“Siempre la deuda en Argentina”, por J. Nicolás Ferrando.

Nico Ferrando

En Argentina, una vez más la deuda externa centra el debate político y presupuestario. Según los datos oficiales de 2018, representaba el 58 % del PIB, aunque otras fuentes ya apuntaban que era mucho mayor y que iba a condicionar el gobierno que asumiera el 10 de diciembre de 2019. Los pronósticos no solo se han cumplido sino que han sobrepasado todas las previsiones más pesimistas.

Argentina, mi tierra de nacimiento, se encuentra en bancarrota y en una difícil encrucijada. Hacen falta decisiones que trasciendan el día a día y que involucren a generaciones futuras. Hace falta el ejercicio de la política con mayúsculas, algo que solo practican los estadistas y no los políticos actuales, que en su gran mayoría están más preocupados por contentar a sus seguidores y carecen de ideas a mediano y largo plazo.

La deuda externa no es algo nuevo. Su historia comienza con el nacimiento del país en el siglo XIX, cuando la Junta de Representantes de Buenos Aires sancionó el 19 de agosto de 1822 una ley que facultaba al Gobierno a adquirir un empréstito que debía ser utilizado para la construcción del puerto de Buenos Aires, el establecimiento de pueblos en la nueva frontera, y la fundación de tres ciudades sobre la costa entre Buenos Aires y el pueblo de Carmen de Patagones. Además debía dotarse de agua corriente a la ciudad de Buenos Aires.

No obstante, el endeudamiento que tuvo el país en el siglo XIX y en los primeros años del siglo XX se puede encuadrar dentro de la deuda que emiten todos los países del mundo. Nada anormal o extraordinario, aunque algunos autores son muy críticos en este aspecto con figuras emblemáticas de Argentina como Juan Manuel de Rosas, Bartolomé Mitre o Domingo Sarmiento, éste último emblema de la educación, algo que convendría potenciar. Cabe señalar que en toda esta época existe un intenso debate entre el proteccionismo y el libre cambio en los productos que es un antecedente de lo que nos está pasando ahora.

En el año 1930, se produce el primer golpe militar en el país austral contra el legítimo gobierno de Hipólito Yrigoyen. Este es el punto de partida del grave problema actual. En ese golpe al orden constitucional existente, los partidarios del alzamiento se posicionan claramente en favor de los intereses de las potencias extranjeras, lideradas ya por Estados Unidos, en detrimento de los intereses nacionales, algo que fue contrarrestado por el peronismo, que cae en 1955.

El saqueo que representa de la deuda externa actual está en la dictadura militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983. Mientras desaparecían 30.000 personas, se torturaba sin control en la ESMA y se exiliaban intelectuales de todos los ámbitos, Videla y sus cómplices son retratados con gran acierto por el escritor Rodolfo Walsh: “Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”. Más claro, imposible. Por eso lo mataron en 1977.

Los siguientes gobiernos hasta la fecha, en mayor o menor medida, han continuado esta política errática. Eso sí, enfundándose en la bandera, recordando a José de San Martín y Manuel Belgrano, pero condenando a la pobreza y al exilio a un gran número de argentinos. Nadie se ha planteado de manera seria hablar sobre la deuda externa de manera sincera y verificar si es legítima, legal, responde al interés general y procede pagarla en su totalidad. Se ha preferido violar las cuentas corrientes de los ahorristas, como sucedió en 2001, a razonar sobre el origen de esta pesada carga que lastra cualquier posibilidad de crecimiento.

El gobierno de Mauricio Macri acrecentó la deuda externa en un 40% y ni siquiera se explicó a la población la razón de ese impresionante endeudamiento, cuando ha habido recortes en casi todos los departamentos. Es de conocimiento público que una importante parte del importe de la misma irá a parar a fondos buitre que, lejos de contribuir al desarrollo del país, quieren profundizar en esta política antipatriota y, en mi opinión, equivocada que no puedo entender que tenga tanto apoyo social.

Hace unos días, el nuevo gobierno kirchnerista y la oposición macrista se han puesto de acuerdo en pagar, sin practicar ninguna clase de auditoría, la deuda externa. Priman esos pagos a las políticas sociales, condenando a Argentina a la crisis permanente e irresoluble. Una de las pocas voces que se opuso a este saqueo fue Nicolás del Caño, que desde su escaño puso en duda la viabilidad del Estado.

La conclusión es sencilla: Argentina no tiene futuro y no lo tendrá hasta no tratar este tema con rigor. Ya no valen medias tintas, o se está con el FMI y sus aliados, o se está con el pueblo y sus acuciantes necesidades. Yo no tengo dudas, aunque creo que los mismos que cantan el himno nacional y realizan pomposas celebraciones los 25 de mayo y los 9 de julio son los que profundizarán este desastre.

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