“Valores, humanismo e independentismo” (II), por César García Cimadevilla.

César García Cimadevilla caricaturizado.

Nuestra sociedad es producto de un pacto entre humanos, como la sociedad gatuna lo es entre gatos, la diferencia está en que los gatos pactan por instinto –aunque he visto signos del libre albedrío en mi relación con los gatos- y los humanos pactan voluntariamente, si bien el instinto también está presente en nosotros, no en vano somos también animales, lo aceptemos o no. Cuando en la sociedad humana algo no es producto del pacto, sino de la imposición, estamos ante una dictadura. Las naciones y las líneas fronterizas también son producto de pactos, siempre acaba habiendo un pacto si se quiere mantener algo en el tiempo, haya empezado o no por una imposición, como puede ser el colonialismo. En la naturaleza no hay líneas fronterizas que delimiten naciones, países o comunidades, salvo contadas excepciones, como pueden ser los Pirineos, que hacen natural una línea fronteriza. La naturaleza no crea barreras naturales para que se formen naciones, países o comunidades de un signo o de otro. De hecho casi todas las naciones están delimitadas por líneas artificiales en un mapa producto de un pacto y casi todas estas líneas artificiales rara vez coinciden con barreras naturales como montañas, ríos, lagos, barrancos, mares y océanos. En la naturaleza no hay naciones, este tipo de comunidades son pactadas entre humanos que llegan a determinados acuerdos en base a razones que a mí me parecen tan peregrinas como el lenguaje, la cultura, la historia, el color de la piel, la religión, la ideología o incluso la economía.  Y digo razones peregrinas porque aunque puedan ser muy razonables para ciertas mentalidades no lo son para la mía. Yo creo en la fraternidad universal, creo que los seres humanos son hermanos y no por el chiste de que todos procedemos de Adán y Eva o porque tengamos una aplastante mayoría de genes en común o porque nuestra biología sea tan similar que casi podríamos ser clónicos. Lo somos porque todos nacemos y morimos y nuestras existencias transcurren bajo el peso del misterio más absoluto. No sabemos por qué nacemos, por qué nosotros y no otros, aunque sí sepamos que somos mortales y morimos aunque no sepamos cuándo. No sabemos de la misa a la media de nuestras existencias, solo que estamos aquí y ahora, compartiendo un entorno físico, un tiempo, y que luego terminaremos este recorrido consciente y todo se habrá acabado, según piensan algunos, o simplemente habremos atravesado una puerta a otra dimensión, como pensamos otros. Pensemos lo que pensemos solo nos quedan dos opciones: considerar la vida una selva donde los depredadores se nos comerán a los que no queremos serlo, para acabar muriendo como nosotros, solo que un poco después, o podemos confraternizar de forma tan tierna como los gatitos, a los que he visto dormir juntitos, cuerpecito con cuerpecito, para evitar el frío y sentirse acompañados frente al misterio de la existencia.

No voy a negar que el pacto social me parece bien. Hay que repartir territorios para no estar todos amontonados como en el camarote de los hermanos Marx, metáfora que me encanta y que utilizo siempre que puedo, y hay que organizarse de alguna manera, hay que pactarlo todo, desde la convivencia y la economía hasta la política. Tiene que haber leyes, reglamentos, normas, tiene que haber algo que todos respetemos o esto será una selva y ya sabemos que la selva tiene solo una ley, la ley del más fuerte, del depredador. Para mí, particularmente, todo tiene que nacer de un pacto básico, elemental, que permita seguir pactando. Es el pacto de los derechos fundamentales del ser humano, de la persona. Aquí no caben componendas, o todos tenemos derecho a la vida o regresamos a la selva donde solo tienen derecho a la vida los depredadores y mientras no se los coma otro depredador. Dejemos de lado cuestiones tan complejas como pactar dónde comienza la vida, si en el vientre materno o incluso antes, en mis espermatozoides, por ejemplo, y así cometería un pecado de lesa humanidad si me masturbara porque estaría privando de la vida a los humanos que nacerían si mis espermatozoides fecundaran los correspondientes óvulos. Pongo este ejemplo muy consciente de la dificultad incluso de pactar lo más básico, los derechos fundamentales de la persona. Si no somos mínimamente razonables y cada cual se atiene a su religión, su moral, su ética particular, su forma de pensar, se llegaría a supuestos tan esperpénticos como el que acabo de exponer.

Con el independentismo pasa tres cuartos de lo mismo. Si no pactamos lo básico se puede llegar a extremos tan ridículos como que en el pueblo en el que vivo nos declaremos independientes. En ese caso tengo claro que los gatos serían los aduaneros y conformarían los cuerpos de seguridad de este nuevo país. Si la única condición para la independencia fuera que el que todos los que viven en un determinado territorio estuvieran de acuerdo, este pueblo donde vivo podría declararse independiente mañana. Claro que es solo una metáfora ridícula, porque ni siquiera aquí estaríamos todos de acuerdo. Si se trata de naciones toda la sociedad planetaria debería pactar las condiciones de la independencia y la conformación de nuevas nacionalidades y respetar lo acordado o estaremos todos los días enzarzados en eso de las fronteras y nos olvidaremos de cosas más importantes, casi todas. Si en el derecho a la vida se puede caer en el esperpento de considerar como personas a mis espermatozoides y por lo tanto no podrían ser derramados en tierra porque cometería un severo delito castigado con las penas máximas, el independentismo podría llegar al esperpento de pasar siglos luchando en la calle por la independencia para conseguirla si se cumpliera, por ejemplo, la norma de que hay mayoría de mitad más uno y a continuación alguien cambiara de opinión y la mayoría de la mitad más uno la tendrían los otros y querrían regresaran a la nación a la que antes pertenecían.  No seré yo quien niegue a otros el derecho a la independencia porque vivo en un país donde hubo una guerra de la independencia contra los franceses, por ejemplo.  Pero tenemos que ser serios y dejarnos de tonterías como declarar personas a los espermatozoides o pasarnos el día en la calle clamando por la independencia. Aquí me moriría de frío y además no podría volver a masturbarme nunca más. Respeto a los derechos, sí, pero toda sociedad nace de un pacto, pactemos lo importante y dejémonos de comedias.

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