Solsticio

Gonzalo González Carrascal.

Por Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo­_Glezcar.
Glorioso, te alzas en el horizonte del cielo, oh Atón viviente, creador de vida. Cuando apareces sobre el horizonte llenas todas las tierras con tu belleza […]. Aun cuando estás lejos, tus rayos están sobre la tierra. Cuando te pones por el horizonte occidental la tierra está oscura, como la muerte.  [Gran himno a Atón]
La promesa de la caída siempre enlarvada en la consecución del punto álgido de su trayectoria. Estático y ajeno a todo, el astro refulge en su máximo esplendor. Como toda cosa, persiste a costa de sí. La necesaria dinámica que le hace estar mientras canibaliza su ser. Cada haz de su luz es un grito sordo que expresa su determinación por seguir siendo. La proyección de su potencia, un lamento extenuante que el tiempo aplacará en su ardor. Hasta su fin.  El sino de todo.
El discurrir cíclico de su órbita nos permite ver tantos soles como años vivimos. La percepción de inalterabilidad de su brillo y calor a lo largo de su discurrir celeste nos acompaña hasta nuestro ocaso. Engaño. Más, necesario, para imponer en nuestras mentes la precisa regularidad que dote a nuestros denuedos de aparente orden durante el acotado número de días que median nuestra vida. Una vida no regulada sino por una dinámica de descomposición. Ésto es, de muerte. El acechante abrazo de obscuridad en cada haz.
Metáfora misma del Poder. El gobernante irradia durante su decurso la luz que ilumina el mundo como pretende que sea percibido. La visión y referencia de una realidad que aspira a ser compartida y que las sombras evidencian siempre incompleta. El mudable matiz de su luz, que la propia dinámica degenerativa le impone, nos permite ver un mundo siempre igual y siempre distinto a medida que se sucede a lo largo de su trayectoria. Y como Sol mismo, su zénit conlleva la promesa de su caída.
Las caras se suceden bajo el role del mando. Sus promesas y relatos pretenden matizar la realidad común bajo la luz de su influjo. En la sucesión de sus ascensos y caídas, los comunes sólo pueden aspirar a la revolución que la propia dinámica cíclica del astro describe en su movimiento sobre sus cabezas. Constatándose así la funcionalidad de su presencia aparente. La de la aquiescente sumisión de todos al relato único.
Y sin embargo, son las sombras las que dicen aquello que evita sernos contado. Las fisuras del relato donde la pretendida omnipresencia de la luz no llega a dibujar la realidad. La fractura donde el poder no llega y, sin embargo, sigue habiendo verdad. Tal vez incómoda, pero tan necesaria como la muerte que pretendían ver los adoradores de Atón.

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