“¿De qué está hecho el tallo de la rosa?”, por Alejandro Diéguez.

Alejandro Diéguez.

¿De dónde venimos los socialdemócratas?
La socialdemocracia es una ideología variada y compleja. Todo el mundo la conoce pero pocos la comprenden en profundidad. Los análisis que van más allá del mero repaso histórico son escasos y casi ninguno se centra en los valores y preceptos morales que conforman esta ideología.

El pensador Michael Oakeshott escribió ya hace años ¿Qué es ser conservador? En este texto, usando su gran capacidad literaria, lograba su objetivo primordial: unificar todo el pensamiento conservador bajo una serie de preceptos. Ideas que compartían filósofos de todas las épocas. Desde el francés De Maistre, que argumentaba contra la revolución francesa hasta otros tan diferentes como Burke o con los Tories del siglo XX.

Oakeshott logra, de manera brillante, crear un perfil moral común al que podían adscribirse todos los que se habían considerado conservadores hasta la fecha. De esta manera concreta su ideología y en cierto modo la perfecciona.

La socialdemocracia también plantea un problema de definición a pesar de estar mucho más concentrada históricamente. Es una ideología muy particular cuando se compara con otras grandes corrientes históricas como el liberalismo o el marxismo. Mientras que el primero reaccionaba contra el exceso de poder de la monarquía absoluta y el segundo contra las terribles condiciones del proletariado durante la revolución industrial, la socialdemocracia aparece de manera más sútil ¿Contra qué se rebela? ¿Qué injusticia es el germen de esta ideología?

Este es un debate muy complejo, pero hay una idea que puede acercarnos a la respuesta. Esta ideología sería una respuesta a los excesos de ambas tradiciones de pensamiento. Es una posición que niega que puedan existir las libertades civiles sin igualdad social pero también que la igualdad social no sirve de nada si no hay medios de expresión democráticos. Este “punto medio” se debe a una realidad histórica: no hay un Marx o un Adam Smith socialdemócrata. Ante la aparente falta de referentes, nuestra trayectoria ideológica bebe tanto del liberalismo como del comunismo.

El error esta en ver la socialdemocracia como un fenómeno separado de estas otras ideologías. Para comprender cualquier movimiento hay que entender sus influencias y, siendo esta corriente tan dependiente de su realidad histórica, se debe llevar a cabo un análisis parte por parte. ¿Hasta qué punto le influye el marxismo? ¿Y el liberalismo?

La socialdemocracia le debe mucho al marxismo. Le debe el haber puesto el foco en las desigualdades económicas y en la pobreza y el haber sido la primera ideología en oponerse a  la hegemonía liberal clásica. De esta fuente la socialdemocracia debe sacar en claro la importancia de las condiciones económicas y la injusticia de las relaciones laborales cuando el mercado actúa sin ninguna restricción.

Aunque el análisis y parte de la crítica al capitalismo puede acercarse, la socialdemocracia tiene una profunda diferencia con el comunismo tradicional: la solución que propone al problema.

Un socialdemócrata puede proponer cambios económicos y legales a todos los niveles y construir un estado social amplio y efectivo. Pero siempre debe mantenerse en el campo del reformismo y nunca puede pasar a la vía revolucionaria. Debe respetar el pluralismo político y cierta concepción de la propiedad privada.

Le damos una gran importancia al estado como regulador de las desigualdades y como proveedor de servicios básicos pero respetamos la existencia de una esfera y libertades individuales que no deben ser destruidas. En este sentido compartimos algunas de las ideas de Bernstein, que niega que vaya a llegar una revolución inevitable y aboga por la lucha parlamentaria contra la pobreza.

Del liberalismo también tomamos muchas de nuestras ideas. Nuestra concepción de los derechos civiles y las libertades individuales son netamente liberales. La democracia moderna es nuestro hábitat natural y es donde mejor nos movemos.

A los liberales les debemos la construcción del estado moderno, la ampliación del sufragio y la lucha por la libertad de expresión y de asociación. Fueron los primeros en enfrentarse al poder absoluto de los monarcas y en defender que la soberanía y la legitimidad estaban en el pueblo.

Sin embargo, también reaccionamos a uno de los problemas inherentes al liberalismo clásico. ¿Se puede hablar de derechos universales en un mundo con desigualdades económicas? ¿Tienen el mismo acceso a la libertad de expresión un mendigo y un periodista? ¿Influye más un empresario con su dinero o un ciudadano con su voto?

En definitiva, el liberalismo tiene unos preceptos morales intachables que parecen innegables ¿Quien estaría en contra de la igualdad ante la ley, del sufragio universal o de tantas otras ideas? El problema es que estos son enunciados vacíos. Son ideas creadas por hombres que tenían la vida asegurada y podían dedicar su tiempo a reflexionar y a hacer política.

Háblale a un obrero al que acaban de echar de la fábrica del derecho al sufragio. Explícale a un rider que trabaja 16 horas la importancia de la libertad de expresión. Los socialdemócratas compartimos muchos de los derechos de partida del liberalismo pero los vemos más como objetivos. El socialdemócrata entiende que hasta que no exista una igualdad material de base, no podrán asegurarse de manera real los derechos tradicionalmente liberales.

En definitiva y respondiendo a la pregunta ¿Qué es ser socialdemócrata? Ser socialdemócrata es creer que la pobreza y la desigualdad son los problemas más esenciales de la historia de la humanidad. Es defender desde el parlamento y desde todos los medios posibles la importancia de una educación y una sanidad públicas y de calidad. Es creer en una visión económica que priorice la cooperación frente a la competitividad salvaje. Es defender la esfera privada y los derechos civiles pero priorizar el bienestar de toda la sociedad frente a algunos individuos. Es fomentar una igualdad de base que no deje a grandes sectores sociales al borde del abismo de la precariedad.

Es creer que, en una sociedad moderna, la pobreza no puede ser una barrera para el desarrollo humano.

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