“Sangre y moras después de la razia eterna” por a Rafael Rodríguez Villarino.

Rafael Rodríguez Villarino.

Rafaél Rodríguez Villarino es secretario general del PSOE de la ciudad de Ourense.
A los 83 años, el miedo a los uniformes aún aprieta su pecho. Un tufo de bestias con pistolas penetró los poros de su madre cuando la tenía en la placenta. Era 1938.

Al temor se unió el hambre, y la miseria anidó en la pequeña como tiniebla pegajosa que no pudo exorcizar a tiempo.

La década de los 40 tejió infancias de trapos viejos, y sumergió pies menudos en barro, más sobrevivieron mentes ávidas de “pitanza” y “bullicio”.

Las niñas y los niños tuvieron que afinar el ingenio, y pinchaban con agujas los dedos para pintarle ojos de sangre a las muñecas.

El pan se cocía cada 15 días, las tortillas de patata eran de 3 huevos para toda la familia, la fruta poca o ninguna, y rara era la carne que desenterraban, de vez en cuando, del sal de la artesa.

Pero las pequeñas y los pequeños también perseguían “golosinas” a poco que podían. Esta era su receta de las moras: las recolectaban de las zarzas, depositaban sobre una roca, y exprimían con un canto.

Una vez machacadas, dividían a partes iguales el fruto, lo llevaban con sus manitas a la boca y acababan por lamer el dulce néctar que quedaba en la piedra de mortero convexo.

Tales eran los “antojos” de la infancia destrozada por la posguerra de uniformes sublevados. Y dejó huella en la memoria de una generación robada.

Mañana, o pasado mañana, ella volverá a contarme la historia, que remata siempre con la misma letanía: “¡que miseria!, ¡aquello sí que era pobreza”.

Pasaron casi 85 años, y todavía estamos pagando en Ourense peajes impuestos por razias franquistas. Tienen de herederos a caprichosos caciques posmodernos que corrompen y parasitan instituciones provinciales, ciudades y pueblos, asfixiando en el atraso una sociedad cada vez máis vieja.

La COVID-19 está rematándoles la faena, de modo que hoy, o mañana, desaparecerá otra aldea, y cada vez quedarán menos ancianos que nos recuerden las raíces de nuestra tragedia.

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