¿Por qué avanzaron tan rápido los talibán sin pegar un solo tiro?

¿Por qué avanzaron tan rápido los talibán sin pegar un solo tiro?

El rápido avance talibán hasta recuperar el poder en Afganistán ha sorprendido enormemente a la opinión pública de todo Occidente. En apenas una semana terminaron por completar la toma del poder en 33 de las 34 provincias, incluida Kabul, menos su aeropuerto, por ahora.

Ha sorprendido a eso, a la opinión pública, pero no tanto, más bien casi nada, a los expertos y menos a las agencias de inteligencia y Ejecutivos occidentales. Especialmente de Estados Unidos o Reino Unido. Incluso del propio Gobierno afgano.

Mientras la inteligencia estadounidense seguía vendiendo a los medios que quedaban meses de lucha pocas horas antes de caer Kabul, llevaban meses evacuando personal y recursos.

Los talibán tejieron pacientemente una red de alianzas

Y es que detrás de ello había una lenta y paciente estrategia por parte de los insurgentes. Durante años, los talibán fueron tejiendo una red de alianzas y pactos con mandos del Ejército afgano, gobernadores y funcionarios locales.

En los últimos meses, esa paciente labor se intensificó. Ofrecían dinero a cambio de armas, información estratégica y equipamiento militar. De todo ello tenían conocimiento en Estados Unidos.

¿Acaba ahí la cosa? En absoluto. Era un secreto a voces que las fuerzas armadas y de seguridad de Afganistán llegaban a acuerdos con los talibán. ¿Por qué?

Existen varias razones en el trasfondo de un conflicto poco lucrativo para las Administraciones de Estados Unidos y de Occidente en general. Y en ese saco se incluye a España.

Las negociaciones de Doha, punto de inflexión

Vayamos por partes. Si bien el punto de inflexión definitivo fue el ‘desacuerdo’ en las negociaciones de Doha, el asunto viene de antes, no mucho antes.

El resultado de esas conversaciones se vistió como un acuerdo por el que ambas partes, Gobierno afgano y talibán, se comprometían a mantener la paz.

A cambio, Estados Unidos y las fuerzas de la OTAN se retirarían a mediados de 2021. Todo el poder pasaría a manos del Ejecutivo de Ashraf Ghani, como ya se venía haciendo. La primera, y clave, consecuencia de esa decisión es que los estadounidenses dejarían de pagar los salarios de los soldados afganos.

Para conservar una mínima lealtad a quien se juega la vida, al menos, hay que pagarle bien, cosa que el Gobierno de Ghani no hizo. Por tanto, las deserciones se barajaban como la primera opción de los militares regulares si tenían que enfrentarse a los talibán, que no hacen prisioneros.

El mazazo definitivo fue el ‘fracaso’ de Qatar. Para Estados Unidos sí fue un éxito porque se quitaba de encima un buen problema.

En cambio, con ello, los regulares afganos perdieron la poca moral que les quedaba. Perdieron libertad de acción, capacidad y recursos para las operaciones y, sobre todo, voluntad de vencer.

Ni un tiro pegaron los talibán en más de una capital

En consecuencia, el Ejército afgano prefirió rendirse, huir o unirse a los fundamentalistas islámicos a medida que avanzaban. Ni un tiro tuvieron que pegar los talibán en más de una capital de provincia.

Es cierto que la guerra en Afganistán ha costado vidas y mucho dinero a las fuerzas internacionales. En el caso de España, 3.500 millones de euros y, lo que es peor, 104 muertos.

Más grave si hablamos de Estados Unidos: un billón de dólares y unas 2.400 vidas. Por tanto, los estadounidenses sabían que no podían mantenerse en Afganistán in eternum.

Además, Joe Biden se comprometió a finiquitar la retirada pactada por su predecesor, Donald Trump. En plena crisis sanitaria, con una recuperación social y económica por delante, no podía seguir gastando ingentes recursos en mantenerse allí, sin sacar algo.

Occidente dejó en manos de los insurgentes el opio y la heroína

Y es que los talibán controlaban los pocos, pero valiosísimos, recursos del país centroasiático: el opio y la heroína, como siempre. No hay que olvidar que el 80% de la producción mundial de esas drogas se da en Afganistán.

Así que, ya que Occidente prefería ignorarlo –doble moral habitual en las potencias occidentales—, los talibán forjaron sus primeras alianzas en las zonas rurales. De ahí obtenían los recursos económicos para comprar armas… y voluntades.

Sin embargo, es verdad que entre los militares regulares los había decididos a enfrentarse a los insurgentes. El problema es que sus mandos, o habían caído ya en la corrupción, o se habían pasado al otro bando o, simplemente, optaban por no luchar. Con estos mimbres, a los soldados rasos no les quedaba otra más que huir.

Entretanto, el grupo insurgente no tenía, obtenido el poder poco a poco, provincia a provincia, otra exigencia más que expulsar a los extranjeros. Para ello, no dudaban en poner un arma en manos de jóvenes y obligarlos a luchar junto a los talibán, algo impensable en un ejército regular.

Para ir terminando, otro elemento fundamental para entender la rápida recuperación del poder por parte de los talibán se encuentra en sus adversarios.

Corrupción en la élite gobernante

Casi desde el principio de la derrota de los fundamentalistas islámicos con la llegada de las tropas de la OTAN, la élite gobernante en Afganistán se dedicó a acaparar riquezas.

La corrupción fue lo habitual durante veinte años, con la connivencia de Occidente, que miró hacia otro lado. El pueblo lo sabía mientras pasaba hambre, por lo que no es de extrañar la desafección hacia el Gobierno, el Ejército y los funcionarios.

Con la decidida marcha de Estados Unidos, fue el pueblo el que miró hacia otro lado y se resignó a la vuelta de los talibán al poder. Era cuestión de tiempo y, sin apenas recursos, era preferible, por duro que parezca, regresar al régimen de la sharia o tratar de huir.

Así, con la moral enterrada, no es de extrañar que apenas se opusiera resistencia en las dos últimas semanas hasta caer Kabul. Occidente debería hacerse mirar lo que ha hecho en Afganistán.

¿Y ahora qué?

Porque aquí no acaba la cosa. El futuro del país centroasiático es completamente incierto. Si las lealtades eran frágiles antes, no lo son menos ahora.

Todo va a depender de la capacidad de los talibán para fraguar alianzas con los líderes locales en una sociedad con fuertes lazos tribales. Ni qué decir de la resistencia de Panshir, el último bastión antitalibán en el país.

Allí, Amrullah Saleh, el exvicepresidente de Afganistán, pide ayuda a las potencias occidentales para resistir y, si puede, revertir la situación. También ha pedido armas y recursos a los países árabes contrarios al yihadismo.

Sin embargo, China, Rusia y Pakistán reconocerán al Gobierno talibán, y las declaraciones de Biden de los últimos días no ayudan. Todo apunta a que se desencadenará una nueva guerra civil.

Un nuevo conflicto interno en el que los grandes beneficiados serán los de siempre, la élite gobernante. Y los grandes perjudicados, también los de siempre, la población civil.

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