Presupuestos participativos

Por Alfonso Zamora

Recientemente en Madrid, hemos tenido la oportunidad de votar por la forma en que se van a llevar a cabo las remodelaciones de varias plazas emblemáticas de la capital. Es un eslabón más en las novedosas formas de participación ciudadana que otorgan un poder directo de decisión al pueblo sobre el modo en que se gasta una parte del presupuesto de su ciudad.
Pocas cosas son tan instructivas para el ciudadano como hacerle partícipe- a título informativo-del gasto en determinadas obras y servicios para crear una conciencia social responsable con el dónde van a parar nuestros impuestos y tributos, pudiendo decidir de forma directa si se gastan en un proyecto o en otro, y en qué niveles.
El gobierno municipal de la ciudad de Madrid ha puesto en marcha este programa de presupuestos participativos. Y digo que lo ha puesto en marcha porque no es una idea original suya. Porto Alegre en Brasil fue la pionera en 1988 y desde entonces muchas capitales europeas tienen una gran tradición en este tema. Lisboa lo implantó en 2008 (tras algunas otras menores ciudades portuguesas) y en 2016 ya se ha celebrado la primera edición de un presupuesto participativo a nivel nacional en toda Portugal. En España, La Coruña y Barcelona iniciaron el camino. Y antes que Ahora Madrid, el PSOE llevó este tema en su programa municipales de Madrid.
Existen múltiples versiones, pero todas ellas se basan en determinar una cierta parte del presupuesto municipal que se va a gastar en lo que decida la ciudadanía de forma directa, mediante voto presencial u on-line. Para ello, se realiza una convocatoria y se presentan proyectos de mejora de calles, parques, barrios, rehabilitaciones… desde un banco de piedra más en la avenida hasta un anillo ciclista que recorra la ciudad entera. Cada proyecto entraña un presupuesto y concursará contra los proyectos similares en su barrio o distrito, y de cuantía parecida, para que exista una competición real.
En los países donde existe una verdadera tradición de presupuestos participativos, desde ciudadanos individualmente hasta start-up o empresas más grandes dedican grandes cantidades de trabajo-pero trabajo serio y profesional- a elaborar estos proyectos. No sólo interesa el impacto social o la mejoría de la calidad de vida, interesa también el coste tanto inmediato como de mantenimiento a largo plazo. Los proyectos están llenos de números, tienen pocas fisuras –aquellos que las tienen son rechazados por una comisión gubernamental tanto o más seria que los proyectantes- y llegan a la ciudadanía para que sean votados tras una larga y extensa campaña de información. En Lisboa, en la semana durante la que se vota el presupuesto participativo no se habla de otra cosa. ¿Nos hemos enterado realmente de que esto ha sucedido en Madrid hace poco?
Para que un plan de participación ciudadana de una envergadura acorde con la ciudad de Madrid tenga éxito son necesarias muchas cosas que ahora mismo no se están haciendo. Hay mucho que reformar, hay mucho que hacer, mucho que cambiar. Y sería insensato pensar que la gente joven emprendedora no tiene ideas para mejorarlo y cambiarlo. Pero para ello se le tiene que dar la oportunidad. Abrir realmente estas convocatorias a la ciudadanía, no a los grupúsculos en connivencia con el actual ayuntamiento. Y la ciudadanía ha de responder con su participación, tanto en la elaboración masiva de proyectos, como en el debate público y en el voto final.
Los proyectos han de ser serios, cuantificables y cuantificados, no maquetas bonitas con ideas vagas. Los proyectos tienen que ser innovadores, y contraponer ideas- ¿soterramos Plaza de España tipo A o soterramos plaza de España tipo B?-. Porque si lo que hay que hacer es poner árboles en una plaza pues no hay que colgar carteles de Sí y No en las avenidas para acabar decidiendo la especie de hoja caduca o perenne. No existen ideas perfectas siempre que hay controversia, pero existen ideas fuertes y ganadoras siempre que hay suficiente debate.
Hay que presentar proyectos más potentes, proyectos que realmente digan algo a la gente, con los que la gente se sienta identificada. Y luego hay que publicitarlos adecuadamente. Y votar, decidir, y hacerse cargo de nuestra conciencia cívica tantas veces olvidada.
Porque votar por votar no nos hace más demócratas. Votar donde todo sea elegible, donde estamos debida e imparcialmente informados, donde las instituciones asumen como vinculantes los resultados, donde todos nos corresponsabilizamos del buen hacer de los proyectos ganadores y de su conservación, eso sí es votar, eso sí es democracia, eso sí es participación ciudadana.

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