Marcela, ay mi Marcela

Marcela Lagarde.
Marcela Lagarde.

A Marcela Lagarde.
Por Elena Calabrese.
Tuve la ocasión de conocerla personalmente en la madrileña librería de mujeres con ocasión de la apertura de la agenda para este año. Fue un encuentro tímido y de poco rato porque estaba muy solicitada por las demás compañeras que la agasajaban con merecidos halagos y grandes alabanzas a su persona. Me encantaron sus magnéticos ojos brillantes, llenos de vida y poesía; casi no tiene que hablar para expresar lo que quiere: con sonreír y mirar ¡Pan comido! En una segunda ocasión, pude disfrutar en mayor medida de su compañía y entonces logré acercarme y articular una conversación de mayor envergadura, sin abrumarme demasiado presa de la admiración que me causa su universal figura. Pero es cierto que transmite paz y calma, a mi tanta, que no sé qué decirle realmente. Luego ya en mi casa me siento idiota perdida: “haber tenido la ocasión de hablar con ella y no hacer preguntas inteligentes…” en fin, la timidez es así. Pero la verdad es que en sus discursos, los que he podido escuchar, en sus libros, en sus palabras, siempre encuentro una máxima que ha cambiado mi vida: la sororidad. Y es que el triunfo sobrenatural del patriarcado consiste en la enemistad entre mujeres, la eterna enemistad imposible de salvar, la que nos enfrenta y divide, tan injusta como el patriarcado mismo, la que perpetua la opresión impidiendo que nos unamos para luchar. Y el arma de Marcela en esta lucha, es su sentido del humor, tan elegante, tan apropiado e inteligente; el sentido del humor de las cosas cotidianas y cercanas. Los giros que hace del idioma, las metáforas, calificaciones y chascarrillos… una delicia para el que escucha porque en medio de los grades discursos, las pequeñas notas de este humor son el complemento indispensable para convertir los mensajes en razones de vida. Marcela vive y disfruta de la sororidad que predica y se aplica, transmitiendo este sentir de manera abierta, explicando que las segundas oportunidades, las de verdad, nacen del corazón, aquel que las mujeres somos capaces de dar si creemos en lo que hacemos y lo amamos. Marcela ha conseguido que no vuelva a pensar mal de ninguna persona, especialmente si es mujer. Ha conseguido «afiliarme» al dulce arte de la empatía. Qué bien tener a Marcela como aliada en este hermoso viaje que es la vida, ¡Gracias Marcela!

Tuve la ocasión de conocerla personalmente en la madrileña ‘librería de mujeres’ con ocasión de la apertura de la agenda para este año. Fue un encuentro tímido y de poco rato porque estaba muy solicitada por las demás compañeras que la agasajaban con merecidos halagos y grandes alabanzas a su persona. Me encantaron sus magnéticos ojos brillantes, llenos de vida y poesía

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