Respirar nos mata

Por Carolina Gutiérrez Montero.
(Investigadora biomédica)
Parece mentira que un acto tan natural, cotidiano y necesario como es respirar nos esté matando día a día.
No es el hecho de respirar lo que nos mata obviamente, sino lo que respiramos, ese dióxido de nitrógeno que cada vez alcanza valores más elevados en situaciones de alta contaminación, como en las que nos vemos inmersos en las grandes ciudades.
La OMS estima que la contaminación provoca cerca de 3.000.000 de muertes prematuras al año: 500.000 en Europa, 31.000 de ellas solo en España, siendo el tráfico rodado el principal emisor de dióxido de nitrógeno a la atmósfera.
Según las estimaciones del Banco Mundial la contaminación atmosférica y lo que de ella se deriva supone un gasto sanitario en España de 45.000 millones de euros al año.
Estudios llevados a cabo por investigadores españoles han puesto de manifiesto que los días que hay más contaminación atmosférica se producen más ingresos por infartos de miocardio. Y no solo eso sino que los infartos de las personas que ingresan en las urgencias en esos días son mucho más graves. Además según este estudio publicado en International Journal of Cardiology la exposición a la contaminación puede estar actuando hasta cinco días antes que se produzca el infarto. Es decir, que si hoy tenemos un pico de contaminación que supera los límites permitidos, de aquí a cuatro días una persona puede tener un infarto y el hecho de haber estado expuesto a esta contaminación, hace que el infarto pueda ser más grave.
Además la contaminación se relaciona con la aparición de diversos tipos de cáncer, enfermedades respiratorias e incluso se la considera ya como uno de los factores de riesgo para el desarrollo de un infarto cerebral.
Si nos centramos solo en el cumplimiento de los límites que marca la legislación Europea, es verdad que la mayor parte de los días estamos en los niveles que se nos exige, pero quizá la clave se encuentre en fijar estos límites en niveles más bajos para no llegar a estas situaciones dramáticas en las que nos vemos inmersos.
Parece que los agentes más contaminantes, como el dióxido de nitrógeno, son consecuencia en su mayor parte del tráfico rodado, pues será ahí donde debemos incidir.
En ciudades como Madrid estamos asistiendo a niveles elevados de contaminación que han llevado al Ayuntamiento a tomar medidas puntuales esos días. Está bien cortar la hemorragia, pero hay que ir al origen de la misma para poder tratarla.
Las reducciones puntuales de los límites de velocidad permitidos, las prohibiciones de aparcamiento en el centro de la ciudad, incluso la circulación sólo de vehículos de matrícula par o impar a días alternos, suponen la venda que corta la hemorragia pero no erradican el problema en origen. Antes de llegar a esto hay que tomar las medidas adecuadas.
Grandes ciudades como Madrid necesitan programas para la evaluación de la Calidad del aire, con mejores tipos de medición y diagnóstico de la calidad del mismo a tiempo real y con mejores sistemas de previsión de altos contaminantes.
Ya en el año 2015 en el programa electoral del candidato del partido socialista a la Alcaldía de Madrid se trataba este problema como uno de los principales a los que hacer frente y se proponían medidas como los aparcamientos disuasorios a la entrada de las grandes ciudades, el fomento del transporte público con precios más asequibles, el fomento del uso de la bicicleta, así como la instalación de más zonas verdes a la entrada de las grandes arterias de la ciudad que fuesen capaces de absorber parte de la contaminación del gran tráfico rodado que entra diariamente en las ciudades.
Actualmente, con otros partidos gobernando tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad, nos encontramos con una carencia total de estos aparcamientos y con un transporte público que no termina del todo de ser atractivo para los usuarios de los coches particulares: hay que promover un transporte público de calidad y asequible para todos.
Imaginemos a un usuario habitual del coche particular al que dejamos un día en el tren de cercanías, con los andenes llenos, retrasos y falta de información, o un día en el metro con las escaleras estropeadas y los vagones hasta arriba y una frecuencia no muy alta de trenes y se le quitan las ganas de volver a utilizarlo. ¡Al día siguiente vuelve a su coche contaminante!
La movilidad en bicicleta es cierto que se está incrementando entre los madrileños, y su uso por un mayor número de personas contribuye a la reducción del tráfico rodado y todo ello lógicamente suma a la reducción de la contaminación atmosférica. Por tanto la utilización de la misma es una medida a aplaudir y a ello probablemente contribuya la última medida adoptada por el Ayuntamiento a petición del grupo municipal socialista, que permite la combinación del abono transporte mensual con el uso del alquiler público de bicicletas (BiciMad).
También se debería incidir en la promoción e incluso subvención a la hora de adquirir coches menos contaminantes: híbridos pero sobre todo eléctricos. Pero para ello se necesita una correcta información, así como más puntos de recarga eléctrica distribuidos conveniente por la ciudad para que los madrileños se animen a su uso.
Los cambios de hábitos en el ser humano se asocian con un periodo de adaptación a ese cambio. La concienciación ante un problema como es la contaminación atmosférica y los daños para la salud que de ella se derivan no deben recaer sólo en el ciudadano. Nuestros gobernantes tienen mucho que decir y hacer al respecto, por eso se les exige saber del problema para poner la solución. Lo que ocurre es que a algunos les quedó un poco grande el cargo.

 

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