“Scrooge”. Por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Toda sociedad precisa, para desvelar su propia naturaleza, de un aedo que fije su instante. Tomar consciencia de sí a través de su voz. Verse reflejada a través del espejo de su escritura. Alguien dotado de la entereza intelectual precisa para modular a través de su creación el relato de aquello que en conciencia ve de real en su tiempo. Cristalizándolo. Preservando el ethos que dio sentido en su instante a su comunidad humana. Componiendo el fresco de un colectivo -trazado a través de la implacable visión del hombre en tanto cosa perfilada y compelida por las fuerzas que dinamizan la sociedad- a través tanto de la construcción de sus personajes como de la secuencia descriptiva de los avatares que animan su narrativa. Mostrando la respuesta de la condición humana en la concreción de un tiempo y espacio dados, anidados en el devenir de formas con que en el hombre se sucede la concepción de sí mismo y el marco de relación con el otro.

Decir, sugerir, omitir. En el equilibrio de esas tres componentes de la paleta se debate el matizado rango de claroscuros con que el decimonónico autor intenta la aspiración compartida por su talentosa generación folletinesca. La novela total. Remedo de absoluto a través del incisivo reflejo omnisciente de los distintos planos que componen la realidad. Un fresco psicosocioeconómico que coagula el rasgo de carácter de una civilización. Llegando, en su máximo alcance, a fijar el sentido y tono de la conducta de los individuos venideros como reverberantes repetidores plegados a las ritualísticas que sus textos lograron consolidar. Y que permanecerán invariantes en tanto la peculiar estructura social de la que emergió no experimente especial trastorno. Con A Christmas Carol la festividad navideña, tal como nos ha sido dada, no se nos es permitida concebir sino por mediación de su relato. El arquetipo queda así consolidado en la ortodoxia textual de su lectura. A pesar de que el mayor interés puede que siempre lo suscite su interpretación a la luz de una mirada distinta. El extrañamiento de encontrarse ante un texto que no dice lo que se piensa haber leído en él.

Tan cierto como que Marley estaba muerto, Ebenezer sabe que los fantasmas que le atormentan sólo habitan en su mente. Criatura zaherida y asediada por el tiempo. Lastrado por el peso de las supuestas insatisfacciones pasadas propias de toda vida -condensadas en la siempre desenfocada imagen que pretende figurar el recuerdo de lo sido un día por un otro que dice seguir siendo quien habla- ha consolidado a partir de ellas la ficción que da sentido a una actitud que puede acabar por sacrificar cuanto de bueno depare la potencialidad del devenir. El texto sólo le permitirá encontrar redención alguna a través de la reflexión tras el cuestionamiento de los puntales mismos de su discurso de afirmación individual. La vacía arbitrariedad -consolidada por repetición- del relato interiorizado de lo que dice de sí ser. Ante todo y frente a todo, la asunción de la duda emerge de la pluma del autor como única posible acción transformadora de la suerte de su maltrecho personaje.

El cuestionamiento de los supuestos rudimentos de todo relato identitario -individual o colectivo- y la subsecuente confrontación a la inconsistencia de su ficción es el único camino que puede dar cabida a una mejora enmarcada por el siempre atávico vértigo ante el vacío, en tanto esté guiado por el sentido crítico de una inteligencia, sin la cual sólo se añadiría el extravío al desvarío que el no cuestionamiento deparase. Del que el ámbito político no está exento. Pues si quienes ostentasen poder ejecutivo alguno crearan o habitasen un incontestable relato -que sirviese de base a su acción política o aglutinante identitario de su base social- cuyo fundamento no pudiese ser puesto a prueba a la luz de la inteligencia, sólo restaría la condena a la negación del futuro de tal sociedad y su inerme sometimiento a la común pesadilla atormentada por los fantasmas concebidos por unas mentes enfermas. Fábula que cuando real produce realidades nada fabulosas… que seguirán precisando de la entereza intelectual de alguien dispuesto a contarlas.

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