La ambigüedad

Por Alfonso Zamora Saiz.
Hace unos días que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ha perdido una moción de confianza vinculada a la aprobación del presupuesto de 2018. Dos años y medio después de ser la lista más votada y ser investida alcaldesa, en un pleno fragmentado como toda Cataluña, con el apoyo de PSC, ERC y CUP, ha ido coqueteando con unos y otros hasta quedarse sola con su bastón de mando. La que era la gran figura emergente de la nueva política ahora es la máxima exponente de la navegación a varias aguas naufragando en todas, como se ha visto en las pasadas elecciones autonómicas catalanas.
Y es que no es sencillo estar en misa y repicando al mismo tiempo. Requiere de mucho tacto político pero también de un sólido discurso interno que, aunque adaptable y camaleónico, te permita siempre retroceder para volver a tus esencias. La estrategia de Podemos y de los comunes en Cataluña ha sido y sigue siendo la de la equidistancia. No se quiere arrimar mucho a Convergencia para no ser salpicada por los años del Pujolismo. No quiere conversar demasiado con Esquerra porque son directos competidores por el voto catalanista de izquierdas. No puede estar con la CUP porque aspiran a ser un partido de gobierno, no un grupo rebelde de presión. No quieren que los vean con el PSC porque, en el fondo, son de la vieja política, aunque el propio PSC sea una amalgama de sensibilidades, algunas de ellas muy próximas a Podemos y otras muy distantes. Y, por supuesto, no pueden hablar con PP ni su versión 2.0 Ciudadanos porque son de derechas, monárquicos, constitucionalistas, defensores del régimen del 78 y guardianes de las esencias franquistas. Como tienen tantos vetos, pues no quedan tantos amigos en su agenda, y esto les lleva a decir que se concilian con el pueblo, ese pueblo etéreo cuyos anhelos dicen conocer, entender y representar.
Con la deriva secesionista de los nacionalistas reconvertidos a independentistas catalanes se han quedado mirando a las nubes decidiendo si va a llover o no, y lo cierto es que está cayendo un turbión y ni han abierto el paraguas. Como no podían defender la independencia de Cataluña porque no son independentistas, ni el estado de las autonomías porque rechazan el régimen del 78-creo que nunca terminaré de entender por qué lo del 78 es un régimen, y no al menos un sistema- no les quedaban muchas opciones y optaron por lo que llaman el derecho a decidir. El derecho a decidir se basa en el derecho de autodeterminación de los pueblos, cosa con la que podemos estar en general de acuerdo, pero que choca con las constituciones y reglamentos jurídicos en todas partes, por lo que las resoluciones de la ONU 1514 y 1541 la contemplan únicamente en situaciones de descolonización. Pero decidir sobre qué, sobre cómo me relaciono yo contigo, o sobre cómo te tienes que relacionar tú conmigo, o sobre cómo te debes relacionar tú con otro estando yo presente.
Este derecho a decidir vendría a decir que el pueblo de Cataluña es soberano para decidir su futuro. Pero claro, los comunes no son independentistas, por lo que en una hipotética consulta (aunque esto lo dicen siempre a regañadientes a cualquier periodista) ellos apoyarían el NO a la independencia. Total, que para vehicular el anhelo de parte del pueblo catalán de independizarse (o de tener más dinero que ahora lo llaman independizarse), ellos, que entienden bien al pueblo, deciden otorgarle el derecho a poder votar este anhelo y sumar una mayoría que lo materialice pero, espérate, porque cuando vayas a sumar esa mayoría yo no sólo no voy a estar contigo, voy a estar contra ti y además voy a hacer campaña para ello.
Cuando la cuerda se tensa y las emociones se desatan, como ocurre en Cataluña, las fuerzas políticas tienen que saber gestionar la frustración del pueblo, además de sus aspiraciones. Incumplir una promesa es difícil de vender, pero prometer lo imposible es todavía más complicado a largo plazo. Frente al desapego manifiesto de una parte de los catalanes y catalanas, las fuerzas independentistas deberían apostar por canalizar de la mejor forma jurídica e internacional su aspiración secesionista, cosa que ni hacen ni consiguen. Y las fuerzas unionistas deberían hablar claro y ofrecer un nuevo encaje si es que se cree posible, no sólo para la parte a escindir, sino para las que se quieren quedar. En un país de 4 lenguas, con dos de las autonomías confederadas de facto, y otras 15 casi federadas, resulta llamativo cómo los dirigentes todavía no han pronunciado la palabra confederación y, cuando han pronunciado la palabra federación, no se hayan percatado de que ello involucra la retirada de algunas competencias autonómicas.
Porque todos estos que dicen que votarían que no, pero alumbran con júbilo que haya un día del abismo Quebequés, o Escocés, o Brexitiano para dirimir esta cuestión, no dedican ni un momento a pensar cómo van a convencerlos de quedarse, pero al mismo tiempo tener satisfechos a los otros 16 vástagos.
Como tampoco dedican ni un momento los otros a decir, si se van, qué va a pasar, porque visto lo visto en los últimos meses, el prado de una Cataluña independiente se parece más a tierra yerma. No hay una solución fácil, y mucho menos una que contente a todos, que es lo que algunos pretenden, y la ambigüedad puede retrasar, pero no evitar lo inevitable. Por mucho que algunos quieran sobrevivir en la indefinición, está llegando el día de definirse. Y definirse no es una alineación en bloques vacíos de ideas, sino en presentarse con una propuesta alternativa.

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