“No me canso de oler el vacío”, por Javier Payo Béjar.

Javier Payo Béjar.

No me canso de oler el vacío del silencio de la razón que tienen los absurdos “negacionistas”. Sí, he utilizado el adjetivo absurdos porque únicamente repiten discursos incendiarios carentes de lógica y sentido.

Deseo que saboreen la realidad, que se paseen por una planta Covid de cualquier hospital del mundo para ver lo que según ellos y ellas es un invento de alguien todopoderoso que nos quiere controlar. La ignorancia es atrevida decía aquel, la ineptitud moral de aquellas personas temerarias de negar lo evidente es increíble. Tanto es así que se inventan bulos para apoyar sus teorías conspiranoicas carentes de un razonamiento coherente. No me canso de oler el vacío, me cansa escuchar a los mal llamados “negacionistas” qué este virus mortal no existe, qué es un invento de alguien desconocido y qué alguien se lo ha dicho…

Bueno ahora después de conocer en primera persona a este virus “inexistente” según algunos te cuento la experiencia que hemos pasado mi familia y yo, con lo bueno y no tan bueno. No quiero entrar en polémicas con ningún “negacionista”, loro repetitivo o persona carente de sentido crítico para sacar su opinión propia ya que con todo este asunto se ve continuamente que cada uno quiere ver lo que le interesa políticamente, “conspiratoriamente” o por hacerse el interesante.

El primero que sepamos fui yo, digo eso entre comillas porque creemos que lo invito a casa mi hijo de catorce meses y que no habla aún. Estábamos comiendo el sábado plácidamente en mi casa y empecé a notar que algo no funcionaba bien en mi. Vale bien, soy esclerótico y así es mi día a día… bien, lo entiendo que hubiera sido algo “normal” y por lo tanto, me fui a dormir la siesta y al despertarme me comí un poco de arroz que había sobrado de la comida y ¡Eureka! No saboreaba nada, bueno sí, lo que saboreaba era la nada, la misma que inunda las cabezas de los “negacionistas”. En ese momento iluso de mi, pedí a mi mujer que me preparase un chupito de vinagre para tomarlo y comprobar lo innegable, que muchos niegan sin conocimiento de causa. A continuación me acerco muy gentilmente el vinagre, intenté percibir el olor y… ¡sorpresa! No logré oler el característico aroma del compuesto resultante del ácido acético en agua. Pero no obstante, me negué a resignarme de estar contagiado del SARS-CoV-2 e intenté saborear el mejunje agrio, pero ahí me desperté de mi esperanza al contrastar a mi pesar que tampoco saboreaba. Entonces llamé al teléfono que han habilitado para información de la Covid-19 a continuación de hablar con ellos, mi novia sacó cita para tener una teleconsulta con el médico de cabecera el lunes.

Y llegó la noche del sábado, en un ataque de valentía me quise hacer una prueba en modo de juego de campamento y volví a pedir nuevamente que me preparase dos chupitos, esta vez uno de agua o zumo y otro con vinagre para que con los ojos cerrados me diera el que quisiera y yo tendría que adivinar cual de los dos era. Algo dentro de mi no se resignaba a aceptar lo que realmente ocurría y en un ataque de valentía, juntos comenzamos el juego infantil de probar y adivinar cual delos dos vasos era el vinagre. Cogí uno y al no percibir el olor agrio del vinagre me lo bebí de un trago, al llegar al estómago y al sentir el ardor deduje que pudiera ser el vinagre, pero aún así me aferre a una excusa barata que la cena no me sentó bien e inocentemente le pregunté a mi mujer cuál de los dos vasos era. Ella me afirmó que era el del vino agrio. Pensarás según estás leyendo este artículo de opinión que soy un ingenuo y lo sé, pero prefiero no creer cualquier cosa antes de informarme y comprobar por mí mismo.

Llegó el domingo y mi pareja dejó de tener olfato, en ese momento ya me reafirmé en mi resignación y acepté lo que todos los indicios apunta. El lunes amaneció esperando la ansiada llamada del médico de cabecera y llegó. Nos citó al día siguiente para hacernos los test serológicos, sí incluido mi bebé. Porque todos los síntomas venían apuntar que se afirmaba mi temor. Así fue, nos hicimos el test y por la tarde nos llamaron los servicios sanitarios para darnos el pésimo resultado. Éramos positivos.

En ese preciso instante comenzaron mis miedos que los “listos” negacionistas dicen que es mentira. Empecé a rallarme con las posibilidades de que pudiera ser asintomático, tener algunos de los síntomas que sabemos o tipo gripe gorda que te deja fuera de juego unos días y luego se pasa, o que puede ser algo mucho más grave o mortal. Llámame hipocondríaco, lo entiendo pero la preocupación que imperaba en mí sé mezclaba con mi vivencia diaria con los síntomas de la esclerosis múltiple y algo en mi interior me decía que solo se quedaría en algo razonablemente leve dentro de lo que podría evolucionar. Los síntomas evolucionaron toda la semana, el agotamiento y los dolores eran parecidos a los síntomas de las inyecciones de interferón que tenía que ponerme cada dos días pero eso sí, sin fiebre cosa que agradecía porque eso me mata.

Y a fecha de hoy, ya hemos terminado la cuarentena pero la falta de gusto y olfato no lo he recuperado pero bueno, ya volverá o eso dicen los médicos y personas cercanas a mi que superaron este “inexistente” virus.

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