“La flor perdida”, por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

@mangelessolis1.
Allí, en aquel recodo del jardín, lucía el reverdecido arbusto con sus cuatro flores. El arbusto brillaba bajo el sol orgulloso de sus cuatro flores, aunque una, una de ellas, resaltaba entre las demás por su belleza. Todos las admiraban pero llamaba la atención la más bella, los ojos se quedaban extasiados ante tanto fulgor. Y nadie se atrevía a tocarlas.

Pero, un día, un joven inconsciente, al pasar ante ellas, cogió una. Decidió regalársela a su novia como prueba de amor. Y así fue. Aquella flor sirvió para sellar aquel amor. La flor más hermosa, miraba indiferente y, hasta de modo burlesco y socarrón, cómo su compañera era arrancada de cuajo. Y se rio. Con ella jamás podrían, porque su belleza era triunfal.

Pasaban los días. Otra tarde fue viejecito. Al ver las flores, deparó en la más bella, pero por pena de arrancarla de cuajo, cogió otra de las demás. A fin de cuentas, solo quería una para llevarla a la tumba de su mujer que había viajado hacia las estrellas veinte años atrás. Y solo pretendía dejar, sobre la lápida fría, una muestra de que aún seguía vivo su recuerdo.

Y luego pasé yo, siendo apenas una niña. Y también me eclipsó aquella belleza. Pero no la toqué. Cogí otra, puestos a elegir, a mi corta edad, lo que quería era una flor para marcar las páginas de un libro de poemas, y que nunca olvidase por donde debía abrirlo.

El arbusto quedó desnudo, solo con la flor más hermosa. Triunfante en su belleza, pero sola. La primavera transcurrió mientras ella se regodeaba ante todo el que se paraba a contemplarla, y presumía…

Luego llegó el verano. Y el sol se deslizó cruel sobre sus pétalos dejando un rostro de marcadas arrugas. Miraba de reojo que los gajos de donde habían cortado a sus compañeras se iban cicatrizando con savia nueva. Pero permanecía triunfante, desafiante, incluso ante los vientos de otoño que la iban desnudando con caricias bruscas.

Llegando el invierno, ya sólo quedaba la corola, como si fuera la cabeza de un ahorcado, y un tallo seco, de marcadas espinas. Murió sola. Y allí, en los gajos, iban surgiendo nuevas flores, mientras aquella que tanto presumió de belleza, ahora ausente, había sido desperdiciada y olvidada…

Desperdiciada y olvidada… y hoy recordé aquella flor, bella pero triste, hermosa pero sola. Y la recordé porque, al abrir mi libro de poemas, estaba la flor que yo corté… más de treinta años después… y aquí permanece, con una rigidez que ha soportado el paso del tiempo, embriagando de perfume las páginas del libro, y dejando una mancha con la forma de su silueta. Una mancha en la que se marcan palabras como “amor”, “camino”, “esperanza”, “recuerdo” y “corazón”.

Por eso es que mi flor, acaso no fuera la más bella… pero fue la que más pervivió. Y aún lo sigue haciendo porque su figura duerme entre poemas eternos.

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