“Muerte de una marioneta” (Tercera parte) , por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

Mari Ángeles Solís del Río · @mangelessolis1.
El tiempo transcurre lento, casi no se deja notar en el calendario. Hay quien no entiende que haya días pintados de rojo, es absurdo; quizás esos días, cuando no tienen tañidos de campanas ni miradas tras los visillos, son los más tristes de esos siete que forman el concepto, sin sentido, de semana, esas semanas que, a estas alturas, parecen años, o siglos, tal vez…

El payaso tiene entre sus manos un libro de poemas. La marioneta busca su mirada desesperadamente. Por fin, alza los ojos y la observa con tristeza. ¡Pobre muñecajo colgado del techo! Ha de reconocerlo, a veces le incomoda su presencia, sobre todo, sus preguntas absurdas, ¿qué es la vida?, ¿dónde está la verdad? Esa figura ridícula se apodera de su intimidad. Hay momentos en que, cogería la cruceta y la manejaría, hasta el punto de ridiculizarla… pero hay algo que se lo impide: la sensibilidad de un viejo que ya no soporta contemplarse en el espejo.

ACTO V: LA SOLEDAD

  • Umm, lalara, umm, liroli…
  • ¿Qué haces, marioneta?
  • Cantando… estoy cantando.
  • Pues mejor será que te calles. Pareces un grillo afónico.
  • Hombre, es para alegrar un poco el ambiente…
  • El ambiente, al igual que esta habitación, no necesita que tú lo alegres. Todo está bien como está y, cuando cierras el pico y no escucho tus tonterías… ¡¡mejor!!
  • Oye, ¿has bebido?, ¿estás borracho?
  • ¡Vaya!, lo que me faltaba por oir… un bicharraco ridículo pidiéndome cuentas.
  • ¡Sin insultar! Además, yo no te he pedido cuentas. Simplemente, he preguntado.
  • Pues cállate. Y haz el puñetero favor de no resoplar más, no te vas a mover hasta que a mí me de la gana.
  • Me duelen las muñecas y los tobillos… – susurró la marioneta -.
  • ¡Te aguantas!

La marioneta, una vez más en su vida, se sintió un estrobo. Acurrucó su cabecita entre los hombros y miró con tristeza su mancha ridícula sobre la pared.

El payaso seguía bebiendo. Fumaba un cigarro tras otro. Acercó la botella a sus labios y tragó un sorbo largo, largo… que le abrasó lentamente. Sus ojos veían moverse el guiñapo ahorcado pero, en realidad, estaba quieto; lo único que adquiría algo de movimiento eran las lágrimas al caer.

Se quedó dormido…

  • ¡¡Marioneta!!, ¿estás ahí? – dijo el payaso, al despertar de un sobresalto -.
  • Sí, aquí, solita… contigo.
  • Perdóname por lo de antes, es que…
  • No te preocupes. Lo comprendo.

El payaso salió del camerino dejando la puerta abierta. Dirigió sus pasos hasta el escenario y miró, en silencio, la sala vacía.

Maldita seas, soledad, ¿por qué no puedo vivir sin ti? Llevo este decorado cargado a mis espaldas, curvadas por los años, y ya no puedo más…”.

Se acercó las manos al rostro y lloró amargamente.

Mientras, en el camerino, la corriente seguía azotando el cuerpecito de la marioneta, que miraba desesperadamente sus cuerdas, buscando el modo de detenerlas, de agarrarse a ellas. Ese vaivén la estaba volviendo loca.

El payaso entró y la miró dulcemente. Aun había lágrimas en sus ojos.

  • Por favor, ¿puedes pararme?

Se acercó al guiñapo y detuvo su baile absurdo. En la cuenca de su mano apoyó la pequeña cabecita de la marioneta.

  • Así… ¿estás mejor? – preguntó el payaso -.
  • Hasta mañana.
  • Hasta luego, más bien. Está amaneciendo ya, ¿ves cómo empieza a colarse la luz entre los visillos?
  • Es verdad. Esa estrella que siempre miras, se está apagando.
  • Pero la luz de tus ojos no se apaga nunca. – dijo el payaso mientras el muñecajo ya casi no escuchaba porque un cansancio profundo se estaba apoderando de sus telas descoloridas.

ACTO VI: LA LIBERDAD

Aquella mañana amaneció un día claro, de un azul intenso.

El payaso abrió las ventanas, de par en par, y salió a tomar un café. Al regresar, dijo a la marioneta:

  • Hace un día maravilloso. Huele a tierra mojada por las calles y el horizonte tiene un verde intenso de esmeraldas.

La marioneta se meneaba suavemente y miraba hacia el exterior. Los visillos, de un color indefinido, se removían al contacto del viento. Alzó la cabecita y sintió el aire acariciarle la cara. Sus cabellos, rizados y sin vida, caían sobre su rostro, lentamente.

  • Sabes, payaso, este olor me trae viejos recuerdos.
  • ¿Qué recuerdas? – preguntó el payaso con un velo de comprensión en la mirada -.
  • Yo, una vez, fui libre. No era marioneta. Era, simplemente, un muñeco de trapo.

El payaso cogió el taburete y se sentó frente al guiñapo.

  • Yo vivía en un desván, – relataba la marioneta – y los días húmedos, como éste, ella me cogía en brazos y me llevaba al campo. Corría entre las cepas y mi pelo se descolocaba con el viento. Reíamos las dos a la vez, nuestras voces atravesaban el frío y llegaban hasta los pinos y las peñas. Era maravilloso… cuando empezaba a temblar, ella me apretaba fuerte contra su pecho.
  • Ella…
  • Ella, ¡la niña!
  • ¿Qué pasó, marioneta? – preguntó el triste payaso -.
  • Creció… Murió la abuela y se marchó del pueblo.
  • ¿No la volviste a ver?

El payaso giró su vista hacia la ventana. Él también había embriagado su alma, más de una vez, con el olor a resina de los pinos.

  • ¿Cuántos años estuviste en el desván, marioneta?
  • Buhh!!, no sé contar…

Se quedó mirándola fijamente. Años no, más bien siglos debían de haber sido los que pasara aquel viejo muñecajo, durmiendo entre polvo y trastos rotos.

  • No quiero tener cuerdas. – aseguró la marioneta -.
  • Las cuerdas son necesarias, mujer.
  • ¿Sí? ¿Para qué?
  • Verás, todos tenemos cuerdas, aunque muchas veces no se ven.
  • ¿Qué cuerdas?
  • El hecho de acatar cada día unas reglas que no nos gustan, – relataba el payaso – ¿por qué siempre ha de amanecer igual? ¿Crees que a mí me apetece salir todos los días al escenario y hacer reír a la gente cuando, en realidad, tengo ganas de llorar? La amistad también esclaviza: llega un punto en que no puedes soportar, una pena ni una alegría, sin contársela a esa persona que te presta el hueco de su hombro para apoyar la sien… Y el reuerdo, el recuerdo esclaviza por encima de todo.
  • A mí, los recuerdos me atormentan. Cuando vieron que no servía para nada, alguien me cogió en brazos. Yo creía que iba a llevarme otra vez al campo, pero no fue así. Me llevó a una habitación oscura y amarró estos hilos a mis manos y pies, luego, los unió a esos malditos trozos de madera…

El payaso empezó a palidecer. Hizo un ademán con la mano a su amiga, indicándole que callara, pero ésta no lo advirtió. Continuaba con la vista en la ventana y prosiguó hablando:

  • Al principio, fue bonito. Me asomaba por el hueco de una caja de zapatos y él me hacía bailar y simulaba mi voz…

El viejo ya no podía esconder su nerviosismo. Sudaban sus manos, sudaba su frente… Encendió un cigarrillo pero éste, también temblaba en sus labios. Esquivaba la mirada de su compañera.

  • Había una canción que decía… A ver si me acuerdo…

El payaso se levantó bruscamente y agarró las piernas del guiñapo.

  • ¡Calla! No quiero saber más.

La marioneta miró asustada a su amigo mientras sentía cómo la venda de su corazón iba cayendo, lentamente…

  • Tú… ¡fuiste tú! Tú me pusiste las cuerdas, tú me hiciste bailar al son que te daba la gana. Maldito seas, payaso. ¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué me colgaste del techo como si fuese un guiñapo ahorcado?
  • Verás, las cosas no son como tú crees…
  • ¿No? ¡Déjame!, no me toques… ¡Vete!, no quiero verte…

Era una escena bastante grotesca. La marioneta gritaba. Sus piernas intentaban soltarse de las manos del Payaso. Éste, luchando con aquel torbellino de telas que parecía tener vida, agarró la cruceta y la bajó de las alturas. Se sentó en el taburete y la acurrucó en sus brazos.

Pasadas unas horas, volvió la tranquilidad. El payaso murmuró a su compañera que descansaba en su regazo:

  • Perdóname…
  • ¿Por qué lo hiciste?
  • Por amor. – respondió el payaso -. No soportaba verte tirada en un rincón, llena de polvo, como un trasto viejo. Quería darte vida.
  • Yo ya tenía una vida… absurda, ridícula, sin sentido… pero una vida.
  • Lo sé. Ahora lo comprendo.
  • Tira de las cuerdas. – susurró la marioneta mirando los ojos tristes de su amigo -.
  • ¿Quieres que mañana te lleve al campo? Pondré tus piececitos sobre la hierba y sentirás el contacto del viento.
  • Tira de las cuerdas…
  • Puedo buscar a alguien que te haga un trajecito nuevo, éste está ya descolorido…
  • Tira de las cuerdas…
  • Mañana. Ahora, duerme.

Volvió a colgar la cruceta del techo. Sus miradas ardían. El payaso se recostó en su camastro. La marioneta permanecía inmóvil… y lloraba…

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