Muere el agente 007 (Sean Connery)

Muere el agente 007 (Sean Connery)

Se le acabó la licencia para matar. El agente 007, “Bond, James Bond”, Sean Connery ha muerto a los 90 años de edad. Fue el que mejor encarnó, y pronunció, esas tres sílabas, el que mejor supo poner justo lo que representaba al personaje.

Por mucho que en su dilatada carrera cinematográfica interpretara innumerables personajes, en la retina colectiva de aquellos que le vieron SER Bond, siempre le siguieron viendo como tal.

Algo canalla, seductor, descarado, encarnó el mejor agente 007 que Ian Fleming pudiera concebir. No es por demérito de los otros, sino por mérito suyo. Escocés algo machista, encajaba como un guante en Bond. Británico hasta la médula, como el agente 007.

Además, trabajó con los mejores que eran capaces de crear ilusión, personajes, escenarios. Alfred Hitchcock, John Huston, Sidney Lumet o Steven Spielberg confiaron en él para recrear los mundos que imaginaban. Y acertaron, logrando extraer al espectador de su, en ocasiones, miserable vida para que viviera un universo paralelo de la mano de Sean Connery.

Dr. No (1962), Desde Rusia con amor (1963), Goldfinger (1964), Operación Trueno (1965), Sólo se vive dos veces (1967), Diamantes para la eternidad (1973) y Nunca digas nunca jamás (1983). Son los siete títulos en los que Bond fue Connery y Connery, Bond. Ese espia que sólo el trasnochado escocés sabía sacar a relucir.

Pero Connery no podía quedarse en los 70 y apenas 80, de modo que siguió, probando registros, reinventándose, ese término ahora tan de moda. Que hubiera sido lechero, marino y hasta culturista da una idea de la versatilidad de la que hizo gala, además de una elegancia casi inigualable.

El nombre de la rosa, Los intocables de Eliot Ness, Los inmortales –donde casi se interpretaba a sí mismo— y La última cruzada presentaron al mundo otro Connery, aunque siempre fuera el mismo. Además, el mismo Bond.

Cubrió toda la década para adentrarse en la de los 90, seduciendo a Catherine Zeta-Jones en La trampa. O siendo un ‘excéntrico’ anciano que resultó ser el misterioso ganador de un Premio Pulitzer desaparecido varias décadas. Con Descubriendo a Forrester se asomó al nuevo milenio, poniéndose los calcetines al revés porque le molestaban las costuras.

Con todo, Bond no dejó de estar en su piel, en sus huesos, en su cabeza, en su sangre. Y es que, haber sido el mejor agente 007, no por demérito de los otros, deja huella, como huella deja Connery en Bond. Ambos lo sabían.

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