“XMAS…”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Gonzalo González Carrascal Cierra otro año. Momento de hacer balance en el que cifrar el compendio de todas las esperanzas y temores que han perfilado nuestro pesar. Nuestro pasar. Recorriendo sus columnas, de sus apuntes emerge frente a nuestra mirada –irresoluble- el precario equilibrio en el que basculamos. Implacable, el tiempo nos fuerza a levantar acta de sí con la que -así- tratar de retratar la indefinida forma de lo incierto de nuestras vidas.

Alentados por la promesa del imaginario incentivo del beneficio arrojado al final del ejercicio, bregamos en la ilusión de un futuro agendado. Domesticado. Domeñado. Preciso. Sobre el que fundar la certeza del itinerario de un camino inexistente. Tratando de evitar encarar el riesgo de la pérdida. Del extravío. La interrogante que, de todo cuanto es, pende. La de su continuidad misma ante la acción de la inestabilidad esencial, inductora de todo cambio. Una inasible necesidad que no logramos concebir. Y nos inquieta. La temible amenaza lógica de un algo difuso e ineludible que sólo logramos –queremos- imaginar sometido a nuestro deseo.

Desde el estrecho umbral que corona nuestro exiguo conocimiento, anhelamos intuir un horizonte de certeza en los hábitos incardinados en el relato cotidiano que habitamos. Apaciguando nuestra consciente inconsistencia existencial bajo la fórmula impuesta por los intereses que regulan y cierran en sí nuestra sociedad. Infantil recurso extintor de los rescoldos de nuestro común desasosiego. Eso que nos permite fingir concretar lo indefinido.

Sin embargo, la verosímil apariencia de la ficción compartida resulta resquebrajada por una tozuda y tornadiza realidad que no ceja en tratar de imponerse. Pese a todo. A todo el esfuerzo puesto en evitar que así sea. Que así sea percibida. Permitiendo emerger, de debajo de la reconfortante superficie almibarada que conforma la visión socialmente impuesta –interpuesta, conveniente, convincente, convenida- el horror cierto de que todo cuanto hay no se halla asentado sino sobre el movedizo lecho de la incertidumbre. Momento preciso en que la rotundidad de las cifras y fechas con las que pretendemos censar indubitablemente nuestra vida se tornan postizas. Difusas. Idiotas. Trocando su naturaleza. De datos a incógnitas. Cada vez alejándonos más del satisfaciente resultado cerrado que cuadre nuestras tan necesarias -y mezquinas- cuentas.

Impuesta sobre nos la pesada tarea del arqueo de la caja de los males con que el tiempo nos asalta –pues tiempo y mal son la cosa misma- no cesan de apilarse sus efectos en nuestro haber, engrosando la debida pena que conlleva pensarse libres de éstos. Neciamente, invulnerables nos pensamos -mientras- tras el escudo de nadería forjado a partir de esos usos comúnmente compartidos.

Reconfortante ficción -necesaria e ineludible- sin la que no hay posibilidad de sostenimiento de armazón social alguno. Ficción de la que el relato y el hábito, de ella desprendidos, son el hálito de su aliento y vida. Ficción que no es sino expresión de la precisa inercia autoexigida que precisa ser sostenida al margen del embate de la fortuna. Perpetuando que todo siga siendo lo que debe. Al margen de lo que realmente sea. O se piense ser.

Así, obcecados en intentar fingirnos inasequibles a la incertidumbre, aferrados a la ritualística impuesta, nos resistimos a observar cómo del intento contable de toda vida -emboscada tras ese suma y sigue al que queda reducido todo balance- surge la forma imprecisa de una ecuación de la que uno mismo se sabe incógnita. Apenas sin quererlo. A penas dándose cuenta.

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