Cuento de Navidad

Por Mari Ángeles Solís del Río.
Navidad, bonita época para que se cumplan deseos, para contar cuentos cuando las familias se reúnen en torno al hogar y hablen de otras épocas pasadas. En estas fechas está todo lleno de amor y añoranza, y es hermoso contemplar la unión que, en otras ocasiones, no se produce.
Y, entonces, de los labios de cualquier mujer, brota un cuento, una leyenda…
Yo, ahora, por mi condición de mujer, quiero dar a luz este relato:
“Otro continente sollozaba a lo lejos, despacio, a contraluz. Como un viejo lobo de mar, siente en su rostro el contacto de la brisa, mientras sus fuertes brazos no dejan de remar, al igual que sus compañeros.
Todos acarician un sueño, una promesa teñida de engaño. Miran hacia atrás. Allí quedó un hogar –pobre, triste, en guerra… pero un hogar-, familia, amigos… un país que les vio nacer. Él no lo sabe, pero también hubo andaluces que emigraron a Cataluña, españoles que emigraron a Alemania. Esa es la consecuencia que sufre un país gobernado por una política de derechas. Pero es que él no entiende de política. Acaso, ni siquiera comprende el sentido de la palabra “emigrar”, sólo piensa descubrir la tierra prometida.
Se lo han dicho, que saldría de la pobreza, que no le alcanzaría la guerra. A cambio de eso, él ha puesto en manos ajenas unas pocas monedas -¡todos sus ahorros!- y se ha embarcado en una patera, rumbo al sueño.
Sus compañeros de viaje, aparte de hombres como él, son niños inocentes, mujeres embarazadas… todos, ignorantes del engaño, recitan juntos unos versos del Corán mientras les va cubriendo, poco a poco, una sensación de inmensa soledad. La luna refleja su rostro sobre la mar. Parece de plata. Ya queda poco camino. Pero, entonces, una tempestad imprevista, una discusión a bordo, demasiado peso… ¡qué más da!… La embarcación va a pique.
No es el Titánic, son simplemente seres humanos los que se están ahogando. Él, mientras la mar intenta poseerle, lucha por salvar a otro hombre pero, al agarrarle, descubre que se ha abrazado a un cadáver.
Ya no hay salida. Sólo pretende llegar hasta la orilla. Su feliz ignorancia le ha impedido pensar en cosas tan sencillas como ¿dónde estaban los equipos de salvamento españoles?, ¿por qué el Gobierno no dio orden…?.
Él no se ha preguntado nada, eso nos lo hemos preguntado los ciudadanos progresistas. Este hombre se limita a llegar agotado hasta la arena, sentirla bajo sus temblorosos pies mientras recuerda el desierto que dejó.
Ahora sí, ahora es cuando llegan todos a la playa… y le detienen. Y él, que no puede hablar… De un plumazo, le comunican que sus papeles no están en regla, que ha sido víctima de un engaño, de falsas promesas de gente que va y les prometen un futuro… ahora ve, cara a cara, la cruda realidad.
Con una manta sobre los hombros y temblando de frío, observa los cadáveres sobre la arena. Escucha, abstraído, cómo le dicen que, posiblemente, tenga que regresar… Él no habla, sólo piensa en que ahora sí que es verdad que no le queda absolutamente nada, ni siquiera los sueños y las promesas en que creyó, sólo un desierto del país que le vio nacer. Le ofrecen algo de comer, pero tiene las mandíbulas congeladas.
…Y ni siquiera entonces se pregunta nada. Somos los ciudadanos progresistas los que nos seguimos preguntando… ¿dónde están las ayudas de los gobiernos?, ¿tan poco valen los seres humanos para ellos?, ¿por qué no evitan el tráfico con personas?”.
Es un cuento, un cuento como tantos. Quizá un poco más triste de los que se suelen escuchar estos días. Un cuento que, para muchos, se convierte en realidad a causa de la incomprensión y de las injusticias de nuestros iguales. Si abriéramos los ojos…

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