“M-117”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Cual descomposición resultante de un haz luminoso incidente sobre la poliédrica superficie de un prisma tras ser atravesado. Así, tal como en la carátula del Dark side of the moon, la realidad en la que estamos embebidos se nos muestra a cada instante bajo los múltiples matices de su naturaleza única. Cómica, trágica, dramática,… Meras categorías -todas ellas- que hablan de la sola estructura de la que son reflejo.

Gañidos sordos. Emergentes por doquier de lo más profundo del ser de las cosas. Que dicen cuanto hay. Se quiera prestar atención a ellas, o no. Gritos delatores -igualmente- de todo cuanto encierra nuestra propia condición. Ahogados -las más de las veces- en la cómplice aquiescencia de una consciencia amortajada en la plácida costumbre de sí misma.

Atenuados. Meros susurros. A veces logran asaltarnos. Abruptamente. Conmocionando nuestro ánimo al calor de la tonalidad del color con que logran -por un instante- teñir de extrañamiento la manida imagen con que se nos hace concebir el mundo. Logrando atraer nuestra atención sobre todo cuanto de real la realidad misma dice de sí. Rompiendo el cerco de nuestra inconsciente complacencia.

“¡Para! Tienes que ver ésto ¡Es de coña!” Un lúcido destello surrealista de verdad se filtra de improviso. Dos destartaladas sillas –dispuestas y fijadas con sendas piedras por resignados ciudadanos como solo acomodo bajo la intemperie en una parada de autobús- en primer término abren una vergonzante perspectiva enmarcada por los cuatro cíclopes, erguidos y exultantes, de fondo. Mediando ambos extremos, el precario trazado sin arcén de una infradimensionada vía regional madrileña se extiende en su discurrir –cual plácido río de ignominia- mientras florecen nenúfares de cruces y coronas a su vera.

Nada es apreciable en sí mismo, sino bajo la dimensión reveladora que, por comparación, ofrece el contraste. La burla sólo es comprensible en su contexto. La grotesca aberración que todo desequilibrio supone, únicamente es perceptible bajo la esclarecedora luz de la perspectiva, en la que la proximidad de los extremos opuestos sólo ahonda en su capacidad de escarnio. El encuadre revelador que explicite la descarada falta de ecuanimidad y del sostenido desequilibrio discriminatorio regional de aquellos que deciden e imponen el modo con que las cosas han de ser, y aflore la certeza en el ciudadano de saberse perdedor en un juego en principio establecido para que no los hubiese.

M-117.
M-117.

La imagen muestra cuanto hay. La reverberación de fondo del grotesco insulto que la demencia irresponsable de una generación de fatuos políticos ha erigido a mayor gloria de sus egos e intereses facciosos, mientras todo cuanto importa -todo lo demás- queda relegado al plano marginal de la indiferencia. Sin poder evitar sentir la impotencia de su indefensión y parcial servilismo, a pesar de hallarse allí donde acaba el interés de los responsables políticos y comienza, por el contrario, su única razón de ser -homogenización, mejora y gestión callada de los recursos de todos los servicios que afectan al bienestar público de todos aquéllos sometidos a sus gobiernos- sentado en una de esas sillas, el ciudadano barrunta que cuando uno se ubica en el primer plano de los más alejados pensamientos de la clase dirigente es porque se es la última de sus prioridades.

Mientras no se asiente la consciencia política de que toda acción de gobierno no puede ser evaluada sino en función de la dimensión equilibradora del desarrollo y bienestar que ésta proporcione al conjunto de sus ciudadanos no habrá ciudadanía, pues el sesgo inducido en la elección del despliegue de los recursos públicos -por mucho que se desee colmar la brecha de la diferencia territorial con huera retórica- imposibilita la adhesión a tal farsa.

En tanto así suceda, y las políticas se centren en relumbrantes proyectos urbanísticos improductivos -sólo ahondadores en un sistema económico especulativo e ineficiente, aunque muy lucrativo para determinadas élites oligárquicas- y en la concentración heterogénea de los recursos públicos a tal fin -a costa del deterioro de la base lógica de igualdad que la concepción ciudadana exige- todo destello de gestión cierta brillará por su ausencia. Práctica difícilmente corregible en tanto sigan confiando en que el ciudadano postrado ante la decepcionante perspectiva que se abre ante sí desde esa parada de autobús -aún hastiado en caso de que saliese del letargo al que el hábito le induce- persista en la irritante esperanza en que las cosas cambien sin mover un solo dedo. De ser así, ya puede esperar sentado.

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *