“Dos entierros en diciembre” (y II), por Eusebio Lucía Olmos.

Eusebio Lucía Olmos.

Los organizadores habían mostrado un especial interés de que todo el mundo ocupase el sitio que tuviese previamente asignado, con objeto de organizar el enorme gentío que quiso formar parte del acompañamiento desde la misma Casa del Pueblo. Así de ordenados le gustaban los actos públicos al fallecido. Y bien que vino en esta ocasión, habida cuenta de los numerosísimos correligionarios que quisieron hacer la totalidad del recorrido. El gobierno, por su parte, había dado las máximas facilidades para todos los actos programados, habiendo también autorizado a que los restos fueran acompañados en manifestación hasta el cementerio civil. A medida que la comitiva se iba acercando a mi privilegiado puesto de observación, pude comprobar que abría el cortejo una sección de la guardia municipal a caballo, seguida de cincuenta coches repletos de flores y coronas enviadas por las más diversas personas e instituciones, que quisieron mostrar así el respeto y cariño que el fallecido les merecía. Desde la propia Internacional Socialista y el Ateneo Madrileño, hasta el Ayuntamiento de El Ferrol o las modistillas de la capital quisieron rendirle aquel homenaje floral. Detrás marchaba un elegante coche fúnebre y la presidencia del duelo, formada por Juan Almela Meliá, Santiago Pérez y Manuel Vigil, por parte de la familia; Largo Caballero y Lucio Martínez, por la Unión; y Besteiro y Saborit, por el partido. Inmediatamente después marchaban el resto de familiares, junto a los prohombres de las organizaciones socialistas y los representantes de organismos oficiales, que daban paso a la enorme muchedumbre encabezada por las enseñas rojas de más de doscientas sociedades obreras. Esperé a que casi todos los grupos de personas que en la plaza se apiñaban fuesen incorporándose a la comitiva para hacerlo entonces en las últimas filas de la misma. Una vez cogido el ritmo de la marcha, pronto quedé ensimismado en mis pensamientos, debiendo de pasárseme totalmente desapercibido el que de todas las calles transversales saliesen más madrileños con intención de unirse a aquella. Iba dando un repaso a mis recuerdos del querido político fallecido. Desde aquellas lejanas charlas que, siendo niño aún, oía mantener a mi padre con sus amigos en el comedor de casa, hasta mis propias conversaciones, siendo ya adulto, con él. Muchas eran mis rememoraciones con Iglesias como participante, y en cuyo recuerdo estaba inmerso. Cuando llegábamos a la casa de las Bolas, en la confluencia con la avenida de la Plaza de Toros, bastante antes de alcanzar la de Manuel Becerra, caí en la cuenta de que las últimas filas a las que me había incorporado, se habían convertido en el centro de la manifestación, debido a la cantidad de personas que se habían ido añadiendo. Y entonces, interrumpiendo por un momento mi maquinal y silencioso caminar, tomé conciencia de la enorme muchedumbre que participábamos en el fúnebre desfile.

Medio Madrid acudimos al entierro, sin ser grande la exageración. Pero no fue aquella multitud de madrileños lo que más me llamó la atención, sino la heterogeneidad de sus edades y procedencias, pues sus componentes pertenecían a todas las clases sociales. Allí se mezclaban muchísimos trabajadores de cualquier edad, con sus gorrillas y trajes endomingados, con empleados encorbatados que lucían sus sombreros, y hasta bastantes maduros burgueses liberales y republicanos que no quisieron dejar de mostrar sus respetos al líder obrero fallecido; pero también se podía apreciar la concurrencia de jóvenes soldados, artistas conocidos, guardias municipales fuera de servicio, hombres de ciencia y de letras, mujeres del pueblo con sus hijos en brazos y elegantes damas. Todos ellos quisieron así homenajear a aquel viejecito de ojos azules que, en las mañanas soleadas, paseaba por Rosales envuelto en su vieja capa española. Y, a pesar de ser tan numerosa aquella abigarrada multitud que marchaba calle de Alcalá arriba, ocupándola ya en toda su gran anchura, no se oía en ella ni el vuelo de una mosca. Todos caminábamos tristes y silenciosos, con sumo respeto y recogimiento. Únicamente se hacía perceptible el ruido monocorde provocado por los pasos de aquellos miles y miles de manifestantes que habíamos querido acompañar a Iglesias en su último paseo. Los días siguientes, en que toda la prensa dio cumplida cuenta de la fúnebre manifestación, se supo que fuimos unas doscientas cincuenta mil personas las que acudimos a tan entrañable despedida. La mayor concentración humana conocida hasta entonces en Madrid. Y verdaderamente, era impresionante el espectáculo que ofrecía la carretera de Vicálvaro y la subida desde el viejo puente de las Ventas del Espíritu Santo. Cuando el coche fúnebre llegaba a las tapias del recinto destinado al enterramiento de los no creyentes, a las doce en punto de la mañana, aún pasaban sociedades obreras con sus estandartes por la Puerta de Alcalá, llevando tras ellas miles de manifestantes.

Al llegar a la pequeña plazoleta que daba entrada al cementerio, unos jóvenes descargaron el féretro y lo abrieron, mientras que la multitud se descubría respetuosa. Julián Besteiro, subido sobre una plataforma que le permitía ser visto, al menos, por los que ocupaban carretera abajo la zona más próxima de aquella piña humana, pronunció un breve y emocionado discurso de despedida. A pesar del estremecedor silencio con que la muchedumbre tratábamos de escuchar las palabras del profesor, sólo los más cercanos pudimos entenderlas en su totalidad. Una vez concluida la corta intervención, se ordenó mantener abierta la caja mortuoria para que los asistentes que aún no hubieran tenido ocasión de hacerlo, dispusiesen de una última oportunidad de dar su despedida a los restos mortales de Iglesias. Y, de nuevo, una enorme y ordenada multitud fue pasando, con gesto triste y respetuoso, ante el cadáver del padre del socialismo español. Las banderas rojas y los estandartes se inclinaban ceremoniosas ante él, como gesto previo a ser lentamente recogidos por sus porteadores. Hasta las tres de la tarde no se pudo proceder a cerrar definitivamente el féretro para ser trasladado hasta la próxima sepultura, en una zona a mano izquierda de la entrada. Y aún durante el resto de la tarde siguieron llegando grupos de trabajadores que, ya sin aglomeración alguna, querían visitar la tumba del venerado líder obrero.

Alguien me comentó que, a eso de las cuatro, cuando los miembros de la presidencia iniciaban su regreso, se acercó tímidamente a ellos un pequeñuelo con uniforme de hospiciano que, con voz entrecortada por la emoción y los naturales nervios, les transmitió el encargo de sus compañeros, posiblemente bien aleccionado por sus maestros:

– Reciban ustedes el pésame más sentido por la muerte de Pablo Iglesias, en nombre de los niños del Hospicio de Madrid.

Aquellos serios adultos esbozaron sonrisas de complacencia mientras estrechaban con cariño la temblorosa mano infantil. El pequeño quería expresar así el sentimiento de los actuales alumnos hacia aquél que, al igual que ellos, pero muchos años atrás, había sido también un antiguo compañero hospiciano.

Tantas y tantas muestras de espontáneo reconocimiento despertaron pocas horas después la sana envidia de más de uno. Y es que la casualidad quiso que aquella misma tarde de domingo se extendiese por Madrid la noticia de otra muerte: la de don Antonio Maura. Había fallecido de manera repentina a media mañana, de un derrame cerebral, en la finca del Canto del Pico del madrileño municipio de Torrelodones, propiedad de su amigo el conde de las Almenas, y próxima a la suya del Pendolero. El cadáver fue trasladado enseguida a Madrid, y aunque, por expreso deseo del fallecido, el entierro hubo de efectuarse modestamente la tarde del lunes, en el panteón familiar de la sacramental de San Isidro, no dejaron de concurrir a la ceremonia numerosos políticos y ciudadanos. Pero, en modo alguno, tantos como los que acudieron a la del líder obrero. La comparación entre ambas honras fúnebres de aquellos dos hombres públicos de ideas tan contrapuestas y que tantos enfrentamientos habían protagonizado, era inevitable. ¡Quién iba a decir que el duelo político y personal que ambos habían mantenido durante tantos años acabase con una desaparición simultánea y tan desigualmente seguida! Sin embargo, se llegó a asegurar días más tarde que alguien tan próximo al político conservador como – a pesar de todos los tiras y aflojas que habían mantenido – don Alfonso de Borbón, quien había contemplado aquella mañana dominical, tras los visillos del balcón de su despacho, una calle de Bailén vacía por completo de vehículos y transitada por los numerosos grupos de personas que también por ella se dirigían hacia la cabecera del cortejo fúnebre del socialista, aventuró con alguno de sus secretarios una triste y acertada premonición: “Cuando el rey de España muera no tendrá un entierro como éste”.

Hacía una semana que Primo de Rivera había nombrado un directorio de civiles, vinculando definitivamente su régimen con la extrema derecha y promoviendo para el mismo a cuatro anteriores subsecretarios. El tristemente célebre por sus acciones represivas en Barcelona, general Martínez Anido, se había hecho cargo de Gobernación, asumiendo también la vicepresidencia del Consejo. Él fue el encargado de ordenar se concediesen a los organizadores las máximas facilidades para organizar el entierro de Pablo Iglesias. ¡Otra paradoja más de aquella fúnebre efeméride…!

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