“Rostrum”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
La puesta en escena, preñada de metódica parsimonia institucional, no impide transmitir cierto patetismo. El brillo de los focos perla sus facciones. Tras sus atriles, encaramadas, las hieráticas figuras tratan de mantener una medida compostura. Aquélla que pretende, en su apariencia, fingirse sabedora de todo cuanto ignora. Mientras sus previsibles fórmulas pugnan, en su retórica, por extender un ficticio horizonte de certeza más allá de la zozobra presente, la sombra del interrogante se filtra a través de sus engoladas palabras.

Mecidas sobre un tumultuoso mar de opinión, sus recortadas siluetas no perfilan sino el mascarón de un gobierno que brega por mantenerse a flote. Aproados hacia un poniente mediático, sus perfiles recortados despliegan -confiados- la artificiosa solemnidad de su actoral presencia, mientras la espuma informativa -arremolinada a su paso- parece dibujarnos con su parafernalia la segura trayectoria, trazada –premeditadamente- en la carta de navegación del leviatán que las figuras dicen encarnan, a través de la senda de su discurso.

Frente a ellos -y a nosotros, igualmente- un plúmbeo firmamento concita la promesa de la mayor de las galernas. Azotados por un creciente viento en contra, sus rostros tratan de mantener el rictus de una imperturbable inmutabilidad ante lo incierto. Centrada su atención en evitar parecer verse salpicados por la situación, modulan su alocución conforme al ritmo que desean imprimir a la proteica base social sobre la que se asientan. Así, deliberadamente monótona, la actualidad mediada se nos presenta encauzada en el surco hendido por el curso de sus declaraciones.

Cadenciosamente, sus palabras se balancean -vacilantes- con la inconsistente certeza de quien navega a estima bajo un cielo cerrado, y sin estrellas. Sin más referencia que la negrura que se cierne sobre ellos. Sobre todos. En el vaivén de sus gestos y decisiones, titubeantes, refulgentes e incapaces de ocultar la incertidumbre que les agita, evidencian la falta de calado de los fundamentos que les mantiene erguidos, intentando equilibrarlo con el brillo de la escena. Mientras el aliento de la posibilidad de que la tragedia socioeconómica en ciernes les desarbole, y haga ir a pique, susurra de soslayo.

Escorada, su supuesta ideología ni siquiera es útil ya cuando todo cuanto queda es la zozobra de no saber llegar a buen puerto. Ni dónde demonios éste se halla. Sin más objetivo que permanecer contra viento y marea, los figurones -fijados a la roda que sostiene el pedestal de sus púlpitos- arremeten, en su insegura singladura, contra las replicantes olas que se baten frente a ellos, a su paso.

Mientras tratan de sortear en el avance de su intervención los sucesivos escollos emergentes que impone a su discurso el más leve pensamiento crítico, la incapacidad de asumir la responsabilidad de enfrentarse a lo que les sobreviene se hace cada vez más palpable. Y con ella, la inquietud de aquél que presencia lo contrario de lo que el acto pretende hacer ver.

La consagración de la fatuidad escénica, asentada sobre la mediática densificación discursiva de la ocurrencia y el trino de la banalidad provisoria, ha acabado por reducir lo político a mero espectáculo. Sin el rigor que exige erradicar la fatua grandilocuencia escénica, a la que se nos ha acostumbrado como mero artificio aparente ante la falta de claridad en las decisiones a tomar -o como simple escamoteo de éstas-, sólo podemos vernos abocados al deterioro efectivo ante una situación sobrevenida que no da margen ya sino a la asunción responsable de la carga que implica sostener el timón institucional. A riesgo, no haciéndolo, de quedar a la deriva. Y a sabiendas de que la derrota que se decida tomar no es sino la nuestra. No conviene demorarse demasiado. La tormenta está viniendo.

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