“Shadow”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Acechante, la obscura figura marca mis pasos con milimétrica precisión. Exasperante, me acompaña sin lograr deshacerme de ella. Su persistente presencia me hace sentir vagamente observado. Replicado.Juzgado por un inseparable testigo de todos mis actos.De reojo la miro, y ahí está. Con expectante indiferenciacensora aguarda a mi siguiente acción,dispuesta a duplicar mi gesto. Su dignidad o miseria.

¿Qué hay de mí en ella? La lógica de sus movimientos reproduce cadenciosamente aquélla que desee imprimirle. Jugueteo divertido con su forma, recortada por el rincón en que me hallo. Aquél en el que a cada cual la vida dispone. Unidos por un etéreo nexo luminoso, su naturaleza proyectiva no hace sino reflejar algo ciertamente íntimo. El hálito de una levedad inmaterial erigida en particular testimonio personal. En su fugaz impronta.

En la cenital luz de mis días veo su talla desaparecer bajo mis pies para volver a surgir, intimidante, en sus ocasos. Difusos, los límites de su silueta mienten mi figura. Deforman su apariencia, ora homóloga ora ridícula o grotesca, sin dejar de decir verdad de ella. La multiplicidad de apariencias que todo hombre es a través de los distintos planos de realidad en que se halle. Y la pretendida unidad que decimos ser -cada uno de nosotros-, nodo nuclear de todas ellas.

Trato de mantener su compostura. Me yergo para magnificar su porte. Para dignificar, así,-me digo- mi apariencia. En un juego de espejos,en el que uno acaba por reflejar y corregir al otro. Hasta el punto de empezar a perder de vista quién de los dos fue su desencadenante. Nos observamos como un parde jugadores midiéndose mutuamente. Sabiéndonos copartícipes de una dinámica cuyo final supondrá el común declinar de nuestra partida. El de un nadir que acabe por engullir en su absoluta obscuridad a ambas figuras.

A la luz de la alternancia en el ejercicio del poder, el gobernante es perseguido por suoponente forma espectral en la carrera por la ostentación del mando. Acechante, la talla de la proyectada silueta no muestra sino el momento, álgido o depresivo, del foco de atención que se cierne sobre éste. Apocada ante su primacía, llega siempre el día en que todo flamante dirigente ve expandirse pavorosamente la apariencia de su sombrío rival ante el declinar de su astro.

¿Cuánto de uno hay en el otro? Resulta difícil dejar de apreciar la paradoja, en la evolución normal del juego, de que no son sino mutuo reflejo tamizado a través del cedazo del proceso de deterioro del estado de opinión que el propio desgaste del ejercicio del poder –o de la aspiración al mismo- impone. Así, sumidos en la dinámica dada, uno y otro se espejan respectivamente. A duras penas distinguibles mímesis.

Pues uno hace al otro, no hay más digno rival que aquél que cada cual crea de sí. Ahí radica el tedio del juego cuando los contendientes son expresión de una figura anodina. No siendo posible encontrar épica alguna en la confrontación de una naturaleza mediocre con su némesis, de igual talla.Por el contrario, la épica yace, del mismo modo, en la contienda de la grandeza confrontada consigo misma. Una épica cada vez más alejada de la vida pública.

Atisbar en la umbrosa figura aquello que no deja de buscarse en uno mismo, en el intento de evitar la frustrante constatación de no encontrar en el otro lo que querría uno reconocer en sí. Estar a la altura de la figura que se desea confrontar permaneciendo fiel a la idea que de uno mismo ésta es expresión. Saber que no hay liza honrosa sin grandor de los contendientes. Y ser conscientes de que eso es lo último que la presente política concibe necesario, es nuestra común miseria. Sin sombra de duda.

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