“Muerte de una marioneta” (Segunda parte), por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

Mari Ángeles Solís del Río · @mangelessolis1.
Aquella tarde llovía. La gente prefirió quedarse en casa pegada a la lumbre, observando la poesía del fulgor de las llamas en el hogar. Hacía un frío húmedo. Pasos agitados se oían en la calle haciendo hueco en los charcos de agua.

El payaso dormía. Soñaba o, más bien, recordaba, un tiempo pasado… Veía, como si fuera real, una cabecita pegada al cristal, con el pelo lacio, negro. Y aquellas manos apoyadas lánguidamente en el marco gris de la ventana…

La marioneta miraba indiferente una colilla consumirse en el cenicero. El humo llenaba gran parte de la habitación. Se le figuraba que formaba figuras extrañas, como las nubes, según cuentan; pero ella, nunca había podido ver el cielo.

La lluvia seguía llorando tras los visillos. El cigarro se consumió definitivamente y sólo quedó ceniza. El frío empezó a acomodarse en los huesos del payaso y despertó.

ACTO III: EL AMOR

  • ¿Qué haces, payaso?
  • Voy a encender la estufa.

Ni siquiera alzó los ojos para mirar al muñecajo. Cogió unos pequeños trozos de madera y los introdujo por la puertezuela de la estufa metálica. El calorcito empezó a subir por el tubo que pasaba cerca de donde estaba la marioneta.

  • ¿Por qué llueve? Jó, ¡qué desperdicio de agua!
  • No es agua, marioneta, son lágrimas.
  • ¿Lágrimas?, ¿de quién?
  • De cualquiera, eso da igual. En las tardes así, cuando el cielo es gris, se apodera del alma una profunda tristeza que suele llevarte a tiempos lejanos.
  • ¿Todas las personas tienen alma?
  • No, todas no. – contestó tristemente el payaso.
  • Y eso… ¿en qué se nota?
  • En un suave temblor de manos, un surco en la piel, una sacudida violenta del corazón…
  • Vamos, un latido que va más deprisa que los demás, ¿no?
  • Más o menos. Mira, en las tardes así, el corazón duele, y necesita suspirar muy profundo, cerrando los ojos…
  • Yo también quiero tener un corazón.
  • Ya lo tienes.
  • ¿Dónde? – preguntó sorprendida la marioneta.
  • En mi pecho.

 

El muñecajo miraba a su triste amigo. Sus manos temblaban y estaban llenas de arrugas, al igual que su rostro, alrededor de los ojos y la boca, esa boca sin pintar ahora, que dibujaba una mueca trágica, desafiando el tiempo, tal vez… Estaba vagando por aquellos tiempos lejanos de que hablaba.

  • ¿Qué has visto, payaso, mientras tenías cerrados los ojos?
  • Me he visto, a mí mismo, hace veinte años, cuando todavía tenía razones para sonreír. Sabes, entonces todo era distinto. Ella aun estaba aquí, conmigo….
  • ¿Ella? ¡Ah!, ya entiendo… ¿cómo era ella?
  • Tenía el pelo negro y los ojos verdes. En las tardes lluviosas, como ésta, se sentaba junto a mí y dejaba que le acariciase el cabello. Entornaba sus ojos y yo le contaba historias, historias demasiado tristes, puede que ahí estuviese mi error. Cuando acababan mis relatos taciturnos, se incorporaba y besaba mi frente…
  • Y luego, ¿qué?
  • Luego… yo iba despacio, – prosiguió el payaso- sin hacer ruido, hasta el escenario y la miraba atónito. Ella, sobre la tarima de madera, de puntillas, daba pequeños saltitos. El tul caía suavemente sobre sus piernas y las rozaba en muda caricia. Levantaba los brazos, y las manos, vírgenes aun, dibujaban una sombra extraña en el suelo; parecían raíces.
  • La quisiste mucho, ¿verdad?
  • Mira, en esta vida, has de aprender algo: “cuanto más se quiere, más se pierde”. Pero no por ello debes renunciar a amar. A veces, un solo instante de amor, llena toda una vida y compensa todo el dolor que puedas llegar a sentir el día de mañana.
  • Pero… ¿por qué se fue?, ¿por qué te dejó?
  • Quería ser estrella…
  • Y tú… ¿por qué la dejaste ir?
  • Cada ser de este mundo, marioneta, ha de poder elegir. El hecho de que alguien se vaya de tu lado no significa que no te quiera, quizás no te olvide nunca; simplemente, buscará su camino.
  • ¿Tú también elegirás un día, payaso?
  • Mi día ya pasó…

Los ojos del payaso se dirigieron a la cortina de lluvia que caía tras la ventana. Buscaban una estrella que no se dejaba ver en el cielo gris, cubierto de nubes negras.

  • A mí también me quieres, ¿verdad, payaso? ¡Dímelo!

El payaso se levantó y se acercó, lentamente, hasta el muñecajo que colgaba del techo.

  • Sí, ¡te quiero! – dijo mientras sus manos surcadas acariciaban las telas descoloridas del trajecito del guiñapo -.

La marioneta emitió un dulce suspiro y tembló como nunca antes lo había hecho, mientras dos tímidas lágrimas brotaban de los ojos del payaso.

ACTO IV: EL DOLOR

  • ¿Dónde estuviste anoche, payaso? Volviste muy tarde…
  • En la taberna de la esquina. Necesitaba dejar de pensar.
  • Y, ¿qué viste?
  • Vi sangrar las manos del borracho que recoge cristales rotos de la calle, creyendo que son estrellas. Apretaba fuerte entre sus dedos el vidrio, dentro de los enormes bolsillos de su abrigo raído, y sonreía… sonreía…
  • ¿No le dolían? – preguntó sorprendida la marioneta.
  • Las manos, no. Era el alma lo que le dolía.
  • ¿Y, luego?
  • Luego salí de la taberna con él, escuchando las risas y mofas de los que quedaron dentro, abrazados a una botella de vino; sin embargo, él sonreía…
  • ¿Te duele a ti el alma?
  • A ratos… – respondió el payaso -.
  • ¿Qué es para ti el dolor?
  • El dolor para mí es ya un viejo amigo.
  • Yo también sé qué es el dolor. – suspiró la marioneta -.
  • ¿Qué es?
  • El estar aquí en la oscuridad, y oir tu risa en el escenario. Esa risa forzada que parece llanto cuando atraviesa el pasillo y llega hasta mí. Esa risa tiene el mismo dolor que yo siento por dentro cuando la escucho.
  • Yo no pretendo engañar a la gente, verás, es mi trabajo. – dijo el payaso reflejando preocupación en sus ojos oscuros.

Tranquilo, a mí no me tienes que dar explicaciones. Sólo te pido que, cuando esta noche empieces a llorar, pienses que yo te escucho, desde lo alto, como el cadáver inerte de un ahorcado que no pudo más, y dijo adiós.

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