permite siquiera concebir- pretender permanecer entretenidos, como la procaz y anecdótica figurilla, aliviando nuestras impostadas tensiones internas sólo hará que la vida nos encuentre con los pantalones bajados. En la indecente postura de aquél que bien sabe elindigno legado que deja detrás.

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