“Cubiertos”, por Aina Rotger.

Aina Rotger Carlón.

Cubiertos, dos patatas y un traje de flamenca y alguna muda. Eso es lo que encontró en una maleta, debajo de mi cama, mi madre cuando yo tenía seis años. Habíamos planeado, dos compañeras de clase y yo, escaparnos en busca de un tesoro que había escondido en el pueblo de una de ellas, en mitad del bosque, entre matorrales. El traje de flamenca era para pasar desapercibidas. Lo habíamos planeado todo meticulosamente en los recreos, pero nos pillaron a tiempo. Me imagino que hubiese pasado si la policía hubiese encontrado a una niña caminando sola por la noche vestida de faralaes.

Y es que los disfraces siempre han sido importantes en mi vida, me disfracé de marciana con un casco con antenas que hice con papel maché, de caballero con un caballo que fabriqué yo con una caja de cartón, de maquina de fotografiar con flash incluido y ya de adolescente con mis amigas seguimos ideando disfraces y los carnavales fueron uno de los acontecimientos más divertidos y celebrados. Ahora ya no me disfrazo en carnavales y echo de menos ese gusanillo de la idea y la preparación del disfraz para el gran acontecimiento. De eso me queda escoger el vestido para una cita o una entrevista, preparar con antelación que me voy a poner, disfrazarme para la ocasión cuando tengo tiempo y ganas. Pero aprendí que los disfraces de flamenca son para ocasiones especiales. La sociedad me enseñó a adaptarme y ahora me visto según la norma. Por eso cuando a un amigo le echaron de un trabajo por ir en faldas durante el horario laboral, después de haberle advertido, no me extrañó. Y sin embargo asumimos que tenemos que llevar un disfraz determinado y atenernos a los cánones y el rol asignado sin cuestionárnoslo, con lo bonito que sería que cada uno usase el disfraz que le apeteciera. Imaginaros a un repartidor disfrazado de gogo o a un anciano con el traje de Peter pan, la vida sería mucho más divertida si se colasen abejitas con alas en nuestro entorno. Mucho más emocionante que ir a la moda y aceptar nuestro rol de género, estatus o profesión.

Ahora la gente se cambia de género y se identifica con otro estilo de ropa, y actitudes pero sigue siendo otra norma de género, cambiada pero norma. Quieren que se les reconozca por su nuevo género por el simple hecho de quererlo. Yo no se si realmente un transgénero por el simple hecho volitivo de desear ser otra persona puede realmente serlo, sin embargo si sé que la libertad de elegir existe y no por ello debemos censurarlo, a pesar de que muchas veces se escoja de los roles todo aquello por lo que las feministas han luchado por ejemplo no usar tacones. Al fin y al cabo son solo símbolos y habría que quitarles el significado Es más abogo por la libertad de vestirse cada uno como quiera y como antes defendía viviríamos en un mundo mucho más feliz si cada uno pudiese vestirse tal y como le agrada, incluso para ir a trabajar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.