Marie Curie, más allá de un triste rostro

Carolina Gutiérrez Montero.

Por Carolina Gutiérrez Montero (investigadora biomédica)
El otro día por pura casualidad llegó a mis manos un magnífico libro de Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, que narra parte de la vida y del duelo que hizo Marie Curie tras la muerte de su amado esposo Pierre Curie.
En el fondo es un libro lleno de ternura y pasión esa que no parecía albergar mucho Marie si nos fijamos en las fotos que de ella podemos encontrar (en ninguna aparece sonriendo). Ternura y pasión hacia su trabajo pero también hacia su marido Pierre, cuya muerte la hundió en una gran depresión que a punto estuvo de afectar a su a carrera científica.
La vida de Marie Curie al igual que la de otras muchas científicas estuvo marcada por el intento de ocultamiento de sus descubrimientos, en una sociedad dominada por el machismo y el desprestigio hacia la mujer. Tal es el caso de la astrónoma Henrietta Swan Leavitt, de la física nuclear Lise Meitner y quizá el más conocido el de Rosalind Franklin y su descubrimiento de la doble hélice del ADN que quedó eclipsado por sus compañeros Watson y Crick que ni siquiera la mencionaron cuando recibieron el premio Nobel.
Pero volviendo a Marie Curie me gustaría destacar algunas cosas asombrosas de su vida, que sinceramente desconocía y que me han llenado de un mayor respeto hacia esta mujer que lo fue todo en el campo de la ciencia. Y como no, de pura envidia de esa inteligencia prodigiosa que poseía.
Más allá de ser la primera mujer en licenciarse en Ciencias en la Sorbona, la primera en doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra, en conseguir un premio Nobel, la única mujer en conseguir dos de estos galardones (uno de Física en 1903 junto a su marido y otro de Química en 1911 en solitario), de ser una de las cuatro personas en el mundo que albergan dos de estos premios, es además la primera y única mujer enterrada por méritos propios en el Panteón de Hombres Ilustres de París (donde se encuentran también su marido Pierre y su amante Paul Langevin).
Pero su vida estuvo cargada de grandes dificultades. Polaca de nacimiento, hija de unos padres cultos e inteligentes. Huérfana de madre a los once años, pero con una inteligencia sobrenatural que la hacía darse cuenta que estaba dotada enormemente para la Física y la Química, pero al ser la pequeña y enviudar su padre, sentía por otro lado que su deber era quedarse a su lado y cuidar de él. Y en Polonia el acceso a la universidad estaba prohibido para las mujeres. Así que estudiaba por las noches ella sola e incluso organizó una escuela clandestina para enseñar a leer y a escribir en polaco a los campesinos de la zona.
Finalmente ayudada por su hermana mayor terminó en París donde conoció a su amado Pierre, ese hombre como ella bien decía con el que compartir sus rarezas. Sentían que opinaban igual y que entre ellos había una compresión rara y admirable que probablemente solo ellos dos veían: “vemos todo de la misma forma se decían mutuamente”. Y es que posiblemente la carrera científica de Pierre no hubiese despuntado tanto sin cruzarse en su camino Marie. Porque ella dentro de su ego sabía que era distinta y mejor que la mayoría de las mujeres, pero que además también lo era de la inmensa mayoría de los hombres.
Marie y Pierre trabajaron conjuntamente desde el principio en un laboratorio que era un antiguo hangar, en pésimas condiciones rodeados de esa radioactividad que descubrieron, que pensaron inicialmente inocua (primero el polonio y el radio) que les fue matando poco a poco por dentro y que empezó a reflejarse prematuramente en el rostro de Marie. Murió a los sesenta y cuatro años destruida por la radioactividad.
Pero su amado Pierre, aunque muy debilitado también por los efectos de la radiactividad murió tremendamente joven atropellado por un carruaje de caballos que le pasó literalmente por encima. Imaginad a esa Marie que recibió el cuerpo destrozado de Pierre en su casa, que lo acomodó en la cama y que misteriosamente fue capaz de guardar en un pañuelo parte de los sesos de su esposo.
Marie tuvo que tirar ella sola con el laboratorio y con sus dos hijas Iréne (que también se dedicó a la Química y recibió el premio Nobel años después y murió en plena juventud) y la bella Éve que nada quiso saber de este mundo científico familiar.
Durante un año de duelo Marie escribió un diario a su Pierre en el que le iba relatando todo lo que iba aconteciendo en su vida y en el que le explicó que para poder subsistir tuvo que aceptar las clases que la ofrecieron y que daba su marido en la Sorbona. La alegría de estar allí como docente se mezclaban con la tristeza de estar sustituyendo a su marido muerto.
Pero no puedo dejar pasar por alto el carácter humanista y solidario que mostró el matrimonio Curie y en particular Marie: no vendieron ni una sola patente de sus descubrimientos porque consideraban que todo debía estar al servicio de la comunidad científica y de la humanidad. De forma personal durante la Primera Guerra Mundial, Marie comprendió el papel decisivo que podrían tener los rayos X si conseguía mediante algún medio de transporte llevarlos a la línea del frente y evaluar allí mismo a los heridos. Gracias a su perseverancia consiguió los suficientes vehículos que se terminaron llamando “las pequeñas Curie”, aprendió a conducir y ella misma junto a su hija Iréne se trasladaban en ellos llegando a hacer más de un millón de exploraciones y recibiendo posiblemente la mayor parte de la radiación que acabó prematuramente con la muerte de ambas.
En una sociedad moralista como la de antes, bueno y casi como la de ahora, a punto estuvo de no recibir el segundo Nobel debido a que había mantenido una relación (años después de la muerte de su marido) con un discípulo de Pierre, Paul Langevin que estaba casado por aquél entonces. Gracias a sus enormes agallas y al apoyo de varios científicos varones, entre ellos Albert Einstein, ante la negativa de no otorgarle el merecido galardón, escribió a la academia sueca y les dijo literalmente: “El premio ha sido concedido por mi descubrimiento del radio y el polonio. Creo que no hay ninguna conexión entre mi trabajo científico y los hechos de mi vida privada. No puedo aceptar la idea de que la apreciación del valor del trabajo científico pueda estar influida por el libelo y la calumnia acerca de mi vida privada”.
Sin palabras…
“Nadie puede construir un mundo mejor, sin mejorar a las personas. Cada uno debe trabajar para su propia mejora” Marie Curie (1867-1934)

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