No, no sois héroes

Por J. M. Muñoz Puigcerver.
Como tarraconense afincado en Madrid, europeísta convencido y firme defensor de la igualdad de derechos, no puedo más que contemplar con tristeza, vergüenza y hastío los acontecimientos que impregnan la totalidad de la vida política y social en mi Cataluña natal. Contemplar con estupor, tal y como me ocurrió estas pasadas Navidades, mi bien añorado Balcón del Mediterráneo mancillado por enormes lazos amarillos o ser testigo, el mismo día de Nochebuena, de concentraciones en las que personas con gorritos de Papá Noel (también amarillos y a las que, por cierto, acudían niños que no tendrían más de cinco años) reclamaban la libertad de unos falsos presos políticos, no hacía más que reafirmarme en el peligro que corremos los ciudadanos cuando somos el objetivo de políticos populistas que trasladan sus ilimitadas ansias de poder al plano más irracional de la sociedad.
Nunca he comprendido (ni he querido comprender) los nacionalismos. Cualquier ideología excluyente (y todos los nacionalismos lo son por definición) resulta incomprensible a la par que escabrosa a ojos de aquellos cuya cosmovisión se guía por patrones inclusivos en las esferas más diversas de la vida. Tal y como dijo el cantautor argentino Facundo Cabral, el ser humano necesita las fronteras porque tiene miedo del infinito, lo cual es tanto como decir que teme lo que hay más allá del ámbito geográfico que delimita su propia experiencia vital. Es así como el sentimiento identitario se trasviste de una tan legítima como hipotética defensa de la idiosincrasia nacional, en pos de la protección de unos rasgos culturales supuestamente en peligro de extinción. Sin embargo, la sucesión de despropósitos perpetrados demuestra a las claras que, tras ese añejo disfraz, intenta ocultarse una simple y llana plasmación del miedo aludido, así como un ulterior rechazo a lo desconocido que prima las divergencias y desampara las similitudes. De hecho, el propio Cabral afirmó que donde el necio ve dos cosas, el inteligente tan sólo ve una.
La prueba más evidente de que el nacionalismo no es más que una de las diversas manifestaciones que el populismo exaltado puede adoptar es que siempre resurge, sin excepción, en tiempos de graves crisis. Precisamente, sobre el populismo, el poeta sevillano Antonio Machado dejó para la posteridad la que, con toda seguridad, es la mejor definición sobre él jamás realizada: “en política, siempre triunfa quien pone la vela allá donde sopla el viento, jamás quien pretende que sople el viento donde él ha puesto la vela”. La necesidad inducida de superar las adversidades a costa de lo que sea y de quien sea justifica la premura en satisfacer el anhelo de “las masas” (usando terminología orteguiana) a la vez que corrobora lo poco que hemos aprendido de las lecciones que nos brinda la historia. La Gran Depresión que azotó los años 30 del pasado siglo se agravó, justamente, porque los países que la sufrieron, lejos de cooperar entre ellos, cerraron sus fronteras al comercio internacional y profundizaron, con esa política tan miope de “sálvese quien pueda”, la peor crisis económica que conoció el siglo XX. Por ello, lo que ocurre en Cataluña es difícilmente disociable de un fenómeno mucho más amplio que comprende el bochornoso “America First” de Donald Trump o el ominoso brexit azuzado por figuras tan reprobables como Nigel Farage. Le pongamos el apellido que le pongamos, todos los nacionalismos mantienen la misma esencia.
Además, como todo populismo, los nacionalismos necesitan, imperiosamente, encontrar su antagonista, un enemigo (generalmente otro nacionalismo) que defina a la perfección (aunque sea a trazo grueso, eso es lo de menos) las líneas que separan el “nosotros” del “ellos”. De hecho, uno de los grandes errores de los nacionalistas periféricos es el de etiquetar de centralistas a los que abogamos por la integración en lugar de por la separación, sin reparar siquiera que nuestro marco conceptual en cuestiones territoriales va mucho más allá de lo que ellos entienden por “España” (que, al fin y al cabo, y aunque abarquen un espacio mayor, también se encuentra delimitada por fronteras) y que, por tanto, el vacío intelectual de ese argumento no representa, en lo más mínimo, a quienes desearíamos, algún día, poder votar un presidente europeo o a los que nos sentimos, sencillamente, ciudadanos pertenecientes a una colectividad global. No es casualidad que personajes que militan en espectros políticos tan dispares como Francisco Frutos o Jean-Claude Juncker coincidan en este punto. El primero, exsecretario general del Partido Comunista, aseveraba no hace mucho que no hay cabida para nacionalismos en la izquierda, internacionalista desde su origen. El segundo, de ideología conservadora, sentenciaba a su vez que “el nacionalismo es la guerra”.
Por todo ello, lamento tener que llegar a la amarga conclusión de que aquellos que decís abanderar el proyecto independentista catalán, identificando el “procés” con una valerosa defensa de los principios democráticos y que, para mayor escarnio, os consideráis combatientes del ejército de “el bien” tratando de derrotar a las filas enemigas de “el mal” (en esos términos definió Oriol Junqueras las pasadas elecciones del 21 de diciembre) no poseéis, ni mucho menos, la más mínima traza de héroes en contienda por una causa justa y noble que sea recordada por las generaciones venideras. Vuestro sesgado y erróneo punto de partida os inhabilita para proporcionar remedio alguno al conflicto. Por este motivo, ni siquiera se puede abrigar la esperanza de que seáis parte de la solución. De hecho, vuestro fanatismo es el problema.

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