“Y al cuarto día hubo ganador”, por Pedro Molina Alcántara.

Pedro Molina Alcántara.

Cuatro días después de cerrar las urnas y, tras un recuento de infarto no exento de polémica por las acusaciones de fraude desde el campo republicano -y no por parte de todo el partido del elefante, animal que los simboliza, puesto que algunas de sus grandes figuras como el senador Mitt Romney o el expresidente George W. Bush han felicitado ya a Joe Biden-; el pasado sábado se pudo declarar -y toquemos madera- un vencedor de estas elecciones presidenciales americanas: el veterano político demócrata Joe Biden, que ha superado a Trump en más de cuatro millones de votos.

Hay que decir que estas elecciones han batido récords: de participación, en primer lugar y, en segundo, ambos candidatos han superado en número de votos a todos sus antecesores. Biden es ya el ganador con más votos de la Historia, más de setenta y cinco millones; pero es que Trump obtiene el segundo mejor resultado, con setenta y un millones, aproximadamente.

Y he dicho arriba que debemos tocar madera porque el todavía Sr. Presidente continúa denunciando que ha existido un gran fraude en su contra, que solo sus votos son perfecta y completamente legales. Los de su rival, no. Ya venía avisando durante la campaña electoral de que si perdía el resultado sería fraudulento y no lo iba a reconocer, así que su posición actual es coherente. Por supuesto, en su derecho está de acudir a la vía judicial, pero también corre el riesgo de convertirse de cara a la opinión pública en un mal perdedor que emprende, envuelto en una rabieta infantil, una huida hacia adelante. Aunque mucho me temo que no se trate de un arranque de ira sino de una estrategia fríamente calculada. Expongo mi teoría -que creo que comparten conmigo reputados juristas y analistas- y con ella finalizo mi tontería semanal:

Supongamos por un momento que yo soy Donald Trump:

  1. Llego a la conclusión de que en 2016 gané las elecciones presidenciales por una “alineación de los planetas”: una parte importante de la población desencantada con el stablishment de Washington DC, un mensaje populista que cala por ser considerado “políticamente incorrecto”…
  2. Durante mi mandato consigo colocar a tres jueces afines en la Corte Suprema federal, de forma que el número de jueces conservadores doble al de progresistas -6 a 3-. La última jueza nombrada, a pocos días de las elecciones, rompiendo la tradición institucional de no nombrar nuevos jueces en período electoral para evitar interferencias entre poderes.
  3. Voy preparando el terreno: gasto miles de millones de dólares en abogados que construyen una sólida estrategia judicial para llegar y ganar en el Supremo. Por otro lado, ya durante la campaña electoral voy caldeando el ambiente agitando el fantasma del fraude electoral.

Digno de Frank Underwood, el protagonista de la brillante serie House of Cards. No obstante, quizá la realidad supere una vez más a la ficción.

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