“Oldies”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Un acentuado sabor acre se paladea tras su visionado. El regusto de la incertidumbre como marco de la necesaria reflexión sobre la inexorabilidad del paso del tiempo. Del profundo extrañamiento al que cultura, instituciones y prácticas sociales alienantes someten a cada uno de nosotros. Y que acaban por expulsarnos de la vida antes de que ésta nos haya abandonado.

@buelos -opera prima firmemente sostenida por tres robustos pilares actorales- muestra con toda crudeza el envite de una bien sazonada crítica absoluta de este tiempo que nos ha tocado vivir. Del modo con que se nos impone y resignadamente aceptamos vivirlo. Y de la tensión que nos asalta en la certeza de lo inaceptable e inexorable del mismo.

Su guión, eminentemente desarrollado en torno a las vicisitudes del personaje interpretado por un grandísimo animal escénico -Carlos Iglesias-, nos adentra en la impotencia de un sujeto “en paro” superado por un sistema, un orden, que ya no le necesita. Ni le importa. Reducido a la categoría social de prescindible. Laboralmente amortizado. Un hombre -a las puertas de su sesentena- cuya inadaptada figura, expuesta ante su propio valor residual de mercado, recorre el periplo del extravío.

Encerrado en el engañoso laberinto del imperante relato neoliberal, afianzado a mayor gloria por la fatua pijez de la jerga difundida desde la pléyade apostólica de business schools -y peligrosamente secundada y fomentada sin cuestionamiento crítico alguno desde instancias institucionales-, no puede evitar quedar engatusado ante su fascinante y vacua retórica. Que no tardará en reconocer falaz tras la imagen que de sí le han inducido a ver. El engañoso brillo de una sugerente ficción autosuficiente. La prometedora imagen del necesario héroe y mártir a ensalzar en el altar de la entusiasta religión capitalista. El emprendedor.

El alcance de su crítica no sólo llega a poner en evidencia la marginación y desamparo que desde las instancias empresariales y financieras someten a aquellos que tratan de rehacerse tras el naufragio laboral de sus vidas, y del trastorno ocasionado en su entorno y al conjunto de la sociedad por extensión. Sino que precisa lo esencialmente fundante del nuevo statu quo. Un contrato social conformado -e impuesto- al calor de la crisis económica presente en el que no resta más compromiso que el del beneficio. Erigiéndose así en testimonio de una época.

De este modo, podemos apreciar reflejada la vuelta de tuerca de los términos en que el capitalismo ha ido evolucionando en su voracidad a lo largo de este último siglo -y su proceso de desvalorizado del individuo- al contrastarla con la obra maestra referencial del expresionismo alemán sobre la vejez y su encaje social. El Último. En ella, se refleja la tragedia de cómo el natural envejecimiento del anciano y orgulloso portero de un lujoso hotel berlinés, durante la inestable República de Weimar, fuerza su reubicación laboral en el mismo.

Mediada casi una centuria, @buelos muestra la obsolescencia controlada –que no decrepitud por el paso del tiempo- que la lógica del sistema impone como esencia misma del irresponsable abandono y degradación de un trabajador en perfecto uso de su capacidad y experiencia –o expertise, según la canónica verborrea parroquial-. Experiencia sometida a un riguroso control de balance beneficio/coste, en el que la ganancia inducida a partir de la precarización laboral exige la eliminación de todo trabajador cuya antigüedad pueda suponer lastre contable alguno. Sin mayor compromiso. Exponiéndolo a la intemperie. Donde alambicada ficción marketiniana alguna puede evitar que un aparentemente pretendido amistoso sistema institucional y financiero mude su única naturaleza cierta. Predadora. Mientras, nuevas remesas de alevines luchan denodadamente por hacerse hueco en un mezquino juego, en el que sus rígidas reglas imponen su perdición. Sólo es cuestión de tiempo.

El largometraje que nos ocupa decide resolverse instalándonos -mediante elipsis- en un amable final, tras la exposición de su nada cómica tragedia humana. Almibarado y reconfortante, no deja de subrayar en su inverosimilitud la desoladora naturaleza del irrebasable marco al que el inerme individuo se ve postrado. Y que lejos de ser entendido en clave de debilidad argumental, no deja de ser un velado homenaje al modo con que Murnau decidió cerrar su obra.

Consciente de la abrumadora dimensión trágica del relato y del efecto de rechazo que induciría en los espectadores la asunción del necesario fin que la lógica de los hechos exige en la coherencia de la postración de su vetusto portero, el autor alemán decidió concluir su obra dando un volantazo que trocase tragedia en comedia con un simple cartel. “Aquí, en el lugar de su humillación el viejo se marchitaría el resto de su vida y la historia se habría terminado. Pero el autor se hace cargo de que todos le han abandonado, añadiéndole un epílogo en el que las cosas transcurren felizmente, como, lamentablemente, no suele suceder en la vida”. Fórmula magistral que, por contraste, hace que el dulzor acentúe el acre en el paladar.

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