“Sara, la ramera”, por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

El teléfono de la comisaría empezó a sonar, como tantas otras noches. Eran las 3:17 de la madrugada. El dueño del burdel situado en la calle Salvaguarda avisaba de un asesinato que había tenido lugar en su establecimiento.

Los agentes se desplazaron hasta aquella calle vieja empinada. Desde el inicio se podía vislumbrar la bombilla roja parpadeante que anunciaba la puerta del tugurio. Era la misma hora que tantas otras noches, las 3:17 de la madrugada. Y, el motivo, también el mismo, un asesinato en el prostíbulo. Solo faltaba comprobar que las características de la víctima eran las mismas que las de las otras victimas anteriores. Hombre de mediana edad, moreno, de complexión fuerte y, según comentan, algo violento.

Las noches de aquellos sucesos, los vecinos se arremolinaban en sus puertas. Conocedores de las actividades que ocurrían en las madrugadas, preferían no entrar en aquellos sucesos y, al llegar la policía, solían cerrar puertas y ventanas. Los agentes observaban como cada noche se repetía la escena. Pero aquella noche, uno de ellos, fijó su vista en un hombre que miraba impasible desde el final de la calle, con aparente tranquilidad. Además, estuvo presente hasta el final… hasta que el cadáver del asesinado fue sacado por la puerta del burdel.

La chicas fueron interrogadas. Y las preguntas se cebaron con aquella que pasó la noche con el susodicho. La chica temblaba, llena de miedo. Apenas se podía explicar. Entre palabras entrecortadas, relató que aquel hombre se echó de forma violenta sobre ella y entonces, ella se quería marchar, porque ya había cumplido su turno, ella ya había hecho su trabajo. El cliente se puso violento, intentándola forzar cuando, una sombra se abalanzó contra él, agarrándolo del cuello y liberándola a ella. Hasta que, finalmente, la sombra le degolló. La chica quedó libre, como es lógico. Tenía heridas en su cuerpo como señales de haberse defendido y el muerto había sido asesinado por detrás. Por lo tanto, tema cerrado. Otro crimen sin resolver en la calle Salvaguarda.

Al día siguiente, uno de los policías quiso volver al lugar. Era aquel que había visto al hombre sereno observando los hechos desde el final de la calle. Llamó a una de las puertas de la calle Salvaguarda y abrió una vieja. El policía preguntó por aquel joven y la anciana le dijo que era un buen hombre. El agente aseguró no dudarlo, únicamente quería saber dónde vivía y su identidad. La vieja le dijo que se trataba del hijo de Sara, la ramera, y que vivía dos calles más allá. “¿Vive con su madre?”, preguntó el policía. “No”, respondió la anciana. Guardó unos segundos de silencio para luego decir: “Desde que su madre fue asesinada por un cliente, vive solo… ya sabe usted lo que quiero decir”. El agente siguió empeñado en sacar algo de luz al asunto y preguntó, “¿cómo era aquel cliente que asesinó a Sara?”. Y la vecina de la calle Salvaguarda respondió, “pues era un hombre alto, moreno, parecía fuerte… no sé decirle más, yo sólo le vi pasar un par de veces”. El agente asintió con la cabeza. Exacto. “Hombre de mediana edad, moreno, de complexión fuerte”. El agente hizo una última pregunta a la vieja: “¿A qué hora fue asesinada Sara, la ramera?”. Y la anciana respondió: “Serían, más o menos, las tres de la madrugada”. La hora, junto con las características de todas la víctimas, hizo ver al policía todo claro. Era un crimen por venganza. Aquel muchacho, el hijo de la ramera, iba matando a todos los hombres que entraban al prostíbulo y tenían las mismas características que aquel que mató a su madre. Se dirigió a su domicilio para detenerle y ponerle fin a la serie de crímenes de la calle Salvaguarda.

Justo entrando en la calle del hijo de Sara, le preguntó a un viejo para saber a qué puerta llamar. Aquel viejo sabía lo que sucedería. Y le propuso al policía un trato. “Usted me escucha y yo, a cambio, le digo cuál es su portal”. El policía accedió y el viejo empezó a relatar: “Sara era una mujer hermosa. No trabajaba en el burdel como seguro está pensando. Ella no era de esas mujeres que llamaron un día a aquella puerta por propia voluntad. Y mire usted, al fin y al cabo, todos somos libres y debemos poder elegir y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a juzgar. Sara no trabajaba en el burdel no, y jamás pensó que acabaría así. Ella se enamoró de un hombre que le dio mal pago. La dijo que la quería, la dejó embarazada y luego el sinvergüenza se largó. Ella sola tuvo que buscarse la vida para dar de comer a su hijo, dio la vida por él. Hubo un señorito rico encaprichado con ella que no dejaba de visitarla. Pero Sara ya no quería más. A ella le sobraba con el dinero que conseguía para que su hijo pudiese comer. Y le rechazó. Entonces, el hombre se puso violento, tan violento que la mató”.

El policía, tras unos minutos pensando dijo: “era un hombre de mediana edad, moreno, de complexión fuerte”. A lo que el viejo respondió con otra pregunta: “¿es que acaso va usted a detener al muchacho?”. Y el agente respondió, “compréndalo, he de hacerlo, mi deber es hacer que se cumpla la ley y se haga justicia… ¿o es que usted no haría lo mismo?”. Y el viejo, mirando al agente, dijo: “Yo, primero, hablaría con el muchacho, del horror que vivió aquella noche en que vio cómo asesinaban a su madre. Acaso él le pregunte dónde estaba aquella noche la justicia escondida que no vino a salvar a su madre, por qué nadie escuchó sus gritos. Y cuando él le cuente todo, piense que siempre habrá un crimen sin resolver. Y no me refiero a los asesinatos de los clientes del burdel de la calle Salvaguarda, porque si las asesinadas hubieran sido las rameras seguro que no habría habido tanto revuelo en la ciudad. Siempre habrá un crimen sin resolver y será el asesinato de Sara. Si empieza por ahí quizá un día tenga la hombría suficiente de detener a ese joven, que únicamente quiso vengar la muerte de su madre. Cierto que está mal, cierto que ha cometido delito pero, yo le pregunto, señor agente, ¿si el asesino de Sara estuviese entre rejas cree usted que este joven habría sido capaz de matar?. No hace falta que me responda. Ya le digo yo que no”.

El policía fue incapaz de responder. Dio la mano al viejo y regresó a comisaría. Una vez allí, pidió información acerca del asesinato de Sara y ordenó abrir una investigación. También ordenó que varios policías se desplazaran cada noche hasta el burdel de la calle Salvaguarda y que vigilasen que no entrase nadie violento. Y, en caso de altercado, que los propios policías defendieran a las chicas.

Luego, camino de su casa, mientras se fumaba un cigarro pensó: “todo el mundo tiene derecho a elegir y nadie debe juzgar, hay que respetar las decisiones de los demás”. Sabía que, antes o después, tendría que ir a detener a aquel muchacho. Pero quería hacer Justicia de verdad y, para ello, el autor del crimen de Sara tenía que pagar. Un crimen como tantos, pero que el tiempo lo convirtió en más cruel porque la víctima fue condenada por la propia sociedad.

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