“Valores, humanismo e independentismo” (III), por César García Cimadevilla.

César García Cimadevilla caricaturizado.

Soy muy consciente de que toda metáfora es como un arma deteriorada y peligrosa, puedes apuntar a un enemigo, disparar… y te estalla en la cara o te destroza la cabeza. Aún así no puedo resistirme a emplear una metáfora con el independentismo. Mi condición de escritor metafórico me puede y como sé muy bien, cuando una tentación es irresistible, solo existe una forma de vencerla, y es caer en ella. ¿Qué metáfora sobre el independentismo se le ha ocurrido a mi mente delirante? Por supuesto, la de la familia, no podía ser otra. Imaginemos –no es preciso tener demasiada imaginación- a una familia que vive en un piso o casa donde conviven los miembros de la unidad familiar, que pueden ser muchos o pocos, o casi todos, si la metáfora lo requiriera. Imaginemos que la convivencia no es agradable, incluso tan desagradable que parece un infierno. Tampoco hay que tener mucha imaginación para visualizar algo así. Imaginemos que alguien, hijo, madre, padre, hermano o hasta primos segundos, si fuera preciso llevar la metáfora al límite, decide que ya no puede más y se quiere marchar de casa, es decir, declararse independiente. Podríamos decir tranquilamente, pues que se vaya y santas pascuas, si no está a gusto, mejor que se vaya y cuanto antes, todos quedaríamos más relajados. Es la tentación que estoy sintiendo yo al escribir estos artículos. Que se vayan de una vez, así dejaré de perder el tiempo explicando lo inexplicable. Y si no  pudiera ser, pues me marcho yo con un cohete intergaláctico a la otra punta del universo. ¡Y dale con la dichosa metáfora! Lo siento mucho, amado lector, pero es que me puede.

Y aquí empezamos con las matizaciones de la metáfora. Es lo malo de las metáforas, que hay que matizar hasta las comas. En una familia normal y corriente todo sería bastante fácil. El que se va, o independentista, se lleva su ropa, sus enseres de uso personal, el dinero de su cuenta corriente, ese regalo que hizo al resto de la familia por capricho o afecto. Bien. Si quiere yo mismo le doy el dinero de mi cuenta corriente para que se quede tranquilo y no arme bulla. Pues ni con esas, porque en la familia del independentismo hay un tema peliagudo que no tiene solución. No se puede llevar su dormitorio, la parte de la cocina que le corresponde, la parte del baño que le pertenece legalmente, la parte del pasillo por la que ha caminado durante la época conflictiva para no toparse con los otros… En resumen que un independentista no puede marcharse de casa, dar un portazo y llevarse todas esas cosas, no puede llevarse su territorio, porque es de todos, es decir también del resto de la familia. Y aquí seguimos con las matizaciones, porque si en una familia la casa o piso es de los padres, comprado legalmente y con todas las consecuencias, o si hay separación de bienes, al cincuenta por ciento, y si hay donación a los hijos y estos son muchos, pues…que me ayude un matemático, porque me he perdido. Es decir, el terreno que desea el independentista pertenece al estado o país del que ha estado formando parte, y eso es legal a efectos incluso internacionales. No puede echárselo bajo el brazo y marcharse con la música a otra parte. Además en ese terreno está viviendo una familia numerosa que no desea marcharse de casa. Incluso aunque en esa casa o piso hubiera un cincuenta por ciento más uno o más diez o lo que sea, no te puedes llevar toda la casa porque también es de los otros tanto como tuya.

¡Buf! Con tanta matización a la metáfora ando ya perdido. Lo que en realidad y básicamente quiero decir es que con el independentismo no se puede hacer como con un hijo que se quiere marchar de casa, porque el independentista quiere no solo su parte, sino todo. Y aquí nueva matización, que estoy hablando de la casa del independentista, no del edificio o de la ciudad o del país o del globo terráqueo. Puede alegar que le pertenece legalmente porque sus ancestros fueron independentistas y construyeron la casa en ese lugar con sus propias manos y que luego vinieron los okupas y se apoderaron de ella, si bien no eran ocupas desalmados que pusieron nueva cerradura, porque le han permitido vivir en ella, aunque eso sí, a disgusto.  Total que si fuera cierto que todos los que viven en un territorio fueran propietarios del mismo porque lo fueron sus ancestros, es decir porque lo dice la historia, y si todos o casi todos quisieran declararse independientes, y a la vez, ni puedo imaginarme el pandemónium que se armaría, y eso que mi imaginación da para mucho.  Por favor, independentistas de este país donde vivo, dejemos el tema por un tiempo, por unos años, hasta que yo me muera, porque de otra forma me voy a volver loco con esta metáfora y sus matizaciones. ¿Qué lo deje? No puedo, la tentación es irresistible, y además soy don Quijote que ha engordado porque se ha vuelto un tragón. Y ya sabemos que don Quijote se apuntaba a todas las causas, hasta la de los molinos de viento. Además es que yo, que soy miembro de la familia, os quiero, os quiero mucho y no soportaría veros lejos… bueno, no tan lejos porque os quedarías al lado, os vería por el pasillo camino del dormitorio o de la cocina, que sería más pequeña, como toda la casa, todo sería más pequeño y como esta casa, precisamente ésta, solo tiene un servicio o WC tendré que hacer cola todos los días. Pero no es por las incomodidades que os suplico, es porque os quiero, mucho, y la próxima vez que os vea por el pasillo os daré un fuerte abrazo. Porfi, dejadlo hasta que yo me muera, que ya soy viejo y me queda poco. Porfi.

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