“Tocqueville ha muerto (dos veces)”, por Antonio Miguel Carmona.

Antonio Miguel Carmona.

Tras los sucesos relativos a la invasión del Capitolio y, aún más grave, la desidia desafortunada y sospechosa de las fuerzas de seguridad de los Estados Unidos en relación a la defensa de la integridad de sus representantes, mi amigo Félix González Argüelles se apresuró a indicarnos que la desigualdad es una asignatura pendiente en el país que va a presidir Joe Biden. La desigualdad y la reacción, fuentes de una buena parte de las imperfecciones de la democracia en América, vino a decir.

Y cuando Argüelles argumentaba esto me vino a la cabeza el vizconde Alexis de Tocqueville y su magna obra, precisamente, La democracia en América. Un manual de referencia para los liberales que en nuestro país se ha leído con escasa pericia. No en vano en España no hay liberales, sino que únicamente se califican así los que tan solo son meros conservadores de toda la vida.

Tocqueville, a lo largo de sus páginas, se debate en un difícil equilibrio entre libertad e igualdad. Una relación dramática (que diría Aranguren) y que podría acabar en el despotismo desde el igualitarismo o en la injusticia desde las posiciones más libérrimas.

Cuando Tocqueville fue a América a estudiar el sistema penitenciario de los Estados Unidos, dejando atrás su origen familiar realista, monárquicos empecinados, así como su quehacer como magistrado, quedó deslumbrado por algunos pasos que fueron dados en la práctica por lo que se ha venido en llamar la democracia liberal americana.

Pero no hay democracia, ni libertad, si no se extinguen las más dolorosas desigualdades. Digo yo: aquellos que aquejan de condiciones sociales adversas (pobreza) o condiciones personales desfavorables (discapacidad). Son los que tienen menos posibilidades de ejercer la libertad que los que superaron, o no poseen, ambas restricciones. Por eso se impone, para una democracia plena que ejercite las libertades -individuales y colectivas-, políticas de igualdad que superen tales adversidades.

Dos caras de una misma moneda, la libertad y la igualdad, que consumió las tribulaciones de aquel que llegara a ser el ministro de Asuntos Exteriores de la II República francesa. Reconozco en Tocqueville esta relación dramática (sigo en términos de Aranguren). Comparto en menor medida su filosofía de la historia, evolutiva pero superada por Marx (un alemán vulgarizador de Hegel). Si bien siempre me dejó perplejo y meditabundo la defensa de Tocqueville del impredecible devenir de la historia (por eso le refutábamos desde la izquierda). Pero me estoy yendo por las ramas.

A lo que voy. Las desigualdades, profundas y reales en los Estados Unidos, hicieron a presidentes como Clinton u Obama, desarrollar -o intentar desarrollar- políticas de igualdad que redujeran las condiciones sociales y personales adversas de una buena parte de la población. Políticas que generaron la reacción de aquellos, más acostumbrados al ventajismo, a los privilegios e incluso al supremacismo. Llegaron entonces los reaccionarios, esta vez liderados por un histriónico patán.

Por eso, tras Obama viene Trump si no se remedia. El avance y la reacción. Si los progresistas no lo impiden, aparecen los reaccionarios que ayer mismo quisieron matar a Tocqueville en la Cámara de Representantes. Se quisieron llevar por delante, ya no solo la igualdad, sino incluso la libertad de aquellos que eligieron para precisamente representarles.

Un ejemplo. La política demócrata Stacey Abrams se erige, entre todos, como el baluarte de la participación de la gente afroamericana en los Estados Unidos. Una participación imprescindible cuyas trabas provocaron que se le hurtara el triunfo como Gobernadora de Georgia. Defensora de la participación de los negros en la política americana, una de las caras de la moneda de Tocqueville, y defensora también de las políticas de igualdad que representan la otra cara de la moneda del vizconde.

Donald Trump mató dos veces a Tocqueville. Y mi amigo Félix González Argüelles acertó en su apreciación sobre las dos caras de una misma moneda, insisto, con el fin de defender una democracia fuerte: la libertad y la igualdad. La una no va a ningún lado sin la otra. Por eso Tocqueville murió anteayer… dos veces.

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