“Smoke”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Consumidos en la estéril pretensión de dotar de sentido a un tiempo, y con él así intentar transferir algún significado a nuestro efímero paso, somos arrastrados hacia el sumidero del devenir asidos -cual desesperados náufragos- a la caduca hoja del hiriente calendario. Hiriente y vacío convencionalismo al tratar de domesticar –reglamentándolo en semanas, meses y años- algo que nadie comprende, ni posee, ni ha visto jamás sino por sus estragos. Labor imposible. Más que la de pesar el humo.

El obstinado esfuerzo por fijar un inexistente significado distintivo con el que franquear nuestra consciente precariedad, ahí donde sólo hay un indiferente discurrir del flujo de lo real disolviéndose en sí mismo, nos arrebata. La engañosa sombra del empecinado empeño humano por densificar la indiferente levedad del instante presente cruza nuestra mirada, mientras discurre cadenciosa la repetición estacional. Coartada cíclica, cuya imagen sirve a la tendenciosa fijación metafórica, subyacente en el hábito ritualístico de la costumbre.

Rendido ante la inevitable propensión a la que la idiocia sentimental compartida por nuestra condición común nos somete, la necesidad de visionar ciertas películas culpables de haber conformado éso que decimos subjetividad se apodera de uno al aproximarse la convenida fecha de cierre del año fiscal. Debilidad humana. Il va de soi…

Paul Auster nos regala el guion. Interpretado por William Hurt y Harvey Keitel en estado de gracia. Escena. Sentados ambos a media luz en la trastienda del estanco regentado por el segundo, Hurt -entre bocanada y bocanada- contempla con rostro estupefacto el álbum de fotos que, diariamente y con extrema disciplina, Keitel ha ido componiendo a lo largo de años. La crónica de su rincón, lo llama. Una pasmosa sucesión de fotos de la esquina donde sita su negocio emerge machaconamente ante su estupefacta mirada al ritmo del paso de página del álbum. Viéndole, Keitel le interpela. “No lo entenderás si no vas más despacio. ¿Qué quieres decir? Que vas muy deprisa. Casi no miras las fotos ¡Si todas son iguales! Pero cada una es distinta de las otras…”.

Vaporoso. Un sutil matiz va filtrándose a través de su escrutadora mirada a medida que decide posarla más detenidamente. Irritante, como el humo de su puro incidiéndole en los ojos. A través del contraste de los reflejos cristalizados en las instantáneas, un hálito nuevo insufla en su mente una vaga forma. La de la fantasmagoría del recuerdo de aquél que él fue y de lo mucho perdido desde que el aliento de algunos rostros conocidos, que quedaron congelados en las fotos, fuese exhalado para siempre.

Un cadáver -el suyo-, de un tiempo que ya ha mucho le abandonó, surge sorpresivamente. Opacando su mente. Torciendo su gesto. El inesperado hallazgo al que un inocente ejercicio personal de arqueología le hubiese inducido a acometer el mero hecho de contemplar unas repetitivas fotografías de un paraje urbano familiar. Tal vez, demasiado familiar como para lograr asir el cambio que en todo momento opera y que sólo sentimos en nosotros a través de los demás, pasado éste.

El habitual escenario que delimita la acción de nuestra vida -construido no sólo sobre la materialidad más explícita sino esencialmente sobre la levedad de las palabras que componen la retórica discursiva que consolida el estado de opinión garante del orden social dado- parece componer un ámbito inmutable por la fuerza de la costumbre al que éste nos somete.

Bajo su habitual apariencia superficial, la permanentemente acelerada acción discursiva política, al forzar el enfoque de nuestro pensamiento en el más rabioso y caduco presente, nos resta la posibilidad de lograr apreciar el cambio al que nos va induciendo con su deliberada y precipitada cadencia. Negándosenos la perspectiva -por dolorosa que ésta fuese- que Hurt pudo contemplar al apreciar toda la secuencia, del devenir al que están siendo dirigidas nuestras vidas. Lo que fuimos. Lo que somos. Lo que podemos dejar de ser. Plenamente conocedora del cambio, del proceso y de la trascendencia de lo que nos jugamos en él. Sólo así, una ciudanía puede ser considerada tal. De no ser así, sólo la certeza de una ignorancia compartida, que se ignora a sí misma, será todo cuanto sostenga la noción común de la sociedad que decimos ser. Pero no lo entenderás si no vas más despacio.

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