Aprobar sin estudiar

Por Alfonso Zamora Saiz.
Hace unos días, el canal de televisión Cuatro emitió un documental llamado Aprobar sin estudiar, que relataba, basado en hechos reales, una serie de prácticas fraudulentas de elaboración de trabajos fin de grado y máster a cambio de una cantidad de dinero. El programa iba más allá y llegaba a narrar la connivencia de profesores, academias y alumnos en este sistema, donde el propio profesor que evalúa un trabajo recibe una mordida por darle un aprobado a sabiendas que no lo ha hecho el alumno que lo presenta.
El documental comparte título –no sé si por casualidad- con la web www.aprobarsinestudiar.com, donde para niveles de ESO y Bachillerato te hacen los deberes cada día por una tarifa plana de 8 euros al mes, además de ofrecer presupuesto para todo tipo de trabajos y servicios. Esta web garantiza el anonimato del alumno, la calidad de sus servicios realizados por expertos y la personalización de los trabajos para que no existan plagios. Llega a decir que ellos se encargan de todo para que “disfrutes del día haciendo cosas que realmente te hagan progresar”, como uno de sus lemas. Como culminación de los despropósitos, en su apartado de preguntas frecuentes para padres, recomiendan que “sean los propios padres los que abran una cuenta en la web y sean ellos los que se encarguen de materializar las dudas de sus hijos”. Esta web, lejos de esconderse, tiene perfiles en todas las redes sociales y un canal de YouTube. Dispone además de un blog donde aparecen burlas de mayor o menos calibre hacia el sistema educativo, desde los responsables políticos a las aulas y sus docentes.
La picaresca de que alguien haga tu trabajo, ya sea en la escuela o fuera de ella, además de muy española es muy humana. La misma inteligencia que nos hace descubrir galaxias y levantar puentes también la usamos para esto. No se conocen casos de leones que engañen a otros leones para que les traigan la comida. Pero cuando se anuncian estas prácticas con tal ligereza estamos ante un serio problema.
España no gasta mucho en educación-algo menos del 4% del PIB- comparado con otros países. Cuando un alumno, una familia, una clase, deciden que esta asignatura no se puede superar por los cauces iniciales, comienza un proceso que suele constar de las siguientes etapas: esto me cuesta, esto no lo entiendo, no me entero de nada, el profesor o profesora no explica bien, el profesor o profesora no sabe, en la academia tal dan clases de esto / me busco alguien particular que me de clases, tengo referencias de que otros han hecho eso y han aprobado, yo lo hago, regreso a mi escuela, a mi instituto, a mi universidad y apruebo, ergo el profesor o profesora no sabe como ya dije / en la academia sí saben, por consiguiente en la academia apruebas, y sin estudiar (tanto). Lo que importa aquí realmente es cómo existe un problema o dificultad inicial, la total falta de análisis para buscar las causas, la toma de otro camino con casos de éxito y el regodeo en el resultadismo final que supone el aprobado. Todo este camino le cuesta al estado una parte de ese 4% que no se está aprovechando debidamente.
Ese esquema torna en una serie de actividades económicas que para unos complementan la educación, para otros la suplen, y para algunos la denostan. Clases particulares que forman parte del monto de economía sumergida. Academias de todo tipo con profesores y pseudoprofesores, con contratos mejores, peores o inexistentes, garantizando aprobados y vendiendo calidad de enseñanza. Lo que quiero no es atacar el refuerzo, el incentivo, o incluso una buena explicación porque en el aula a veces no se consigue, de un buen puñado de casos particulares. Lo que me gustaría señalar es la red clientelar que muchas de estas prácticas suponen, sirviéndose del sistema educativo para hacer un negocio oscuro y desleal. Alumnos que se presentan a un examen final solo para llevarse el enunciado y entregarlo a una academia por X euros, academia que, al año siguiente, enseñará a resolver dicho examen a golpe de receta sistemática sin importar el cómo ni el por qué, por parte de no se sabe bien quién ni con qué credenciales, para llegar al paroxismo-que existe en casos reales- donde estos sistemas paralelos marcan la pauta a los profesores acerca de qué deben hacer.
Si pasamos a temas de mayor gravedad, como puedan ser los trabajos de fin de grado o de máster, hablamos de verdaderas mafias. Algo que debería de ser un trabajo de investigación, más cercano a una revisión bibliográfica o más próximo al comienzo de una tesis doctoral, se convierte en un trabajo de clase con un puñado de normas de estilo, cuya elaboración debería bien consistir un curso académico, pero para el cual reservamos una módica cantidad y 5 días de alguno de estos personajes que te lo hacen a sueldo.  El papel lo aguanta todo. La exposición oral es más endeble. No hay negro escribiente de alumno en apuros que no hinque la rodilla tras tres preguntas de tribunal. Pero claro, hay que hacerlas.
Vivimos en un mundo rápido, ligero, que pasa frente a nuestros ojos a veces como un huracán otras como brisa imperceptible. Un lugar en el que interesa el cuánto sin importar de qué está hecho. Una selva educativa llena de puntuaciones y rankings, para alumnos y docentes, donde todos somos un número, o varios, y el éxito o el fracaso se mide número de páginas de un trabajo y porcentajes de aprobados. Si dedicásemos un momento a pensar sobre estas cosas no habría que trampear para aprobar, tendría más sentido estudiar o, podríamos llegar al paraíso donde bastase con el ansia por aprender. Pero, por si acaso, señora Ministra de Educación, señor Ministro de Universidades, reformen la legislación actual para que lugares donde se invita a aprobar sin estudiar no puedan existir.

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