“Mudanza”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Recorremos sus estancias. Petrificadas, surgen de la memoria las imágenes de un mundo que creemos reconocer. Su recuerdo, preñado de extraña familiaridad, nos evoca lo que fuimos o nos pensamos un día ser. El tacto de sus paredes, la vista desde sus ventanas, los muebles y libros que completaban y ordenaban su espacio, se agolpan en la mente, reconstruyendo el escenario de vidas pasadas –ayer llamadas nuestras- de cuyas sombras emergen fantasmas que ya no nos pertenecen.

Recorremos sus estancias. Tratando de evocar el olor de edades ya vividas, barridas por el tiempo, junto al aroma de esa dulce melaza sentimental que –imaginábamos- todo allí lo impregnaba, y que nos lo hacía sentir nuestro. El gusto que aquel lugar nos hizo creer paladear de sí, ajenos al hecho de ignorar que no era sino el sabor de nuestra propia condición emergiendo a través de su experiencia.

Recorremos sus estancias. Mientras la tamizada luz vespertina nos permite ver, arremolinado a nuestro paso, el polvo depositado sobre el recuerdo de sus espacios. Suspendidas, sus partículas tornan azarosas, como todo cuanto queda sumido en el torbellino vital. Danzando, ignorantes de los lances que articulan su baile. El mismo que troca todo cuanto nos es dado como propio, tornándonoslo ajeno.

Recorremos sus estancias. Desnudas. Posada nuestra mirada, tratamos de componer secuencias de la vida que un día contuvo cada rincón de aquel lugar hoy ya extraño. La panoplia de anécdotas que compone toda biografía ligada a eso al que un día llamamos hogar. Intentando en ellas discernir, tal vez, cuánto queda allí de lo que uno fue para no seguir, en adelante, siendo parte ya de uno.

Recorremos sus estancias. El desvaído blancor de sus vacías paredes grita la plenitud de nuestra ausencia. La muda despedida. Sólo acompañada, reverberante, por el desalentador eco al compás de nuestros agitados pasos. El frío y último abrazo de una geometría que albergó nuestra vida en su interior, a la vez que conformaba el interior de aquéllos que la habitábamos.

Recorremos sus estancias. Aún tras ya haber entornado la puerta. Cuando el pasado cierto resta tras sus muros y el interrogante del porvenir es cuanto queda. Desandando el camino que tantas veces nos llevó del tráfago a la calma. De la tribulación al gozo. Del mundanal ruido al aislamiento del alma.

Recorremos sus estancias. Subidos al vehículo que nos permite abandonar precipitadamente la ciudad, comprendiendo lo precario y absurdo de la supuesta seguridad de aquel espacio cifrado por paredes que llamábamos casa. La percepción, falsamente apuntalada por la rutina, del inalterable proceso que toda vida parece abocada a recorrer. Etapa tras etapa. A la vista, siempre susceptible de ser frustrada. Pues todo mundo está llamado a su fin.

Recorremos sus estancias. Mirándonos unos a otros furtivamente. Rostros náufragos, agitados por las turbulencias del vuelo en su apresurado despegue, que adivinan a ver reducida la escala del mapa que llegamos a habitar. Hasta desaparecer. Colapsado en un punto.

Recorremos sus estancias. Erráticamente. Mientras deambulamos por el campo de refugiados al que designios geopolíticos y de poder -tan ajenos a nuestras vidas como éstas lo son ya a nosotros mismos- nos han traído a parar. Atisbando en cada rincón del barracón un remedo de aquello que fue nuestro hogar. El desesperado intento por recrear lo seguro y tangible. De pensar lo permanente y cierto. Si alguna vez nos fue posible. Si tal vez nunca lo sea.

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