Mutis

Gonzalo González Carrascal.

Por Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
El actor debe salir de escena. Todo acaba. Su papel pertenece al drama del juego que representó y que siente que abandona. Primus Imperii Romani Imperator. Augusto siente que su interpretación se acerca al final. Setenta y seis años ponen fin a una vida. Concluyéndose así el acto final del drama en que tuvo lugar, y razón de ser, su personaje.
Un espejo antes de morir. Su vahído rostro reflejado, como respuesta, le hace ver la necesidad de mantener la dignidad que su personaje merece. Rigor en su actuación, hasta el final. Peinado y perfumado, el Emperador interpela a cuantos se congregan en torno a su lecho. “¿Creéis que he representado bien la comedia de la vida? Si os ha gustado, aplaudid”. Una ovación sorda surge del silencio, al entornar sus ojos.
Todo hombre desarrolla su vida entera en el permanente juego escénico que toda convención, que toda sociedad, implica. Nada humano trasciende al artificio mismo que le ha hecho ser lo que es. Constructo conformado a sí. Su humanidad, motivo y consecuencia de la teatralidad misma que compone y delimita sus actos. Su identidad, coherencia sostenida en su interpretación. El atenimiento al guión, único modo con que el actor logra decir de sí ser alguien en relación a lo demás. Imponiéndose a sí  la constricción con que lo humano se libera de sufrir el vértigo abismático del vacío esencial que vida y muerte evidencian, en el devenir de lo real. Actor aferrado a su papel, a modo de salvavidas, en el hundimiento -que toda vida es-, en el insondable mar del tiempo.
La vida humana no es sino un arduo proceso de depuración interpretativa. El alcance de su perfeccionamiento dependerá de la capacidad intelectiva del sujeto intérprete. La percha del personaje. A partir de ella, el actor tiene en su mano la posibilidad de interiorizar su razón de ser en la escena. Su lugar en el desenvolvimiento del drama. Así como el alcance que, de su papel, su capacidad interpretativa le posibilita. Sólo ese delicioso destello de inteligencia en la mirada puede hacer posible tal juego privado de creación de sentido. De comprensión de lo causal.
Solo. Abandonado sobre un único y proteico escenario, cuyos contornos no logra siquiera intuir, el hombre desarrolla todas sus posibilidades interpretativas. Atisba el lugar donde acabará desencadenándose todo su repertorio actoral. Y en esa eclosión tragicómica en la que se marchan los días de toda vida, sólo una certeza puede llegar a emerger del interior del actor, si acaso ésta surge. La de intuir que no hay asidero, ni salvación alguna, ni en el papel ni en la obra, salvo en la comprensión del juego interpretativo mismo. La de intuir que la inteligencia – singularidad difícil y rara -, ni redime ni salva pero que, sin ella, todo es carente. Que ni actor ni escena tienen valor ni sentido sino en su interpretación consciente. Y que sólo la nitidez de la mirada de aquél que así la ejecuta hace de su actuación un sincero acto de verdad.
El actor debe salir de escena. Todo acaba. El devenir de lo humano, como todo juego actoral, se desenvuelve durante el lapso pertinente que dura su participación en el drama. La consciencia del inexorable hecho fuerza su entereza ante el vacío esencial que se filtra entre bambalinas. Su salida, la parte más difícil a interpretar. Sin expectante patio de butacas ni director de escena en penumbra alguna más allá del proscenio, la única y sincera satisfacción que el actor puede llegar a recibir es siempre íntima. Pues íntimo es el pensamiento. La satisfacción de haber llegado a soportar el peso del papel asignado. La satisfacción de haber podido llegar a comprender parte del poderoso drama en que todo se desenvuelve. La satisfacción de haber participado, con algunos iguales con quienes se ha coincidido en escena, del reconocimiento de ese delicioso destello de inteligencia en la mirada que es lo único cierto digno de ser compartido entre hombres: la Amistad.
In Memoriam
Fernando López Laso

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