De exilios, de distancias y de Madrid

Nico Ferrando.

Por Nico Ferrando.
De casualidad pude ver por YouTube una entrevista a Nacha Guevara. Amo a Nacha, por su excéntrica e inconfundible personalidad. Tuve oportunidad de contemplarla en Madrid, en un teatro abarrotado, en la fila cinco, mientras ella exclamaba:  “¡Setenta años no es nada!” Hoy, casi con ochenta, me sigue pareciendo una mujer maravillosa y camaleónica que no solo sabe estar, sino que tiene la envidiable habilidad de divertir, entretener y emocionar. No me cabe duda que eso lo aprendió en un tremendo y dantesco exilio que la llevó a marcharse de su tierra con lo puesto y a sobrevivir en muchos sitios. Y es que la distancia te enseña tantas cosas, entre ellas a ser muchas veces terriblemente inconformista y otras a adaptarte a las adversas circunstancias. Quién no lo padeció no puede expresar ni describir el desdén y el abandono que en el oscuro crepúsculo se tolera. Nadie puede imaginarse lo que es tener que irse por ser lo que es. Hay una fractura en tu existencia que es irreversible. Ella fue amenazada por la triple A y yo me marché por mi orientación sexual. Son diferentes épocas pero no por ello menos dolorosas y que parece que ya no volverán.

Yo emprendí un viaje de ida sin posibilidad de vuelta hace ya un largo tiempo y a estas alturas del partido no le reprocho nada a nadie, aunque tendría cuantiosas culpas para repartir. No obstante, aprendes a volar solo, a no mirar atrás y, sobre todo, a perdonar aunque algunas acciones u omisiones tengan difícil justificación. Hay que cruzar el amplio océano, el que algunos le llaman inconscientemente charco, para darse cuenta de lo que es puesto que la nostalgia y la tristeza son inevitables. Y hoy, como Nacha, tuve un peligroso ejercicio de memoria que me hizo derramar alguna lágrima que no se cura tan fácilmente. Ella representó con elegancia y recelo a Eva Perón en los escenarios de Latinoamérica, yo escribí un libro sobre su teatral y espectacular visita a España. Son los recursos que uno tiene para olvidar y sobrellevar estos alejamientos que son muy pavorosos.

Madrid llenó mi vida, disfruto como un niño de su historia en cada esquina. Me parece un poema de Bécquer recorrer sus múltiples paseos y pasajes. No tiene precio experimentar su suave brisa, es como un milagro que esta noble villa, capital del reino, se haya cruzado en mi vida porque me ha dado una inmensa e incansable paz. Madrid tiene, a estas alturas, mi nombre y el de la gente que quiero. Llenaste mi vacío de una forma tan peculiar. Aquí conocí el amor incondicional. Si miro a mi propio pasado puedo ver cómo yo escondo dentro de mí el mar más grande que hay y eso que la ciudad de Carlos III carece de él. ¡Cuánto recorrido hecho! Treinta años de vida no me han hecho ningún mal, me gusta ser como soy y no lo cambiaría por nada del mundo.

A mí me gusta estar al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa, como dice el genial compositor rosarino Fito Páez. Me gusta abrir los ojos y estar vivo, sobre todo cuando pensé por un momento que no lo haría más. Me gusta regresarme del olvido para acordarme de sueños en mi casa, en mi Argentina natal. Daría lo que fuera por volver a pelearme con mis hermanos, Luis y Tomás, con los que no he tenido aún la posibilidad de sentarme y hablar de por qué se cortó todo de una manera tan drástica. Pienso que algo presumen y habrá poco que precisar, ya nos vamos haciendo algo mayores y se van entendiendo muchas cosas que en otras ocasiones hubieran generado reproches o reprimendas.

En tiempos dónde nadie escucha a nadie. En tiempos dónde todos estamos contra todos. En tiempos egoístas y mezquinos. En tiempos dónde estamos casi siempre solos yo encontré en Madrid mi lugar en el mundo y una inconmensurable tranquilidad. A pesar de que los ponzoñosos osos de una compañía de seguros que vende mucha muerte por las calles me riñeron con ímpetu y fuerza, supe resistir y, sin quererlo, me hice más fuerte.

Hoy habrá que declararse incompetente ante las peligrosas y dolorosas leyes del mercado, habrá que declararse un inocente o habrá que ser abyecto y desalmado. O habrá que quedarse a contemplar la Gran Vía o la Puerta del Sol. Yo, por si no lo saben ya, me bajo en Atocha y me quedo en Madrid, como supo susurrar Joaquín Sabina.

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